Las luces de la memoria

Claudia Apablaza

Hace unos días, le comenté a Arelis que su libro me recordaba otras canciones de duelo que han escrito otros autores y autoras, como la magistral novela de no ficción El año del pensamiento mágico de Joan Didion, El libro de mi madre de Albert Cohen, Canción de tumba de Julian Herbet, El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza y también el maravilloso libro Mis rincones oscuros de James Ellroy.  

Las heridas, un libro que está lleno de rutas, senderos, donde lectoras y lectores irán tomando a su vez senderos y sentidos personales de lectura, un libro que me recuerda un vez más que en la lectura de un mismo libro, cada uno de los que leen encontrará un camino personal, una especie de camino autobiográfico de lectura.

La muerte del padre lleva a la protagonista de esta novela, la primera novela de Arelis Uribe, a revisar las grandes heridas de su vida, heridas políticas y afectivas, porque la «muerte es la herida que absorbe todas las heridas», nos dice la misma protagonista, un ejercicio de valentía que la lleva a revisitar las historias más dolorosas de su vida, y cómo estos senderos cargados de dolor van armando un mapa personal de los daños, una ruta de esas afecciones, donde los lugares más oscuros de este mapa, lo lugares más dañados de la protagonista, pintados de un gris pálido, se hubiese puesto de acuerdo para emerger de golpe, recordarle a la protagonista que ella sabe, que tiene memoria y en su cuerpo están inscritos o tatuados esos daños. Todas estas heridas que aparecen abiertas de pronto, cuando se le anuncia la inminente muerte del padre, aparecen como pequeñas antorchas o velas que alumbran, desde esa oscuridad, el duelo de ese hombre que se desplomó de un día para otro por un accidente cerebrovascular y que fue ingresado casi muerto a la clínica sin más opción que despedirse con canciones, una guitarra y cariño en los pies en la cama de un hospital. 

Las heridas que emergen y que alumbran este viaje hacia la muerte vienen del centro del corazón de la protagonista, de esa niña o adolescente que escuchaba cómo su madre le contaba que su padre la engañaba o la golpeaba, o cuando su padre le decía fea a su madre, o ese abuelo que violentó a su madre con un palo, o ese tío que vivía en una enorme parcela con una casa con tantas habitaciones que la protagonista se sentía extraña y humillada, o ese abuelo carabinero, agresivo, a ese que recuerda como un nazi y se le viene a la mente sólo cuando pasa por un criadero de pollos y chanchos que hay camino al sur, en la carretera; también las burlas que recibió en el colegio y el dibujo que hicieron sus compañeros de ella en la pizarra, o cuando la protagonista tuvo cáncer y su madre la cuidaba y se levantaba de madrugada para llevarla al hospital de la católica a tomarse muestras de sangre, o cuando ella perdió pelo y su madre se rapó como gesto de compañía. Todas esas y otras heridas van cerrándose, a medida que se nombran, se recuerdan, en tanto la palabra también aparecerá como un ejercicio que al enunciar sutura, heridas que se van apagando de a poco y que van llevando al padre hacia la muerte, hasta que las antorchas del recuerdo poco a poco ya no brillan ni duelen demasiado, hasta que de golpe se apagan y por fin el padre también se apaga por completo con esas lucecitas que brillaron siempre, acompañando a la protagonista, desde el fondo de memoria, para hacer más tenue la partida.

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