Los caminos del extrañamiento

Diego Leiva Quilabran

El último lanzamiento de la editorial Banda Propia Editoras es un volumen recopilatorio de cuentos cuyo autor ruega «a las diosas griegas que hicieron el mundo que efectivamente se hagan amigos, aunque tengan edades y búsquedas distintas». Así, Luciano Lamberti presenta sus Grandes éxitos, título tapizado de ironía, tal como su llamado a las diosas griegas. Los cuentos —además de los tres monólogos cortos que contiene una sección final, la “Coda”— son menos rimbombantes y más descreídos de lo que uno podría pensar en primera instancia y con ese par de indicios. De ningún modo esto es un defecto. 

La propuesta de Lamberti es ecléctica, va desde relatos cotidianos hasta tentativas de ciencia ficción o distopías, pasa por lo fantástico, los entramados más estables coquetean con lo fragmentario. Aun así, son todos ellos cuentos comedidos, construidos sin tonos exagerados, con un lenguaje que no necesita extremar recursos y con voces que administran de manera efectiva y efectista la información. Las diosas griegas habrán, seguramente, oído la petición del autor: las narraciones se hicieron amigas y dan vida a un conjunto diverso y misterioso.

Si hay algo que unifica los textos de Lamberti es la sensación de extrañamiento. El narrador de “La Feria Integral de Oklahoma”, por ejemplo, cuenta que en 1987 cuando era niño, 

a medida que la feria se acercaba a nuestra ciudad, las cosas empezaron a ponerse raras. Los perros se quedaron afónicos, los semáforos prendían las tres luces al mismo tiempo, los televisores mostraban la misma lluvia blanquecina en todos los canales y las viejas radios descompuestas se encendían solas y transmitían radioteatros de 1942.

En ese mismo sentido, diversos sucesos ocurren y desajustan la realidad circundante: un loro que permite ver el futuro, un padre asesino, un mundo de gigantes, un hermano momentáneamente desaparecido y reaparecido, un supuesto curandero milagroso vestido de gaucho, un romance que se descompone y termina… La información escueta, o derechamente la falta de acceso a una información confiable más allá de los sentidos y la intuición, hace de los personajes de Lamberti subjetividades que pueden desconocer en un momento su mundo y, en el camino, dejar al lector a su suerte. ¿De dónde me afirmo? Algunas veces, de la explicación menos racional y que pareciera explicarlo todo; otras, de la mera contingencia. 

Hay personajes que se ven afectados hasta verse sobrepasados por los hechos, como Koifman, el terapeuta del cuento “La vida es buena bajo el mar”; hay otros que pueden narrar impávidamente un crimen, como el protagonista de “Comido por las hormigas”; otros, pueden o mantienen curiosas relaciones con los sucesos, como el protagonista de “El asesino de chanchos”, que manifiesta no querer que atrapen a un asesino y que puede referir una fase de su vida en torno a él. Las relaciones con el mundo son de carácter sensible. El extrañamiento ocurre a través de la violencia, del terror y el suspenso, de las adicciones, de la incertidumbre y la sospecha, de la costumbre interrumpida o frustrada. Los personajes rara vez terminan de comprender, pero siempre parecen seguir adelante, enfrentados a un mundo con el que familiarizarse es un desafío.

Con todo, Grandes éxitos es un conjunto de textos diversos, una montaña rusa, un divertido “this is the remix” de cuentos que se acompañan los unos a los otros sin parecerse demasiado entre sí. En esta breve nota he tratado de dar cuenta de su consistente “aire de familia”, que no los acerca demasiado, ni deja que el conjunto de voces se lance a un hiperespacio en todas direcciones. Quien se acerque a este volumen ha de salir descreyendo de lo que lea: de las familias, de las promesas del tiempo, de la imagen devuelta al humano por los nuevos mundos que se abren. De la lectura puede salir con un raro sabor de boca, pero, al final, será un raro gusto por la incomprensibilidad que amenaza a los sujetos que acaba de conocer y desconocer.

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