Mi Jockey

Lucia Berlin
Trad. de Claudia Guada

Me gusta trabajar en Urgencias– de cualquier modo, aquí conoces hombres. Hombres reales, héroes. Bomberos y Jockeys. Ellos siempre andan llegando a las habitaciones de Urgencias. Los Jockeys tienen radiografías maravillosas. Se rompen los huesos todo el tiempo, ellos solo se realizan un vendaje, y siguen hacia la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián. 

Me llegan jockeys porque hablo español, y la gran mayoría de ellos son mexicanos. El primer Jockey que conocí fue Muñoz. Dios. Siempre ando desvistiendo a las personas y no es gran cosa, toma algunos segundos. Muñoz ahí acostado, inconsciente, como un dios azteca en miniatura. Dado que sus ropas eran tan complicadas, era como si estuviera actuando un elaborado ritual. Desconcertante, porque tomaba tanto tiempo, como en Mishima donde se toma tres páginas para despojar a una dama de su kimono. Su camisa de raso magenta poseía diversos botones a lo largo del hombro y otro en cada una de sus pequeñas muñecas; sus pantalones ajustados con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, a pesar de que eran tan suaves y delicadas como las de cenicienta. Él seguía durmiendo, un príncipe encantado. 

Comenzó a llamar a su madre incluso antes de despertar. No solo sostuvo mi mano, como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozando: ¡Mamacita! ¡Mamacita! La única manera que dejará al Dr. Johnson examinarlo era sí lo sostenía acurrucado como un bebé. Era tan chico como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre soñado? ¿Un bebe soñado? 

Dr. Johnson lavaba con una esponja mi frente mientras traducía.  Lo más seguro era que se había fracturado la clavícula, y al menos tres costillas, probablemente también una contusión. No, dijo Muñoz. Él tenía que cabalgar en las carreras del día de mañana. Llevalo a los rayos X, dijo el Dr. Johnson. Ya que, él no se acostaría en la camilla, lo cargue por el corredor, como King Kong. El sollozaba, aterrorizado, sus lágrimas empapaban mi pecho. Ambos en la oscura habitación esperamos al técnico de los Rayos. Yo lo calmaba justo como lo haría con un caballo. Calmate, lindo, calmate. Despacio…despacio. Él en mis brazos se acallaba, respiraba y resoplaba suavemente. Le acariciaba la espalda. Esta temblaba y resplandecía como lo haría la de un espléndido potro, era maravilloso.


Claudia Guada (1999). Es estudiante de Letras Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Venezolana de nacimiento, chilena por migración. Amante de la literatura y aficionada de la traducción.

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