El año en que los pájaros cantaron más fuerte

Camila Chomalí

La narrativa de Camila Chomalí (Santiago, 1993), trasciende el paisaje de lo que habitamos y la piel en que lo hacemos. En sus palabras se toma el trayecto hacia un espacio en el cual funciona la memoria, los afectos, y algo muy similar a una experiencia de lo que podría ser la vida. La materialización de la experiencia convierte el espacio entre la palabra y la imagen uno de las sensaciones y la experiencia. En «El año en que los pájaros cantaron más fuerte», cuento presentado a continuación, nos acercamos a una literatura en la que ahuecarse y permanecer. 


El año en que los pájaros cantaron más fuerte

¿ves cómo tiene los ojos
de volcanes y ventisqueros…? 
Gabriela Mistral 

Soñó que había olvidado todos los nombres. 

Trató de recordarlos justo en el primer segundo después de despertar para asegurarse, para asegurarlos. Pero la costumbre de los sueños es otra, prefieren el olvido y antes de que pudiese pensar cualquier letra, notó que las imágenes se le fueron resbalando hasta que ya no pudo recordar qué había soñado.

Entró una corriente de mañana fresca; sonaron las campanillas de bambú, las ventanas que se abrieron y las que se cerraron. No se levantó. Con la cabeza todavía hundida en la almohada alcanzó a ver afuera, por entre las cortinas que volaban, los pelos rojizos de la niña de al lado. Movía los labios. Cantaba una cueca despacito que apenas reconoció por los ecos de sus palmas y los caramba mi mama ya viene la noche que la misma corriente arrastraba y dejaba cerca. El sol la hacía bella; la hacía arder entre los limoneros, como hojas de ciruelo entre tanto siempreverde. La señora Blanca tenía razón, pensó: viéndola así de costado era igualita a la montaña. Tenía su mismo perfil rocoso, la misma nariz recta, la frente ancha y los ojos un poco rasgados, tan tristes que le pareció que se le caían. A la montaña, que era parte de la cordillera, la llamaban la cabeza de la niña dormida y al amanecer, el sol salía por su aparente boca abierta. 

No le contó a nadie en la casa que la había visto porque sabía que la niña estaba muerta. 

La única que lo supo fue la señora Blanca, pero no porque ella se lo dijera. No te asustís, le dijo la vieja sin hacer gestos, todo canta para la de oídos atentos. A veces creía que la señora Blanca podía leerle los pensamientos, revisar todos los paisajes que había visto en un día, lo que le dejaba en la piel el sol o un viento muy frío, un mal sueño, un nombre ajeno. No seai tonta, le respondía seca y fría. Le contó que la niña muerta había vuelto porque creyó que no había nadie. Los vecinos se fueron, los del frente también, toda la cuadra está vacía. La niña se aprovechó de que todos se fueron lejos a esconderse en las ciudades. Yo traté de decirle que nunca nos vamos del todo, pero no me hizo caso, no me entendió. Así que ahí la tenís, cantando como pajarraco afuera de tu ventana.   

Si quería estar sola ¿por qué no huyó de nosotras?, se preguntó. La escuchó y la miró todas las mañanas siguientes con los ojos entrecerrados haciéndose la dormida para que no la descubriera y se espantara.  

Después la llamó su pajarona. 

La señora Blanca no le dijo nada, pero tenía esa mirada larga de reproche que ya le era familiar. Podía imaginarse lo que le decía en ese silencio pesado que levitaba con los ojos (tonta, ¿cómo chucha vai a ponerle nombre a un fantasma?). Para ella, en cambio, era simple: la niña de los pelos rojizos la despertaba todos los días con sus trinos, caramba mi mama ya viene la noche, y tan bella, tan fuerte como el fuego, ardiendo entre los limones con su carita de cordillera y sus ojos tristes que están que se le caen. Apuesto que si la toco me quemo, pensaba. Aun así, la niña era como una sombra chinesca. Su imagen era nítida, eso no podía negarlo, pero algo en ella la hacía una criatura confusa, hecha de tantas otras cosas, como si alguien dispusiera las partes frente a la luz del sol con el mismo propósito de hacer bostezar a un zorro o ridiculizar a una araña patas arriba. ¿Era el recuerdo de la niña de al lado o su alma en pena? ¿Era una montaña en la cordillera o el brillo del sol sobre los ciruelos? De entre todos los espejismos, ella prefería pensar que solo era su pajarona.

Trató de invocar el recuerdo de su imagen viva, de alguna vez que la vio quedarse quieta entre los chilcos haciéndole gestos de silencio con el dedo, shh, no me delates, esperando el momento justo para salir de su colchón de flores como abejorro colorado y, 1, 2, 3 por mí, ganarle a los demás niños en la escondida. Pero ese recuerdo es falso, le dijo la señora Blanca. Tu pajarona lleva tanto tiempo aquí que ya empezó a anidar en tu memoria. Le contó que ella creía que los muertos solo se comunicaban al principio, que luego desaparecen o se transforman en otra cosa. Pero la niña de al lado había muerto hace mucho tiempo. Quizás fue una aparición fugaz, una proyección nostálgica de los elementos, un fenómeno de la física, pero que se quedó dando vueltas por el cómodo silencio de las calles vacías. Así es que si vai a quedarte, agregó la señora Blanca, te vai a ir olvidando de todo, porque eres materia de otro sueño y respondes a otras leyes. 

Eso la asustó. ¿Estará usando mi memoria para no perderse?, pensó. Era verdad; su pajarona llevaba mucho tiempo penando los jardines, así es que una mañana le pidió que se fuera. Que no te de pena, le dijo la señora Blanca, qué es más triste que un fantasma desmemoriado. 

No la escuchó, no la entendió. 

Después llegaron los vecinos. De a poco fueron volviendo de las ciudades. La señora Blanca cerró las puertas que daban a la calle y sus hijas prepararon sus cosas para volver a Santiago. Ella también debía volver, aunque primero quiso asegurarse de que su pajarona desapareciera o se transformara en otra cosa. Pero la vio muda y parada afuera de su ventana, mirando al norte, después al sur, como aguja de brújula descompuesta. Los fantasmas no están perdidos, le dijo la señora Blanca, pareciera que sí pero solo deambulan, algunos son un poco olvidadizos o a veces se hacen los tontos, pero otros pueden recordar muy bien y se agarran de sus recuerdos más de la cuenta, como tu pajarona y sus canciones. 

Pero ya no canta, le respondió, apenas tararea porque fue olvidando la letra de sus cuecas y el viento solo arrastra sus ayes, caramba mi mama y nada más. 

§ 

Después se volvió un ruido casi imperceptible pero molesto que parecía tener relación con la repentina palidez de los árboles, de la savia cayendo de sus ramas, de las casas y sus cosas; muebles que fueron mudando de piel, como si se desprendieran de algo, lo que hacía parecer o asegurar que, por debajo, todo siempre tiene un aspecto embrujado.

Le rogó que se fuera, que se echara a volar. Le advirtió que era una trampa, que tenía que irse sino quería quedarse atrapada para siempre entre el ruido confuso que la hacía olvidar. Tú tienes que desaparecer, le dijo casi llorando de pena. Pero no quiso ser desagradecida, así es que gracias, le dijo, por arder y cantar afuera de mi ventana. Después pensó que no era más que eso, un pajarito en llamas, y pensó que no había ave como ella; todos como la loica o el carpintero, pero ninguno como ella, con los rayos del sol cayéndole por los pelos. Aunque eso no se lo dijo porque siempre creyó que algo podía cambiar en la conducta de las especies si se pensaban únicas.

En su última noche, después de despedir a las demás que ya se iban para Santiago, la señora Blanca le pidió que la tomara de la mano y la llevara a su pieza. Tengo el cuerpo pesado, le dijo derrotada, que si no supiera que había vivido una corta y particular vida pensaría que es la consciencia de las rocas. Y que, por favor, la despertara antes de que se fuera.

Salieron con las primeras luces de la mañana a punto de que el sol subiera. A esta hora pareciera que apenas corre el tiempo, le dijo la señora Blanca evitando mirarla a la cara. Tiene razón, pensó. Y justo cuando creyó que lo que veía podía ser una foto, vio volar un par de queltehues alharacos. Sus gritos avanzaron rebotando en el campo abierto como extendiendo aun más el espacio. De todas formas, la quietud le pareció impasible. Solo una corriente débil hizo temblar algunas cosas; aire que por lo general enfría, pero que esa mañana se sintió un poco caluroso como el raco, por su supuesto duelo con el canto errático de la pajarona. La señora Blanca le dijo que en cualquier momento salía el sol… ligerito… no vayai a sacarle los ojos de encima. Enseguida volvió el frío de la mañana y ella lo sintió en su nariz. Pensó entrar, pero vio a la señora Blanca tan serena que prefirió quedarse y seguir esperando. La notó atrapada por la cordillera, con la mirada húmeda y firme sobre la boca de la cabeza de la niña dormida. Tenía los ojos frágiles, de vidrio; ¿será el frío de la mañana?, pensó, ¿o tendrá pena porque me voy? ¿tiene miedo de que se vaya mi pajarona? ¿de que nos vayamos las dos? ¿Tiene miedo de quedarse sola? Después pensó que debía aprender más sobre la telepatía y por primera vez deseó heredar el poder de la señora Blanca. Quería tocar su cabeza tan brillante, tan dura y lejana, asegurar haber vivido una corta y particular vida y luego responder a las preguntas que se había hecho. Eso pensaba hasta que la señora Blanca entró a la casa sin decir nada, cabizbaja pero con los ojos aún lejos y un tanto molesta; quizás por permitirse llorar frente a ella; quizás por el paisaje; quizás molesta con esa última mañana y con el sol que escupía la cabeza de la niña dormida; o quizás molesta conmigo, pensó.   

§

Cuando volvió de Santiago notó que todo tenía el mismo aspecto, salvo la cordillera que ya había derretido casi toda su nieve. Antes de entrar a la casa, dio vueltas entre los limoneros del jardín, se paró justo frente a su ventana y miró hacia dentro mientras pensaba en todas las veces que desde ahí avistó a su pajarona. Sintió su presencia en el color mustio de las cosas, pero no pudo verla.

La casa sonaba.

Tampoco encontró a la señora Blanca. Dio vueltas por dentro buscando a la vieja, siguiendo el ruido que, más que sonar, hacía vibrar las cosas, el suelo, incluso el aire. Se abrió una ventana de golpe. Volaron unos papeles. Y en el silencio suspendido que siempre deja la retirada de la corriente, sonó un solo papelito que aún volaba de un lado a otro. Trató de pescarlo como a un moscardón, yendo de acá para allá, subiendo y estirando los brazos como gato, corre que te pillo, moscardón, ¿cómo puedes seguir volando? Y cuando por fin el papelito cayó al suelo, pudo leerlo:  

Me fui a enterrar tus huesos y otras cosas en la nieve.

Prometo dejar tus pelos justo encima 

para que de lejos parezca que la cordillera 

se está quemando. 

-B.

¿Qué hiciste, vieja? ¿A dónde fuiste? Solo cuando sacó los ojos del papelito se dio cuenta que en realidad la tenía justo enfrente. Ahí estaba su cuerpo atascado en la muralla, como si de pronto ésta pudiera atraer las cosas y las criaturas hacia el centro de algún tipo de arenas movedizas. Lento pero fuerte. Retrocedió confusa, con un poco de asco, con nervio de verle el cuerpo deforme que se integraba a la pared, así es que apartó la vista un par de veces hasta que se acostumbró a mirarla. En su cara no había nada: ni dolor, ni muerte, ni horror, ni gracia, ni paz, ni pena. Se acercó más, ya sin asco. Algo en su inexpresión la hacía mirar la escena como una transformación sutil, normal, hasta natural, como una flor que se abre o como una fruta que se pudre.  

Alguna vez se lo dijo. Le dijo que esas murallas eran tan suyas como lo eran sus brazos, sus costillas, su piel que cada segundo se parecía más a esas paredes llenas de grietas que dejaban los temblores. Ya no pudo verle los ojos; habían desaparecido dejando dos agujeros negros perfectos, profundos, rodeados por un cráter deforme, como los rastros que dejan las balas en las paredes. Trató de hablarle, pero nada de lo que dijera iba a llegar a su única oreja asomada que ya estaba hinchada de concreto. Tu también te entrampaste, Blanquita, pensó, esperando que por fin se activara en ambas el poder telepático. Y antes de desviar sus pensamientos, creyó que su mente recibía palabras ajenas: no seai tonta. Vieja pesá, le contestó muerta de la risa. Pero ya casi no quedaba nada, apenas una mancha de humedad en la muralla que simulaba su sombra cansada.

Después vio el humo. Tosió ahogada. Las llamas la estaban rodeando, pero ella no se había dado cuenta. 

Cayó al suelo aún con el papelito en la mano. Por alguna razón todo le hacía sentido: ¿a dónde iba a ir una sin la otra? 

Trató de mirar al otro lado de la ventana abierta por donde había entrado la corriente; esperaba llevarse la última imagen, esperaba que se le apareciera tan solo la cordillera, un ave volando, el que sea, podía no ser rojo, podía ser azul, amarillo, hasta color caramelo, pero solo vio el humo y las cortinas que empezaban a quemarse. ¿Dónde estaba su pajarona? No hay tiempo para preguntas, menos para respuestas. 

Cerró los ojos y dejó ir todos los nombres.


Camila A. Chomalí S. (Santiago, 1993). Licenciada en Literatura y Diploma de Honor en Filosofía y Pensamiento Contemporáneo, UDP. Actualmente, finalizando Pedagogía Media en Lengua Castellana y Comunicación. Advertencia: géminis con ascendencia en géminis y melomanía severa.

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