Dulce Patria

Paula Marín Alvarez

Afuera de la población es primavera, acá es viento, peladero, callejón. No hay flores, no hay árboles, no hay malezas.

Sara sale de la casa, agarra la manilla de la puerta y la cierra. El golpe hace un clac en su muñeca. A unas cuadras, el viento revuelve las calles de la población. Los papeles de las campañas, palomas blancas, se alzan en remolinos sobre los bloques de  departamentos y caen en picada dentro de los charcos y del barro. Sara se pone los audífonos, camina por el callejón y no escucha la ráfaga de viento que llega hasta ella, pero la siente. El viento estrella tierra y basura contra su rostro. El viento le estrella el mundo. Tampoco lo escucha la mujer que envuelta en palomas recoge del suelo los desechos de la feria, pero el viento también a ella. Más allá golpea la ventana de Marta, pero ella tampoco porque en ese momento un puño es el que se estrella contra su boca. La que sí, es la Carmen. Fuma y toma aguardiente enmarcada en la ventana del cuarto piso. La Carmen salta en cada golpe del viento. Enreda palabras y sílabas hacia la calle. Llora y el vaso y el cigarro contra el pelo, las manos y el vaso y el cigarro contra el rostro, contra las lágrimas. Mataron a los dos mayores. Le queda el más chico, el Alexis. Pero al Alexis también lo van a matar. Llora por eso, porque sabe. Sara camina por la calle por debajo de la Carmen. No oye sus lamentos pero la sabe allí. Enmarcada.

Sara, la Carmen, Marta y la mujer de los desechos ignoran que el chevette rojo ya truena entre los callejones. Sara camina y no se detiene frente a la Carmen. La Carmen enreda palabras y sílabas porque Sara no se detiene. Siente que el Dilan, el mayor de los tres, muere por segunda vez. Ella también muere un poco más. Marta ya no sabe nada, no recuerda el puño en la boca. Marta está en el suelo, la encuentran mañana, agonizante. Sólo un hilo la mantiene viva. Un hilo tan delgado que una mujer busca desechos entre palomas.

En el ocaso, el sol de una primavera lejana pinta la población. Los bloques grises se tiñen de marrón. Los vidrios de las ventanas se pintan rojos como el chevette que truena y levanta tierra como la que levanta el viento. Se quiebra un vidrio, las palomas vuelan entre el polvo, el polvo vela el ocaso, y los hilos se enredan. El viento truena y nos recuerda el chevette rojo. Levanta los papeles, arremolina el reverso y las muecas, y las promesas se esparcen por el aire. Mientras, Marta sigue en el suelo, el hombre que le dio el puñetazo baja las escaleras y llora, Sara entra en la estación del metro, la Carmen oye el dulcepatriarecibelosvotos que trae el viento hasta su ventana desde la municipalidad y mira hacia la esquina. El Alexis corre hacia ella. Los papeles, con las campañas, los candidatos y las promesas, se le enredan como palomas entre las piernas. El hombre del puñetazo llega hasta el primer piso y camina. Sara llega hasta el borde del andén. La mujer de los desechos se levanta y camina hasta el centro de la calle todavía envuelta en palomas blancas que ahora chocan contra ella. La Carmen, las manos el vaso el cigarro y la sonrisa llorosa para el hijo, levanta la vista y ve el chevette rojo que dobla la esquina y persigue al Alexis por entre el polvo los papeles el viento. El Alexis, como el Dilan, no quiere ser un soldado, por eso lo quieren matar, por eso corre hasta el bloque del departamento de la Carmen y se enreda con el hombre que le dio el puñetazo a Marta. Las balas revientan entre el viento, las pupilas del Alexis caen en los ojos del Dilan que se cierran y en un remolino de fuerzas, el hombre que le dio el puñetazo a Marta recibe tres de los siete balazos. El cuarto pulveriza la pierna del Alexis. El quinto atraviesa el grito de horror de la Carmen. La Carmen desaparece de la ventana. El sexto perfora al centro una de las promesas justo cuando la mujer de las palomas recoge una vez más del suelo sus desechos. Y el séptimo atraviesa el aire, al mismo tiempo que Sara mira la cabina del conductor del metro, cierra los ojos con el rostro de Dilan en el pensamiento y cuenta hasta tres.


Paula Marín Alvarez. Nació en Santiago y vivió una infancia entre mudanzas. Su madre fue profesora normalista y su padre guionista de historietas en las Editoriales Zig-zag y Quimantú. Es actriz. Escribe desde siempre. Ha participado en el Taller de Creación Literaria de la Universidad Católica y en talleres de cuento y novela de Pía Barros, entre otros. Sus textos de microficción han sido publicados en los libros objeto Sentido común, Cafemancia y Encapuchadas de la Editorial Ergo Sum y en la Antología ¡Basta! + de 100 mujeres contra la violencia de género, realizada por Pía Barros y Editorial Asterión.

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