El tiempo atrofiado

Diego leiva Quilabrán

En el pueblo hay una casa pequeña y oscura (2020), libro de Vladimir Rivera Órdenes que inaugura la colección «Surcos» del territorio de editorial La Pollera, es susceptible de ser leído como un cronicario –¿puede llamársele así a un conjunto de crónicas?– de formación. O algo así sería al menos el primer acercamiento a través de dos datos: uno, que el volumen rescata la experiencia de crecer en Parral; y dos, que está dividido en 3 partes, en función a las décadas de los 80, los 90 y los 2000. Sin embargo, al salir de él, uno duda de que a través del tiempo algo haya terminado de formarse, en el sentido estricto.

La propuesta no es nueva y no tiene por qué serla. Valorar desde allí el texto me parecería un error. Rivera Órdenes revisita su infancia y su adolescencia en el Parral marcado por la dictadura cívico-militar y circundante a Colonia Dignidad. Compañeros de colegio, vecinos de la población Arrau Méndez, personeros del régimen y de la transición, carabineros, militantes y renovados aparecen y vuelven a aparecer en ese espacio pequeño, lejano y con vida propia. La mirada nostálgica es inevitable, se revisita lo perdido, se busca lo que ya no se tiene y divagando en el ejercicio de la memoria se puede encontrar eso y quién sabe qué más. El golpe es avisado, pues uno de los epígrafes iniciales, una cita a Ray Loriga, indica: «La memoria es como un perro, le tiras un hueso y te trae cualquier cosa». Resulta que «cualquier cosa» no significa nada muy reconfortante, por esta vez. El pasado, ese tiempo y lugar en que podrían hallarse algunas claves sobre la subjetividad madurada que escribe, devuelve la ausencia del padre detenido y desaparecido, escenas de violencia –política, pero también privada–, amistades compuestas, perdidas y/o torsionadas por las vicisitudes políticas del país, imágenes de la madre rotundamente herida o un imaginario de un hermano mayor que nunca nació.

Producto de esa relación conflictiva con el pasado, en el que se busca «algo» entre mínimas esperanzas y compañías, pero que también es el territorio del horror, sucede algo curioso en los textos, un interesante juego de perspectivas. Conviven dos tonos disímiles: por un lado, el que domina el conjunto de crónicas, fluido, sensible, abierto al mundo y por ello, dolido; por otro, el del juicio histórico, una suerte de interferencia, de ruido macarrónico compuesto más de lugares comunes –aunque no por ello menos reales, pues tienen su base en una horrible experiencia común–. 

En el primer tono, los personajes fluyen de un lado a otro de una delgada línea: pasan del trabajo al delito, de víctimas a victimarios, de revolucionarios a renovados, de compañeritos de curso a fríos milicos. Ese tono es el que se acerca o trata de adecuarse más a una mirada infantil que narra el mundo desde su comprensión limitada, desde sus afectos, desde una primera fuente íntima. El segundo aparece cuando se comentan los crímenes de la dictadura, cuando se juzga a los policías y militares, y luego al mirar al país de la transición, de la paz forzada, ese país en la medida de lo posible. Allí la fluidez sufre un estancamiento, como si esa mirada primaria desde la incompletitud se hubiera encontrado con el muro de una realidad que se divide en dos y cuya frontera ya no es fina ni franqueable, sino gruesa y severa. Ese ruido que interrumpe la intimidad advierte al lector de que el índice le ha mentido.

Las tres divisiones del libro no dividen más que ciertos hechos que son los puntos de partida de las crónicas. En los 80, en los 90 y en los 2000, la experiencia vuelve a caer al mismo pasado terrible, al padre desaparecido, a la madre que lo busca, a la familia destrozada y al mismo Parral golpeado y lleno de muertos y trastornados. En este punto, la mayor riqueza es la recursividad de los hechos: un número limitado de elementos, a través de operaciones combinatorias, da paso a una gran cantidad de productos. «Gran cantidad» es aquí una exageración. No obstante, «número limitado de elementos» parece una aproximación bastante acertada. De ninguna manera el lector debe esperar que cada texto vaya a dar a un punto absolutamente distinto. Es curioso, hay una riqueza en cierta escasez de hechos. Las crónicas, a medida que se acumulan en la lectura, van pareciendo ejercicios de escritura. Son escenas que, con mayor o menor desarrollo, se repiten, se cruzan, se parafrasean, dialogan, se acercan, se alejan y vuelven a perderse por las calles de la Arrau Méndez.Es posible colegir de En el pueblo hay una casa pequeña y oscura que es una escritura que nace del pesimismo, aunque se atreva a cerrar con una imagen de renuevo. Después de todo, al final de ese viaje que fue contar, ¿qué se pudo haber aprendido? Tanto la espera del lector, tempranamente frustrada, de quizá toparse con unos «recuerdos de pueblo», como los tonos conflictuados del narrador y el permanente retorno a unos cuantos hechos incluso en medio de secciones que parecen no corresponderles del todo son síntomas de una atrofia formativa, de una subjetividad que está entrampada y desarrollada a medias, y que tropieza al contar una historia que se quiere organizar linealmente. Aunque haya pasado mucha agua bajo el puente, aunque nutrido del imaginario pop que acompañó su crecimiento, aunque ya se haya convertido en un profesional, aunque tenga su propia familia, quien narra lleva una casa pequeña y oscura consigo, abarrotada de muertos sobre los que ha reclamado propiedad. Parafraseando a Cavafis: la vida que perdió en Parral está perdida en toda la tierra.

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