Los eufemismos o un arranque de palabras

Gabriela Alburquenque

En una definición primera, que bien podría ser de google, la palabra milico es del coloquial despectivo en América del Sur para designar a las personas que forman parte de alguna de las fuerzas de seguridad del Estado, especialmente, militares y policías. El corte de la palabra, su fibra interna, no encuentra en ese significado la raíz que más que despectiva, emplaza una idea sustancial del horror. Quizás, la primera novela, prosa, verso, palabra o germen sobre la dictadura sea la palabra milico, esa que entendemos acá en Chile, allá en Argentina, subiendo desde el Cono Sur hasta Ana Negri, escritora, en México. O eso podríamos pensar, cuestionarnos, después de leer Los eufemismos.

El libro, publicado en Chile a fines del 2020 por la editorial Los Libros de la Mujer Rota, y a la espera de su publicación en México por editorial Antílope, es la primera novela de Ana Negri, aunque el oído y la prosa nos parezcan sólidos, maduros. Y digo maduros, no pensando en una clasificación que encierre lo que esta prosa podría contener, sino todo aquello a lo que podría aspirar; no hablo de calidad literaria, sino de oficio. En esta novela, que trabaja la ficción y realidad a la par de la palabra, para exponer cuánto puede –pudo, podría– o no soportar un cuerpo después de la intervención, crímenes, torturas, exilios, asesinatos de los milicos, encontramos un relato que está en el germen mismo de esa palabra, en lo que podríamos llamar un balance entre realidad y ficción, pero sobre todo ficción y lenguaje, porque el cuidado con el que se escribe, apunta, registra la historia, es lo que hace que Los eufemismos sea una novela que leer. 

La primera vez que tomé un libro y no pude parar de leerlo, que sentí el vértigo de la palabra, el vértigo de que el lenguaje sea, fue con La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo. Ese libro, que no es de mis lecturas más frescas o latentes, viene a mí cada vez que busco palpar la materialidad del lenguaje, pensar que es posible el gesto, el alcance, o un arranque, diría Clara, la protagonista de este libro, en el que alcanzar algo. El vértigo, aunque imposible para mí, tiene relación con algo simple: el libro no tenía capítulos ni ningún dispositivo que cumpliera una labor similar. Eso, claro, acompañado por el tema, la historia, un lenguaje excesivamente violento, tanto así, que cada palabra se sentía como chicotazo. Y es curioso, porque en Los eufemismos hay capítulos, saltos de párrafo, espacios entre una escena y otra, pero también chicotazos. 

Los eufemismos son esas palabras que esconden silencios, verdades, horrores. Los empleamos en nuestra vida como modo de comunicación, defectuosa, sin dudas, esperando erigir un puente capaz de tolerar el peso de un significado que nuestra lengua, nuestra sintaxis, no soporta. Clara (30) le sigue el paso a los eufemismos y registra el primer momento antes de su aparición en un episodio de su madre: «”Su mamá llegó hace un par de horas y… está muy nerviosa”, le dijeron. Ese día empezaron los eufemismos». La escena a la que me refiero es muy similar a aquella del profesor escondido bajo la mesa en Formas de volver a casa (Alejandro Zambra), porque la madre de Clara, escondiéndose también bajo una mesa, se descompone ante el peso de su memoria, y se hace carne en retroceso, carne en descomposición, carne maltrecha. La dictadura del 76’ en Argentina, junto con los constantes comandos en México desde que Felipe Calderón iniciara la guerra contra el narcotráfico, son los hechos que le desplazan el presente a Clara, y se manifiestan en el cuerpo de una madre que tiene la necesidad de llenar el silencio con palabras que a Clara la arrollan, le «pasan por encima». El vínculo entre madre e hija, hija y padre, madre y padre, se desprende de este libro con la complejidad de los afectos hacia una hija que ya ha sido aplastada por el horror. En términos concretos, ese horror se manifiesta en la reparación tras la dictadura, proceso que la madre de Clara no ha cerrado y por el cual se echa a andar la novela. 

Así, desde una serie de sucesos que van de un tiempo a otro para darle sentido a un presente que se quiere escribir, Negri se adentra en la memoria, en el lenguaje como memoria, para registrar, pensar, tensionar, la vida de Clara, su historia, y también aquellas que no le pertenecen pero que se le suben al cuerpo. El humor, uno de los componentes esenciales en este relato para aplacarlo –como dirían en México–, resuelve de manera instantánea que ese lenguaje, también a velocidad, nos termine por pasar por encima. Seguimos a Clara, entonces, y nos vamos enterando de sus relaciones con los otrxs, consigo, y con un tiempo que no le pertenece pero que forma parte latente de su presente, como si ambos se disputaran la tutela de la madre y la hija, la intromisión en cada una. El pasado, que no viene a resolver la idea de un presente, sino a tensionarlo, está en este libro al mismo modo en que los eufemismos: «”Los desaparecidos. Los muertos”, pensó, “faltan los rotos. Aquí ni siquiera se habla de los rotos”». Al final, en esta novela, estamos en presencia de identidades que se construyen en la raíz de la existencia, más allá del exilio, la dictadura, tortura, horror, más allá de lo mexicano-argentino, más allá de la huella, derrumbe, ruina. Identidades que, en su verdad primera –o última–, entienden la existencia a ras de piel. Y es interesante, esto último, porque al ser un relato focalizado en la tercera persona, se logra un lenguaje orgánico que pobla a cada personaje, que pobla a Clara de estos otrxs, y las voces crecen, germinan, hasta alcanzar no uno, sino varios tonos. 

Negri, nos entrega un lenguaje repleto de ritmos. No sólo porque la bisagra entre lo argentino y lo mexicano es evidente, sino porque la palabra justa y su ubicación precisa exigen la capacidad de un oído que no se quiebre, resista, y en el momento dado, ceda. Lxs lectorxs, pienso, en esta lectura, podrán aspirar a una voz, y aquello, no es más que la clara relación de la autora con el oficio. Ana Negri, a diferencia de Clara, conoce el trabajo con las palabras y no experimenta el «suicidio léxico o gramatical» que la protagonista, y desde ahí, perfila una novela con la conmoción que implica pensar en cómo es criarse con eufemismos, cuántos silencios llevamos en la lengua, cómo poder contra este vértigo de estancarse ahí, en un origen imposible, para que terminemos las relaciones con nuestras parejas, por ejemplo, porque simplemente fue un arranque: «Fue un arranque porque necesitaba hacer algo drástico, porque me estaba quedando sin aire, porque cayó el chorro de pis y me hizo sentir miserable».

Los eufemismos, de Ana Negri, es un ejemplo de lo que quedó –podría quedar– después del derrumbe. Ejemplo, tensión, disloque, en la prosa de esta escritora mexicana que demuestra que lo que podría considerarse fragmento no lo es, que la cronología de una historia no es el pilar fundamental y, sobre todo, que un debut puede estar más allá del apunte. Las ideas sobre ficción, tiempo, espacio, lenguaje y narración presentes en esta novela, son tremendamente interesantes, sobre todo, porque no es el fragmento lo que se persigue, sino una noción de la existencia que se interroga a sí misma. 

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