Un fin para el verano de los cuerpos

Diego Leiva Quilabrán

Un hombre de edad en el cuerpo de una mujer de edad que es su madre. Su hijo neurológicamente deteriorado. Su hija en existencia virtual en la red. Una venganza en trámite. La relación marital de su nieto, en estado crítico. Sus bisnietos, cautivados por los escenarios cambiantes proyectados en su habitación. El resultado: un entreverado de ritmos en el procesamiento del mundo, uno recientemente cambiado. Los cuerpos del verano (Noctámbula, 2019) plantea, en esa sintaxis, un juego de posiciones y tensiones: ser y dejar de ser, incomodarse ante sí y ante el otro, disociarse y encontrar momentáneamente una imagen adecuada de sí mismo.

El relato plantea una tecnología capaz de transferir, luego de morir, la mente de un sujeto, al internet. Este toma un carácter tan material como el de la experiencia cotidiana, siendo posible incluso la interacción directa entre ambos planos. ¿Qué pasaría si, además, esa mente pueda ser cargada, «quemada» es el término utilizado en la novela, en otro cuerpo biológico? «Es bueno tener otra vez cuerpo, aunque sea este cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere, y salir a caminar por la vereda para sentir la rugosidad del mundo», es lo primero que cuenta el narrador. Esa rugosidad pareciera estar determinada por curioso juego de mascaradas en que decir «yo» suena tan problemático como buscar en el presente aquello que el tiempo borró.

«El estado de flotación, es decir, la continuación de la actividad cerebral dentro de un modelo informático, es el primer paso ineludible para resguardar las identidades individuales. Recién después de la muerte se puede proceder al segundo paso opcional de migrar de un soporte a otro». Así se introduce la tecnología que media y moviliza la experiencia del narrador. Aunque, ¿puede haber experiencia en o desde un cuerpo ajeno? Peor: ¿es posible en o desde el cuerpo ese que se alcanza a pagar? Es el valor de cambio el que se ha colado en esa relación entre la mente y el cuerpo, enajenándolo en su posición de mercancía. 

En Los cuerpos del verano no hay una búsqueda activa por recomponer la linealidad perdida de la vida que se ha enrevesado –el narrador bordea el siglo, pero está en un cuerpo de edad más cercana a la de su hijo cuyo huésped original quién sabe hace cuánto murió–. Quizá la relación con el pasado es menos nostálgica de lo que uno esperaría leer en una novela en la que también se nombran los vacíos de los viejos edificios que ya no están o dispositivos que nos son familiares hoy. 

Quizá entrar en esta obra sea menos interesante si se lo hace desde las causas de la organización del mundo –el exponencial desarrollo técnico-científico y la desigualdad económica– que desde las consecuencias. La primera novela de Castagnet, al dejar como algo lateral –aunque podríamos decir que es ineludible– el reconocimiento de nuestro tiempo, puede explorar y tantear otros cuestionamientos: ¿cuáles es la relación entre las capacidades mentales y físicas?, ¿cómo se reconsidera la violencia entre particulares cuando el cuerpo no es esencial para el desarrollo?, ¿en qué consistiría la muerte?, ¿cuál es la relación de la ley?, ¿puede imaginarse una «nueva materialidad» en nuestra relación con las redes informáticas? 

No hay que confundirse. Ninguno de estos elementos es desarrollado en extenso. Circulando en tiempos y percepciones de sí mismo que se tuercen o se aglutinan en torno a ciertas acciones –como la venganza o el amor filial, por ejemplo–, lo que el protagonista y narrador vive son planteamientos y dudas sintomáticas, dejándole al lector un trabajo importante: no cerrarlas, sino que evaluarlas como lo que son, tentativas, en el marco de un acostumbramiento progresivo.Los cuerpos del verano es un texto que abre cuestionamientos por algo así como el verano de los cuerpos. La vida –transtemporal, transcorporal y transgenérica– del protagonista está en un cambio de estación, un régimen distinto, que aún no podría clasificar como un invierno –al pararme desde el consumo caníbal de cuerpos– o una primavera –si oblitero todo salvo la posibilidad de permanecer vivo–. El lector se enfrenta a un rumbo que se abre gracias –o por culpa de– la tecnología, aparecen frente a él interrogaciones a un orden completo –el que nos resulta familiar y cotidiano– para plantear la dificultad de decir que se es un cuerpo y la naturalidad de comentar que se tiene uno. En esta novela puede leerse lo que sea que quede de los cuerpos, lo que sea que quede de la mente, lo que sea que quede de singularidad y los excesos provocados interregno «en que se producen monstruos», como diría Gramsci.

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