Artesanos de la (nueva) palabra

Viviana Saavedra Arévalo

Then we translators
can withdraw once more into that limbo
of silent servitors, for the treason done,
the traitor is no longer needed.
Rabassa, 2005.


En su libro Decir casi lo mismo (2003), Umberto Eco (1932 – 2016), se refiere a las problemáticas y descontentos de la traducción, y cuestiona así su definición de «decir lo mismo» en otra lengua, especialmente porque a veces, ante un texto, no se sabe que es ese lo, es decir, lo que se debe traducir. Cuando hablamos, por ejemplo, de expresiones idiomáticas, sabemos que lo que se debe traducir es su significado como expresión y no su significado literal: incluso Google no tiene problemas para traducir it’s raining cats and dogs como está lloviendo a cántaros. Sin embargo, siguiendo este mismo ejemplo, y más que nada para situar al traductor, Eco nos pone en el caso en que esta expresión no se esté usando como expresión idiomática, sino que más bien en su significado literal: estamos ante una obra absurda en donde están cayendo gatos y perros del cielo. El contexto le dará al traductor el conocimiento para decidir qué es ese lo, para luego expresarlo en su lengua: están lloviendo gatos y perros. 

Mi primera reflexión sobre las dificultades de la traducción literaria ocurrió en mi primer año cursando la carrera de traducción. En nuestro primer modulo de ingles, leímos The Secret Garden de Frances Hodgson Burnett. Un aspecto importantísimo de la obra es el uso del dialecto del inglés de Yorkshire, plasmado en los diálogos mediante ortografía y puntuación alternativa. Es el dialecto uno de los aspectos que aliena a la protagonista de los demás una vez se muda a esta región, y un momento commovente de la novela es cuando ella misma adopta este dialecto para, finalmente, fortalecer su amistad con aquellos a quienes despreció tanto. Paralelamente leía una traducción al español, la cual se trataba de un texto increíblemente más breve que el original, y, como lectora, me sentí tan traicionada al ver cómo se perdían todos estos matices creados por el solo hablar de los personajes (quizá ahí entendí el injusto refrán italiano traduttore, traditore). Naturalmente se trataba de un texto que apelaba a un público infantil, cuya función era contar una historia entretenida y fácil de leer; no había cabida para alguna explicación sobre la situación sociolingüística de los personajes. Sin embargo, años más tarde, ya con más sensibilidad hacia la profesión, me pregunté: ¿cómo logramos traspasar diálogos escritos en un dialecto regional, que no solo transmite sentimientos asociados al lugar, sino que también, posiblemente, representa un origen social particular de los personajes? Aquí es cuando no solo el contexto definirá lo que se debe traducir, sino que también los valores culturales que el texto original crea en su lengua. 

Un aspecto importante utilizado en la traductología es la funcionalidad del texto original. Es decir, qué es lo que se quiso transmitir al hacer hablar a los personajes de una manera particular, y qué provoca esto en el lector. Posiblemente, una caracterización de los personajes mediante sus formas de hablar utiliza las preconcepciones en común de los lectores para así dar a entender a los personajes, sin necesidad de una descripción textual de éstos. Para que una solución traductológica sea posible, y para que al mismo tiempo se mantenga la fidelidad al texto original, se debe entender la función que estos aspectos toman en el texto, para así producir una traducción que provoque en el lector lo mismo que el texto original provoca en sus lectores. Eco nos ilustra en múltiples ocasiones ejemplos de distintas soluciones traductológicas de algunos pasajes de sus novelas, pasajes que él mismo como autor sabía que causarían problemas en sus traductores. En uno de sus textos, uno de los personajes emite, en su dialecto popular, una frase llena de blasfemias y obscenidades, que en italiano, si bien un poco vulgar, solo denotaba un cierto origen social del personaje; sus traductores de lenguas latinas, por ejemplo del español, no tuvieron problemas en la traducción de tal frase: 

«Vientredediós, virgenloba, muertedediós, asquerosos blasfemadores, cerdos simoniacos, ¿es esta la manera de tratar las cosas de nuestro señor?» (Eco 172).

El problema se presentó para el traductor alemán, quien en su traducción «no menciona directamente ni a Dios ni a la virgen (…) y la única blasfemia que Baudolino [personaje del texto] pronuncia es lo único que el más encolerizado y maleducado de los alemanes podría dejarse escapar» (172). Ahí es cuando la fidelidad deja de ser hacia el texto en sí, sino a su sentido profundo. De haber sido fiel al significado literal del texto, el lector alemán se enfrenta ante un texto intolerable y exageradamente vulgar; el traductor estaría creando una situación inimaginable para el lector y, peor aún, estaría provocando en el lector de la traducción una experiencia totalmente distinta a la del lector del texto original. 

Traducir significa darle sentido al texto y crear un mundo posible para los lectores. El traductor es «infiel» o «traidor» en cuanto, tras haber entendido la esencia del texto, su sentido profundo, manipula el código para ser capaz de incorporar aquellos valores de una lengua y cultura ajena en su propio idioma. Como dice Eco, los traductores son artesanos de la palabra. 


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