Sucedáneo y apocalíptico

Choripán social de Sebastián Pandolfelli

Diego Leiva Quilabrán

Un choripanero, un ahijado de Perón y un revolucionario peronista que lidera un ejército de pibes chorros de un lado. Un sindicalista petiso con enfermizos delirios de grandeza y un empresario inescrupuloso que quiere dominar Argentina usando una política de precio fijo al choripán, por el otro. Por sus costados van apareciendo Glenda Glande, la travesti más famosa de la televisión, un precario superhombre nietzscheano paraguayo, un niño santo en una villa miseria y un subalterno del sindicalista interesado en la literatura. Choripán social (Tambo Quemado, 2013) es un completo desfile humorístico de caricaturas del tercer mundo entrampado en un bucle histórico infinito cuyo eje es el General Juan Domingo.

Se dijo a fines del siglo pasado que la Historia se acabó. A punta de choripanes, esta novela pretende decir que no diciendo que sí. Algo se vislumbra entre la avalancha de imágenes en que no se distingue, o no se tiene interés en distinguir, entre la imagen, el símbolo y lo material. Pandolfelli crea y recrea, superpone capas y capas de información a través de las caricaturas de tipos, despreocupado de la verosimilitud de la historia en favor de las intensidades. «Acá somos personajes del delirio de un tipo que además de que escribe poco y mal, cuando le viene la loca, juega con nosotros como se le canta el culo. Vos no sabés la que se viene…», dice uno de sus personajes. 

Choripán social se sustenta en los sucedáneos: las manos amputadas del General Perón, o un globo gigante de desfile con su figura, existen por todo un ideal de justicia social que parece no poder abandonarse; el proyecto chorisoja de los antagonistas, reemplazar los choripanes cárnicos por uno de soja radioactiva como forma suprema para la aniquilación de la voluntad de una nación. «¡De carne argentina son los Chorizos de la Patria!», grita un comerciante, en una curiosa conducción identitaria. Y ese último bastión de autenticidad es lo que se juega en una batalla final a la Plaza de Mayo.

Todo, por angas o por mangas, se viabiliza en esta novela a través de sucedáneos, desde el alimento y el placer sexual hasta la identidad. Todo está constituido a través de residuos: de los medios, de la carne, de la política. El vaivén de la narración va desde la sobrecarga en los referentes hasta su degeneración: sobrecargos como la chorisoja, además radioactiva, ya mencionada y el Vibraphone, vibrador anal promocionado Glenda y comercializado por la empresa del magnate de turno, sobrecargo como la red de poder enunciada por este, entre yakuzas orientales, personeros vaticanos y empresarios gringos; degeneraciones, sobre todo, como el de la política en eslogan.

Así, la novela se conduce hacia un nudo ciego. A un camino sin salida que, nuevamente, es oscilante: aparece la fantasía futbolera nacionalista para verse interrumpida por una ridícula lucha de clases. La vida de imitaciones deviene en apocalipsis, y no al revés. La Historia se acaba por la conducción de las imágenes y no es la Historia misma la que nos condene. Si bien la novela es derechamente literal en gran parte de su construcción, esa rectitud en sus modos de nombrar ayuda a construir esa dinámica de apariencias: la palabra no esconde, la palabra está para dar cuenta de una superficie que se abigarrada más y más frente y encima de otras superficies. Las manos refrigeradas de Perón son una fuente de inspiración, pero no pueden existir materialmente de otra forma que a unos cuantos grados bajo cero, inmóvil y encerrada. Cuando se libera nostálgicamente, entra en el delirio, se vuelve indefectiblemente embutido. Y peor, se vuelve sucedáneo. Sucedáneo y apocalíptico.

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