Desencajados pensamientos de una waifu de PVC para un hikikomori embalado antes de encajar(se)

Catalina Guzmán Campos

Pensaste que sería buena idea atravesar el umbral como ¡un hombre caja! Me dijiste que al mirar la caja desde la ventana, desde el segundo piso, al comprobar el perfecto ángulo que se formaba entre su posición y la tuya, y que intuías que nadie más podía advertir, recordaste el famosísimo caso de A que tras vivir una situación similar —ventana, ángulo, (hombre)caja— terminó disparándole al objeto de su obsesión. Así A se convirtió en hombre caja, digamos que tomó su lugar. Rápidamente supiste que en ese reducido espacio no podría caber un hombre, aunque quizá sí un artista de la contorsión dispuesto a vivir como un origamiman sin que nadie lo celebre jamás. Abriste la puerta de la pieza y manejaste la silla de oficina a exceso de velocidad hasta llegar a la mitad del pasillo donde frenaste y te paraste encima del vehículo para alcanzar la trampilla del entretecho. Vigas añosas y telarañientas y, sin embargo, sólidas y firmes, era un excelente sitio para la estrangulación, un lujo que no podías darte pues tu deber es cuidar de mí. En un rincón polvoriento, o sea, en cualquier parte, encontraste un tanque de oxígeno que perteneció al tata, nuestro ojiisan, y el carrito para transportarlo. Creíste que esa mascarilla sería útil y suficiente, pese a que el manómetro parecía descompuesto. Recogiste unos deshilachados y floreados cojines y los tiraste en el pasillo, alrededor de la silla, para que amortiguaran el impacto del tanque. El plan completo era que tanque y carrito rebotaran en el asiento de la silla y cayeran dulcemente sobre los cojines. Así no alertarías a okaa-san que aún andaría de cosmonauta en el planeta barbitúrico. Como te acordaste de un animé que estábamos viendo en el que Buda y Jesús eran jóvenes amigos te inundó una súbita consciencia religiosa y te persignaste. Cruzaste los dedos de alguna manera y procediste a toquetearte. Empezaste por el beso y acabaste en el pecho. Aunque suene sexual, el ritual tuvo cierto fervor místico. Después, arrojaste tanque y carro. “¡Por la reconchasuokaa-san!”, dijiste. No sabías si habías fallado en olvidar presentarle una ofrenda a Buda o en pasar por alto que en ese animé que tú y yo estábamos viendo los iluminados están de vacaciones. Cuando Dios está de vacaciones uno puede cagarse en él. La silla se desplomó y una ruedita arrancó por el pasillo hasta el borde de la escalera para crisparte los nervios. Al menos el tanque se hundió suavecito en los cojines de sucios crisantemos. Pero ya no tenías soporte, restaba saltar y confiar en los blandengues músculos de las pantorrillas. No perdías nada así que gritaste (hacia dentro): “¡nube voladora, ven a mí!”. No surtió efecto. Como sospechabas, a los siete, a los quince, a los veinticuatro seguirías siendo un Gokú frustrado. No tenías más alternativa que lanzarte y encomendarte a ese jardín desflecado y a un tanque de oxígeno desoxigenado en caso de que te faltara el aliento. Poco a poco te dejaste escurrir, como si fueras una gotera que va combando el cielorraso, pero pese a la precaución la gravedad es traicionera y traviesa y arriba ya no hubo más dónde agarrar y abajo sobraba fondo. La verdad, solo tu codo y cadera izquierdos gozaron de una seudoblandura en una esquina de cojín; el resto del cuerpo, principalmente espalda y culo, se estrelló entre silla y tanque y otra ruedita se soltó del malogrado vehículo y tomó el mismo (o semejante) recorrido que la anterior hasta chocarla, como en el pool, una bola empujando a otra a la tronera. La ruedita cayó peldaño a peldaño con golpes secos. “Mamá”, pensaste, “cagué”. Y, luego levantaste la cabeza y viste tu cuerpo doblado, casi como un origamiman y sonreíste. Si okaa-san no despertó con tamaño escándalo es porque ha estado aprendiendo nuevos trucos en su blíster-trampolín. Ya provisto, te dirigiste a la bodega para conseguir los materiales primordiales. Algo molido, cojeando, inhalaste, cojeando, te detuviste, exhalaste, cojeando, te detuviste, aunque no era tanto el dolor físico…

La bodega está en el patio trasero. Un exterior de interior, pero un exterior al fin y al cabo. El campo auditivo amplificado fue una dificultad a sortear. Estabas confuso esquivando las voces emergidas desde las casas vecinas; los maullidos del romantic pop; llantos de guagua; llantos de despertador; el zumbido de las aspiradoras y de los secadores de pelo; el agua que chifla en los hogares que todavía no descubren el hervidor eléctrico; el catastro de infectados; número de víctimas; cómputo de fallecidos; eufemismos de presentadores de circo; cotilleo de señoras en bata, separadas por rejas, muertos, muertos, muertos, decían; las mangueras y su chorro monocorde; los aspersores que eran un simulacro de lluvia y dibujaban arcoíris para las hormigas; un ciclista cruzando el pasaje a toda velocidad, tocaba la campanilla con insistencia, viró hacia la avenida, ¿por quién viran las campanillas?, muertos, muertos, muertos; ruido, cojeando, inhalaste, exhalaste, inhalaste… ¡Silencio! Cerraste la bodega por dentro y presionaste la puerta con la espalda. Tiraste del interruptor de cuerda y se encendió la ampolleta. Enseguida distinguiste una que otra caja, herramientas, esculturas de yeso de imitación grecorromana, cachureos de la tenacidad inmediata, diferentes a los cachureos de la tenacidad terca, diferentes a lo que solo es basura. Notaste que conservábamos la caja de nuestro refrigerador LG, era la caja ideal, más o menos de tu porte, como diseñada para tu blandenguería, pensaste entonces. También A se transformó en hombre caja por culpa de la caja del refrigerador. Lo sedujo. Aquí es donde me pongo celosa, pues cuando tú me lo narrabas yo no estaba dentro de tu narración y tú andabas por ahí dejándote flechar (o corchetear) por una caja. Pero ya, se me quita, me calmo, porque no encontrarás a nadie como yo al interior de ninguna caja y yo nunca volveré a encerrarme en una si no es contigo. Tu caja es mi caja. Así que la examinaste, la inclinaste para hurgar con mayor comodidad. Era ropa de hombre. Demoraste unos minutos en adivinar su procedencia. No recordabas habérsela visto a tu padre (no merece honorífico), no recordabas mucho de él en realidad. Seguramente okaa-san no tuvo el valor de botarla porque se notaba que eran pilchas de manufactura prémium. Lo mejor de tu padre en una caja de refrigerador LG. Zapatos de cuero de punta fina, camisas de seda, sombreros tipo fedora. No recordabas que tu padre hubiese sido un proxeneta. Te preguntaste si madre habrá jugado asociando la marca del electrodoméstico con la pretendida elegancia de su (ex)marido: “Aquí yace la indumentaria del celebérrimo Lord Gil, velándose quédese bajo la estricta mirada de los bustos de yeso que no pinté, ya que vuestra merced se ha marchado para adoptar el nombre de Lord Güea”. “Y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento”; completaste, citando al Quijote, lo que podría haber dicho madre, lo que tú hubieses querido que okaa-san dijera, porque ella no es tan literaria, como nosotros que preferimos el animé al manga. O solo como yo. Sí, solo como yo. Me permito dudar a tu afirmación de preferir el animé a los libros. En cualquier caso, es inverosímil que madre haya dicho algo tan ceremonioso porque arrojó las pertenencias del desaparecido con tenacidad inmediata. Eso se traduce en un esfuerzo menor que a la larga acelera el olvido. Por ejemplo, el tanque de ojiisan se escondió, lo escondió tu padre apenas murió el suyo, para que perdurara en el tiempo y en el recuerdo. Está guardado con tenacidad terca. Sudó la gota obesa mórbida. No lo recuerdas casi nada, pero sí su silueta en la escalera de mano y las puteadas. Cuando guardas un objeto que no utilizarás otra vez al alcance de la mano es para tirarlo cuando se encuentre de nuevo. Está condenado. No así el de la tenacidad terca, protegido por la inaccesibilidad y la memoria a corto plazo. Por eso, suelen sobrevivir cartas de amor que algún obstinado enterró bajo un ciruelo o vetustos billetes que eran el relleno de una pared (además del adobe y la paja) que un tacaño tataralgo optó por ahorrar por generaciones. Es curioso, pensaste y me dijiste, que tú que solo acumulabas basura, ahora, en ese instante, estabas por deshacerte de las pilchas de tu padre y a punto de reciclar el tanque del tata. Te cubrirías con el recipiente de las sobras de un vivo olvidable y mantendrías a salvo tus pulmones con el fetiche con el que el vivo quiso hacer al muerto inolvidable. Cogiste una bolsa que tuviera aspecto de hambre y echaste las camisas. Otras bolsas de similares características para los zapatos y sombreros. Hubo que pisotear los sombreros. La papilla es más fácil de digerir. Volteaste la caja sobre tu persona otaku. Descubriste, con asombro, como antes lo había verificado A, que se estaba bien allí dentro. No había cortacartón, te conformaste con las tijeras cortasetos, serviría igual para elaborar la mirilla. Eso por lo pronto. Necesitabas probar urgentemente si eras capaz de traspasar el portón y reposar en la calle al menos treinta segundos. Era un asfalto ciego y mudo, el virus como un Heracles y un Yolao que cortando y cauterizando, impidiendo la propagación de cabezas con sus bocas y sus ojos que no paran jamás nunca de hablar y de mirar, de comentar, de reojo, de cuchichear, de soslayo, de pelar: “perdedor, fracasado, flojo, vago, mantenido, lacra, parásito, nini, kimo-ota, HIKIKOMORI”. Como en los mangas las calles están desbordantes de onomatopeyas. Se alzan blas desde los alcantarillados, al chirrido de un columpio lo escolta un bla, detrás de guau diez, veinte blas apretando una correa. Bla mientras alumbra, parpadea, se apaga verde; bla mientras se prende, alumbra, parpadea, se apaga rojo y otros blas atraviesan. Blas que persiguen, blas que acosan. El caudal del río está contaminado de blas. Antenas descomunales para teletransportar al bla, para clonar al bla. Blablablá, blablablá, blablablá. Incluso hay una canción de romantic pop, escuchada cuando saliste al patio, que colaboró con el excesivo recelo de dar el paso fuera de casa: “En el muelle de San Blas”. Blas condimentados por boings. Ojo boing, boing ojo, boing, boing, boing. Innumerables ojos, puro ojo, como el gigante Argos; como Matariel o Sahaquiel, ángeles de nuestro sagrado Evangelion. Blabláboing blabláboing-boing. Ojos saltarines y pegadizos mezclándose, boooooing, haciendo engrudo con ese blablabá baboso, para adherirse sobre tu humanidad defectuosa, recorriéndola, susurrándote: “te odiamos, te odiamos…”. Aunque el asfalto estaba ciego y mudo, eso no te hacía feliz. El coro doméstico y los muertos y muertos y muertos y muertos y muertos desentonaban horriblemente. No podrías resignarte con un “Nadie me ha herido” como los hermanos de Polifermo. Conoces al culpable, ronda cauteloso, esperando zambullirse desde el muelle de san blas, para que lo lleve la corriente y lo difunda, blablablá, blablablá, hasta que se pierda el miedo y la gente regrese a las calles para pronunciar la palabra muerte matándose. Tomaste las llaves, abriste el candado, saliste por el portón por lo abultado de tu contextura. El caminar algo pingüinoide con el carro y el tanque que obstaculizaban el ya de por sí reducido espacio. Suena contradictorio lo de sentirse inmenso por fuera y prietito por dentro, pero así era, similar a tu manejo del cuerpo bajo la caja que te llevó a girar la chapa de la pieza durante cuatro años.

El rectángulo de la mirilla sugería una iluminación de mediodía. Mostazas intensos, nulidad de sombras. No apretaste el candado. Avanzaste dos o tres metros delante de portón y te sentaste con las piernas pegadas al pecho, abrazándolas, mientras utilizabas tus vellos como un tipo de ábaco y contabilizabas los segundos. Sobrepasaste los treinta y decidiste contar un poco más. Hasta que la caja se sacudió y no podía ser el viento, era una mañana desértica, si hubieses podido mirar al cielo —en la posición en la que estabas solo observabas el clásico marrón caja— tal vez habrías visto a los cowboys tripulantes de la Bebop. Trataste de espiar por la mirilla sin mover la caja. Oías un resoplido pero continuaba sin refrescar. ¡Duque! ¡Duque!, gritaron. Entonces viste de espaldas al animal. Mientras se alejaba viste su ano y cola como dos lunas en distintas fases: llena y menguante. Duque, así que todavía vivía. Cuando aún pisabas las aceras el hobby del perro era morderte los talones, como si quisiera apurarte, como los profesores, los compañeros, los amigos, okaa-san… Apenas Duque se perdió bajo la falda cuadrillé de su dueño, brincaste de vuelta al portón. Aseguraste el candado. Ignoraste el verde del patio delantero y enfilaste hacia el trasero sin detenerte a contemplar tampoco. Clac. Pestillo. Te quitaste la caja y la mascarilla. El corazón te saltaba como una cascada de rueditas por las escaleras. Lo sentías en el estómago y en la garganta y en el párpado al mismo tiempo. Inhalaste, exhalaste, inhalaste, exhalaste, inhalaste… algo olía pésimo. Digo, me dijiste, algo aparte de tu aroma de baño mensual. Era la caja que Duque había escogido como baño público. Devolviste la caja a su lugar pues te hacía sentido la condecoración dorada de Duque a Lord. Después encestaste las bolsas empachadas con las pilchas de tu padre. ¿Tenacidad inmediata? Acumulación, dejadez, flojera: basura; dijiste.

Conclusión: los perros mean cajas. Razón más que suficiente para no ser un hombre caja.

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