Toro en mi rodeo, torazo en rodeo ajeno

Diego Leiva Quilabrán

«El malambo (cuyos orígenes son confusos, aunque existe consenso acerca de que es probable que se trate de una danza llegada a la Argentina desde el Perú) se compone de una serie de figuras o mudanzas de zapateo, ‘una combinación de movimientos y golpes rítmicos que se efectúan con los pies. Cada conjunto de movimientos y golpes ordenados dentro de una determinada métrica musical se denomina figura o mudanza (…)’, escribe Héctor Aricó, argentino y especialista en danzas folklóricas, en el libro Danzas tradicionales argentinas».

Esa es la descripción que Leila Guerriero ofrece de la danza que será el centro de larga crónica que es Una historia sencilla (Anagrama, 2013). En Laborde, una localidad de la zona central de Argentina, se realiza cada enero el Festival Nacional de Malambo, el evento más importante dentro del circuito de malambistas. Fuera de ese círculo de folkloristas, no parece tan relevante. 

Alejado de la fanfarria mediática, la organización de este festival guarda celosamente un apego a las tradiciones gauchas –o al estereotipo de ellas, comenta la autora–. El «más argentino de todos los festivales», como se hace llamar, tiene un reglamento que «expulsa cualquier vanguardia», señala Guerriero, y, por lo mismo, las danzas que se presentan no cuentan con los floreos del malambo for export: «no hay, en Laborde, gauchos zapateando con sobre velas ni trajes con brillantina ni zapatos con strass», no se permite el uso de puñales, ni de boleadoras, ni de lanzas, ni de espuelas. Los atuendos de presentación deben ser lo más «gauchos» posibles.

Dentro de las varias competiciones que se celebran durante el festival, la más importante es la de solista en malambo mayor –para hombres sobre los veinte años–. Triunfa en esa categoría es el premio máximo de todo el mundo de malambista: no consiste en dinero, el reconocimiento material es solo una sencilla copa firmada por un artesano local, Sin embargo, aquello que no tiene peso ni volumen, es para los concursantes lo más importante: prestigio, respeto, honra de ser uno de los mejores. Pero el máximo logro es también la más grande de las tragedias: ganar como solista en malambo mayor en Laborde significa que no se podrá volver a bailar malambo de manera individual. En Laborde, esos hombres ganan para perder.

Estas consideraciones son las que hicieron que Leila Guerriero se encaminara como espectadora al festival en su versión del 2011. Allí, en la segunda noche, sin terminar de entender aún ni las técnicas ni los porqués y mucho menos la razón de desear ganar so pena de no volver a competir, la autora conoce a Rodolfo González Alcántara. La crónica de un desconocido evento pasa a ser la crónica sobre un igualmente desconocido hombre. Asimismo, una crónica que parece movida por la curiosidad que despierta una particularidad local, termina siendo el relato de una pasión cotidiana. «Esta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile», dicen las primeras líneas del texto. La distancia objetiva prima durante el detalle de los pormenores sobre el festival de Laborde. A mitad del recorrido narrativo, ya inquiriendo en la vida personal de González Alcántara, la cronista se pregunta: 

«¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no está es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla –leerla– revestida?».

La mirada no puede quedar intocada de una experiencia que es a todas luces única. Termina no teniendo que ver tanto con la historia del malambo o con el festival de Laborde, es más sobre los hombres, o un hombre en particular, que ha arrastrado su pasión a duras penas. Hijos de familias humildes golpean el tablado de Laborde buscando gloria. 

Laborde se va transformando, conforme avanza la lectura, en un cronotopo. Esto se nota conforme conocemos las siguientes visitas de Guerriero al evento en 2012 y 2013, nuevamente a la siga de González Alcántara. Laborde es un lugar de certezas, el perdido centro de un perdido mundo de bailarines que construyen una sociabilidad marcadamente masculina. En ese lugar, campeones, maestros y discípulos conviven y representan a las provincias de Argentina, se establece en ese provisorio coliseo. Ahí, se establece tácitamente no solo el pacto del último baile para el triunfador, sino una ética completa del trabajo que lleva a ese momento. 

Una historia sencilla es la novela –o crónica– de formación tomada por la cola. En los bailarines resuenan no tan solo las lecturas y películas que se mencionan –orientados por la pasión por la vida gaucha que imaginan–, como el Martín Fierro, Juan Moreira, el Fausto criollo. Quizá el intertexto que más se ajusta a esa experiencia –que metropolitanos como yo podrían no dudar en tachar de anacrónica– sea Don Segundo Sombra. Si para el protagonista de la novela de Güiraldes el trabajo pampeano guiado por el gaucho sabio es lo que le da forma a lo que será, para los participantes del festival es el baile el que los encamina a una disciplina interior. En Laborde, cada uno puede lograr ser toro en su ruedo y torazos en ruedo ajeno, como cantara el gaucho Fierro.

Ante esa certeza de la voluntad, de la creencia y, por cierto, de los pies que golpean el suelo, Leila Guerreiro reacciona arrobada. Lo que queda al lector es la imagen del viril de la portada, el de la foto de Diego Sampere, que es el propio Rodolfo González Alcántara. Ante su baile, la prosa reencuentra una firmeza y una síntesis que parece no solo perdida en la narrativa, sino en la propia vida del siglo XXI:

«Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo del verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra era lo contrario de la paz. Era el cuchillo y era el tajo. Era el caníbal. Era una condena. Al terminar golpeó la madera con la fuerza de un monstruo y se quedó allí, mirando a través de las capas del aire hojaldrado de la noche, cubierto de estrellas, todo fulgor. Y, sonriendo de costado –como un príncipe, como un rufián o como un diablo–, se toco el ala del sombrero. Y se fue».

Nota final: si el lector quiere mirar una parte del helénico y pampeano ritual que es uno de los mejores malambos consagrados en Laborde y uno de los últimos de González Alcántara, puede hacerlo

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