La belleza del marido o un sendero en espiral del deseo

Gabriela Alburquenque

—Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster
.
Elizabeth Bishop, One art.

Cuatro por ocho, dos por cuatro. Esos son los compases, dependiendo del ritmo, del tango. Cuando esta danza rioplatense viene a nuestra mente, es común que lo haga en la voz barítona de Carlos Gardel, con toda esa catástrofe contenida, lista para estallar en una danza, o la reunión de dos cuerpos en un abrazo estrecho, caminata, corte y quebrada. El tango, así, un lenguaje de los amantes. Un monstruo de dos cabezas en el que la complejidad de la actitud está en la expresión del sentimiento pleno de la sensualidad, apariencia de la belleza, orden del deseo, idea del amor.

La belleza del marido. Un ensayo ficticio en 29 tangos, de Anne Carson, publicado por primera vez el 2001 y editado este año en Chile por Bisturí 10, bajo la cuidada y precisa traducción de Soledad Marambio, es otro modo de aproximarnos a esta escena en ocho tiempos, en la que el ensayo ficticio, fronterizo en todas sus capas, enfoca a esta «bestia de cuatro patas, lánguida o vivaz, que vive lo que dura una canción y muere asesinada por el último compás» como apuntó Alicia Dujovne para referirse al tango, y así rondamos de cerca la belleza del marido, luego de su encuadre. Y es curioso, pienso, que la definición de Dujovne sirva tanto para el baile como para el libro, porque después de todo, en ambos casos nos adentramos a la expresión del contacto humano, el amor, la brutalidad que implica el inicio, empalme y ruina de una relación amorosa: «Duele estar aquí./ «Tú eres quien escapó»./ Contar una historia no contándola–/ querida sombra, escribí esto lentamente./ ¡Sus comienzos!/ Mis finales./ Pero todo llega/ a una luna azul de junio/ y una noche macillada como dicen los poetas».

Sobre el tanteo de las formas, su experimentación y pliegues, Carson ha trabajado como nadie. Sus ideas de disposición de una página, lo impredecible como herramienta, trabajan sobre el ritmo, tiempo, sincopaciones y verso, como si fueran el trazo de un mapa en el que el lenguaje, como medio, hace palpables las brechas aún existentes entre el mundo del deseo y el de las palabras, ese deseo que busca ser un agarre: «¿En realidad qué une a las palabras con las cosas?». En ese lugar donde el deseo es apenas un alcance, la belleza existe como medio, impulso, pasión o fuente de esta relación desgastada, repleta de inquietud y resistencia, y el matrimonio atraviesa el cauce de su unión desde sus comienzos adolescentes, amor primero, hasta el divorcio por la infidelidad de la belleza, bisagra a medio cerrar: «La belleza. No es ningún secreto. No me avergüenza decir que/ [lo amé por su belleza./Como lo haría otra vez/ si se me acercara. La belleza convence. Sabes que la belleza/ [hace posible el sexo./ La belleza hace al sexo sexo». La bestia de cuatro patas, así, representa 29 tangos para hilar este ensayo ficticio y, a medida que sus cuerpos se escuchan, mueven, comunican y cortan entre piezas en la relación amorosa, van cediendo a un destino inexorable, atravesado desde el deseo en sus capas más dolorosas, aquellas que sólo se entienden desde el pathos griego: una verdadera tragedia, mayúscula, universal.

La belleza del marido nos entrega, quita y entrega, un ensayo cristalino que no opaca el significado o agota la imagen del amor. Esto, uno de los mayores aportes de la literatura de Carson, que constantemente evade el cliché enfrentándolo, nos reclama una idea de novedad, incesante indeterminación, porque en estos 29 tangos pareciera que, hasta este momento, no habíamos leído nada sobre el amor, o al menos, nada así: «Tenemos esta tristeza profunda entre nosotros y se escribe/ [de manera tan conocida que no puedo/ diferenciarla del amor». La idea del cliché, trabajada a profundidad en sus Variaciones sobre el derecho a guardar silencio (Cuadro de tiza, 2016), aparece en este libro como tabulación, proceso previo a la escritura, en el que la pregunta del cliché, su respuesta en la catástrofe y consecuente necesidad de nombrar, atraviesa las páginas de este libro y el desborde del amor hasta el punto de implicarnos en su lenguaje, idioma, danza, para reclamar nuestras propias ideas sobre amor, belleza, deseo, y perdernos así, junto a los amantes, en este «sendero en espiral de la belleza del marido»: una ida sin vuelta.

¿Cómo se ensaya sobre el amor sin caer en el cliché? La belleza del marido tiene 29 respuestas a esta pregunta. Las llamas de una relación, desde sus inicios hasta su cierre, incendian el poema y lo reestructuran como pequeñas dosis de verdades encadenadas a la ficción, desgarradas en el ensayo, dispuestas en tangos: «Los poetas (sé generoso) prefieren ocultar la verdad bajo/ [estratos de ironía/ porque esa es la apariencia de la verdad: en capas y escurridiza». Estas llamas, verdades en capas, a veces enmarcando referencias –o tangos, dirá Carson– a autorxs como Keats, Brönte, Beckett, se desplazan a la cultura griega para, una vez más, trabajar sobre la idea del eros. Ahí, en ese lugar en el que «el amor no ocurre sin una pérdida del yo vital» (Eros el dulce–amargo), en el que los epígrafes funcionan en esta historia al modo del cliché, Carson evade lo fijo, lo consistente, cualquier idea esencial, que frene el alcance de este ensayo, pasos de tango, coreografía de los cuerpos.

La belleza del marido. Un ensayo ficticio en 29 tangos o una danza, encuentro, reunión que encadena, rompe y fricciona las certezas de los géneros literarios, puentes para transitar lo impredecible, porque «[s]i hay algo que no obedece a ninguna misión ni sucumbe al anquilosamiento o la banalidad, es el poema. El poema escribe sin consentimiento; su destinatario –el otro de sí– es vacío, resonancia y se introduce desviando. El poema lee, el poema vela», como escribe Nadia Prado en Leer y Velar (Cuadro de tiza, 2017). Y en esta escritura la banalidad se elude en lo escurridizo de la verdad, material sobre el que Carson trabaja con la certeza de quien no se fía de las palabras como único recurso en el que las ideas se abren. Los sentidos se oxigenan, los ojos se colman con este lenguaje que nos cae a cántaros, y abandonamos este sendero en espiral de la belleza del marido, para ceder a un aliento interrumpido del amor.

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