Margen de error o una estética del montaje

Gabriela Alburquenque

El proceso de montaje, en el cine, es una de las fases de producción de las películas, específicamente, aquella en la que se escogen, cortan y pegan los trozos, secuencias, de un filme. Esta fase, como cualquiera que contenga un hilo narrativo, responde a tiempo y espacio, incluso cuando estos se dislocan. Lo último suele ocurrir en el montaje paralelo –o de acción paralela–, en el que se presentan dos o más acciones en distintos escenarios, aunque mostradas al lxs espectadorxs de forma simultánea. En algunos casos, a través de este tipo de montaje, se logra generar un empalme cognitivo entre una y otra secuencia.

Margen de error (Editorial La Secta, 2020), debut literario de Jocelyn Zavala, me lleva, en muchos sentidos, al montaje. La estética del montaje, aquella que abraza el fragmento para que la pluralidad de sentidos sea posible, aparece en este libro desde el momento en que iniciamos lectura con la pregunta: «¿Dónde estoy?» y entonces un grupo de datos que parecen responder(le): coordenadas geográficas, específicamente longitud y latitud de la Región Metropolitana –aunque esto lo advertimos sólo después de picar con el dato, abrir el buscador, digitar las coordenadas–. La aparición y permanencia del fragmento en el relato, aquello que podríamos nombrar una arquitectura, al igual que el cine, depende de planos cortos y largos, paneos, secuencias, que van construyendo el trayecto de lo que podría ser una cartografía, mapa, constelación, en el que el peso de las palabras, su espesor para que coexistan diversos tonos, ritmos y registros, es sustancial.

¿Cómo responde la lógica, el discurso científico, la realidad que habitamos, a la topografía de un cuerpo? ¿Cuál es la distancia entre uno y otro, sus relieves, los pliegues que forman o deshacen otras posibilidades en la piel, aquello que no es rastreable o clasificable en un inicio, nudo y desenlace que calme esta angustia por las palabras? Margen de error es una geografía completa, un atlas que visitar, en el que perderse, buscar, brasear más de una respuesta, acaso, sobre la disposición de estos cuerpos, sus verdades friccionadas, dolorosas, a veces erráticas, siempre a la par de la lógica, de una realidad con sus leyes, modos, formas que se piensan objetivas, pero que a la luz de la carne, toma otros relieves. Margen de error construye, edifica, instaura, un modo de tejer un relato desde el fragmento pero sin abandonar una lógica de historia, quizás, suspendida en la memoria, quizás suspendida en el impacto del viento sobre un cuerpo, todo ese plano con relieves, poros, aperturas, que no serían captadas en caso de que el lente estuviera fijo, estático. De este modo, Zavala construye un relato poblado de discursos. Introduce, desde sus palabras que llevan ventosas, asuntos como la geolocalización, fotografía, geografía, remedios caseros, notas periodísticas, rutinas de skin care, estereotipos de belleza, sexualidad, fronteras, ser lesbiana, ser lesbiana en dictadura, ser lesbiana en postdictadura, ser lesbiana en población, ser lesbiana siendo pobre. Y no es que el gran asunto del libro sea, en sí, la identidad lesbiana, sino cómo se ubican los cuerpos en relación a una localización que no alcanza a captar la topografía de la piel y sus relieves: «Al final es información muy específica que, en realidad, no sirve para mucho. Obtendría todavía más datos observando mi cuerpo, que también tiene trazos, quebradas, caminos, granos, pecas y estrías que evocan trayectorias pasadas».

Este libro, montaje literario, que podrá ser categorizado de híbrido, funciona en la literatura, me parece, del modo en que lo hacen las crónicas de viaje según Hebe Uhart: «En la escritura, la crónica de viaje es un género muy libre porque se puede mezclar la ficción con el ensayo, decir lo que uno ve y lo que piensa. No tiene las leyes más estrictas del cuento o la novela. En la crónica de viaje se combina todo: las reflexiones, los sentimientos, la observación o la declaración. Se puede pasar de la información general a la información precisa». Y aunque no busco darle un cierre a una escritura que exige lecturas, que demanda la atención total de quien lee –no vaya a ser que nos perdamos en la cartografía del texto–, me parece que la definición que nos entrega Uhart responde, en parte, a una hibridez propia de una literatura contemporánea, justo en el espacio que la autora argentina nombra como un paso de la información general a la información precisa, que no es lo mismo que decir específica, es donde me parece, funcionan estos relatos –siempre en plural, siempre múltiples–.  

Me permito pensar, decir y pensar, que cuando Juan Luis Martínez escribió La nueva novela, imaginó un espacio para este tipo de literatura. Una literatura que, como la vida, se construye en base a fragmentos que impactan contra estos cuerpos que, también, llevan un mapa adentro. Imagino que Juan Luis Martínez y La nueva novela nos entregaron, también, un mapa posible, un modelo que permite pensar la literatura como apunte, como cuaderno de viajes, como caleidoscópico, como collage entre palabras, imágenes, prosa y verso, justo en ese espacio en donde el lenguaje se materializa para asumir nuevas formas, proyecciones, que parecen estar antes o después de lo que conocemos, aunque con ese presente que empapa de urgencia, que avanza en dislocaciones entre presente y pasado. Lo híbrido, en este panorama, aquello que algunxs nombran como inclasificable, no es más que un cuerpo de resistencia en el papel que subvierte las reglas clausurantes de una literatura que esté dicha, cuyo trazo haya sido dado. Irse por las ramas, realmente entregarse a ellas y dejarse caer, con hojas y flores cepillándote la piel, o esta literatura que nos mira de frente las lecturas, que nos mira de frente la necesidad de buscarle un cierre a los asuntos.

Jocelyn Zavala construye un mapeo, constelación, tejido, donde las palabras evocan realidades que se suspenden cuando corren a la par de un cuerpo situado. La lógica, las especulaciones, en tensión con la piel, carne, continente, masa inerte, masa en movimiento, nos entrega más de una idea sobre el modo de funcionar de estos textos: «Un cuerpo jamás se mantendrá indolente a las influencias externas. Las leyes físicas establecen un amplio espectro de fuerzas capaces de tensar, friccionar o empujar una determinada masa. La excepción a la regla está determinada por los cuerpos rígidos que, por ser menos dúctiles, actúan con indiferencia frente a todo lo que sucede en el entorno». El registro de las ideas, su alcance en la palabra, aquello que corre tras, sobre, paralelo, contra el lenguaje, también como ejercicio del oficio, como antesala de la película, termina por enfatizar una idea sobre la literatura. Y con la influencia de la dictadura sobre la tinta, con el lugar que toma casi al finalizar los relatos, la noción de la palabra clausurante que se desmantela y florece en esta constelación o libro, nos hace abrazar el fragmento y aceptar, porque no queda de otra, la posibilidad de que las lecturas a este texto sean múltiples, abiertas, diversas. Así, si debiera definir la escritura de Jocelyn Zavala, desearía no hacerlo. No porque es otra de las escrituras híbridas que narran la desolación de un paisaje fragmentado, sino porque las clasificaciones, en muchos sentidos, sitúan, aíslan, cierran. Una escritura que subvierte los géneros literarios en su génesis, que nos inserta en un montaje paralelo, a veces de choque, exige lecturas que soporten la diversidad, que ramifiquen en plural, que sean, también, híbridas.

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