Tragar

Benjamín Cortés Escobedo

De anoche que no encuentro mi chauchero. Estoy segura de que se me cayó cuando venía de vuelta para la casa. La Nancy me lo regaló el año pasado cuando fue a San Antonio con las chiquillas del centro de madres. No era muy grande. De material gastado, con ese tono color piel que le dicen. Tenía dibujado un puerto en tinta china, acompañado de un recuerdo de San Antonio piruja. La verdad es que nunca me gustó mucho, pero mi hermana es la única que se acuerda de traerme algún regalito cuando llega a salir. Creo que eso es lo que me tiene tan afligida. No son las monedas. Ni las fotos del Domingo cuando era chico. Es que no me acuerdo cuando fue la última vez que alguien me hizo cariño. Y creo que la Nancy me lo hizo con ese chorito. 

Cuesta perder plata. Me dolió harto igual, si me las había ganado recién. Pero eran puras monedas antiguas, y ahora como que me dan asco. Las veo y pienso en una uña negra. Las tomo y siento que mis manos están sucias. Más ásperas, más secas. Aparte ahora solo queda una maquinita que las acepta. Esa en que la frutilla te baila. O te canta. No sé muy bien. Pero de que te atrapa, te atrapa. Y la hueona después te invita a un plátano, te trae a una naranja y la frutería entera para montarte un show. Y yo le creo. Le aprieto el botón a cada rato. Mientras el cigarro se me apaga en la mano y las monedas empiezan a caer al ritmo de la musiquita. 

En la mañana me puse a pensar que lo del chauchero fue una despedida. Ayer, el viejo del Aníbal nos dijo que mañana temprano se llevaban esa máquina. Tuviste suerte, Cecilia, me la dejaste casi vacía. Y yo me reía no más, muy humilde, mientras las otras me miraban con envidia, contando las chauchas para saber si les alcanzaba para el pan del desayuno. Mira que todas nos hemos visto en esa. Y la frutilla siempre ahí, sonriéndonos. Buena para contarle secretos, como ella sola. Escuchando atenta, para respondernos a todas con la misma canción. Yo creo que ella me quitó el chauchero anoche. No me di ni cuenta cuando me metió los brazos flacuchentos en el bolsillo. Quizás me estaba cobrando la compañía ahora que se iba. Igual no le tengo rabia. Si siempre me ha quitado moneditas. 

No tengo monedas y me veo en la obligación de abrir mi alcancía. Sobre el metal tiene impreso a un gato, con la cara estirada y que está acompañado con unas flores del pájaro. La tengo hace tres meses ahí. No le dije a la Nancy y al Domingo que la tengo. Con esa plata quiero ir al casino, pero es secreto. Deberías hacer otras cosas hermana, pasai todo el día allá. Yo le digo a mi mamá que, si sigue jugando, no le voy a dar más plata. Yo no siento que vaya tanto. Hay viejas que pasan todo el día sentadas ahí. Yo voy después de once no más. Bueno, a veces también después de almorzar. No me doy ni cuenta cómo se me pasa la hora. Por eso quiero ir al casino, aunque sea una vez. Yo creo que ahí me van a aburrir las máquinas chicas. No quiero darle más plata al viejo del Aníbal. Tengo un poco menos de setenta lucas en monedas de cien. Pensé que sería más. Voy a sacar cinco no más para jugar hoy. 

Me levanté temprano para dejar todo listo en la casa. Quiero escaparme un ratito antes de almorzar. No voy casi nunca a esta hora, pero siento que la mañana está muy lenta y de alguna forma tengo que matar el tiempo. Entro al Cacique y le pido al Aníbal las mismas fichas de siempre. Me las tira debajo de la ventanilla y voy directo a mi silla. Sí, me tienen una solo para mí. Es que acá ya somos conocidas, si somos las mismas siempre. Me siento entre la Marta y la Karina. La Marta está acá apenas abren al Cacique. Con el cigarro pegado a sus labios gruesos, siempre rojos. Su chasquilla de tubo se para en Pedro Fontova, siempre bien arreglada, esperando que llegue el viejo a abrir. Nunca va con lo mismo. Se cree el cuento la Martuca. Te mira de pies a cabeza, con esa cara amargada mientras no se cansa de apretar el botón. No siempre tuvo el rostro vinagre la pobre, le cambió cuando el hijo se le perdió en la pasta. Da una pena verlo. Está tan flaco el chiquillo. Yo pienso que lo conocí de chiquitito y ahora está tan distinto. Cuando veo los ojos enojados de la Martuca, pienso en la muerte de la Cami. Pienso en todos los hijos que se pierden por acá. 

La Karina en cambio cierra la peluquería para venir a jugar. Tiene las uñas largas y no las deja de hacer sonar contra la máquina al ritmo de la música mientras come chicle. No se calla nunca esa. ¿Supiste que la Carmen está separada hace un mes? Yo creo que el Robertito es medio mariconcito, pero la Julia ni cuenta se da. Siempre nos informa de todo lo que pasa en el barrio. Si pasa algo, la Karina lo sabe. Yo voy a jugar media hora y me entero de todo con esa. Habla tan fuerte aparte. Como que grita. El resto de las viejas siempre la miran feo. Es la única de todas nosotras que no fuma. Siempre saca en cara la dentadura que tiene. Según ella no le falta ninguna pieza. Nosotras nos reímos no más. Abre la boca y se le nota la dentadura colocolina de tanta tapadura. 

Me siento frente a una máquina egipcia. Estamos las tres faraonas sentadas tratando de hacer calzar los colores de los diamantes para que caigan las monedas. La Marta le empieza a pegar a la máquina. Estoy segura de que este viejo maricón no está cagando chiquillas, no ganamos nunca. Tan amargada Martuca, es cosa de esperar no más, yo anoche me fui cargadita para la casa, aunque era de las antiguas eso sí. La Marta tiene razón Ceci, nosotras métale moneda no más, mientras el Aníbal puro que se ríe. Eso pasa porque jugamos en estas hueas ordinarias, yo creo que en un casino no nos pasaría eso. La Marta prende otro cigarro. No deja de reclamar mientras empieza a meter más fichas. 

La Karina se queda callada un rato. Raro en ella. Media tímida nos pregunta sí alguna vez hemos ido a un casino. A uno de verdad, donde tienes que ir bien arreglada. Con tacos, con algún vestidito elegante. Algún arito de oro o una pulserita de plata. Como el lugar que soñamos con mi alcancía. Yo y la Marta le decimos que no, que es muy caro para ir. Acá con cinco lucas nos podemos quedar toda la tarde, allá ni para un juego nos alcanza. Miren, el fin de semana me viene a ver mi hijo y me prometió que me iba a llevar al Monticello, para que me hiciera mierda jugando toda la noche. Yo tengo puras ganas de ir, pero no quiero ir sola, me da miedo ¿Ustedes me acompañarían? Tenemos que llevar como unas doscientas lucas mínimo. Me empiezo a reír con la Marta. Le preguntamos si nos está hablando en serio. Media enojada nos dice que sí, que vayamos no más. Tengo toda una semana para juntar la plata. 

Voy a empezar a ir a jugar dos veces al día para ir al casino. Me puse de acuerdo con la Marta para que juntemos la plata juntas. Ella también anda media corta. Decidimos que es buena idea ir antes de almuerzo y después de tomar once. La Martuca me pasa a buscar tempranito y partimos tomadas del brazo al Cacique. Nos sentamos juntas. Ella en una máquina que tiene una brujas y yo sigo fiel a mi fuente de la fortuna egipcia. Le pedimos las fichas al Aníbal. No nos mira y las tira por debajo de la ventanilla. 

La máquina de la Marta es la que hace más ruido. Cada vez que aprieta un botón una de las brujas se empieza a reír. Me recuerda a la Karina. Ese ruido escandaloso la reemplaza cuando está cortándole el pelo a las viejas del pasaje y no nos puede acompañar. Paga doble. La Marta salta del asiento y me abraza. Empezaste la semana con harta cuea le digo. Y sigue metiendo monedas. Las calabazas negras de la pantalla hacen una fila con las verdes. Pero tienen que juntarse con las naranjas para que la Martuca gane. La bruja se ríe más fuerte y en tono de burla. La Marta se para enojada y prende otro cigarro. Sigue metiendo monedas como loca. Ya perdió todo lo que ganó cuando llegamos. 

Yo empiezo apostando de a poquito. Me da como vergüenza venir temprano. No falta el viejo sapo que pasa más lento para ver quiénes estamos ahí. Yo pensé que a esta hora íbamos a estar solas, pero está casi lleno. Una vieja que apenas camina no suelta el pucho y tiene el dedo pegado al botón. Al frente de nosotras hay tres que son hermanas, pero que se juntan escondidas de sus maridos para venir a jugar. Todas alegamos cuando la máquina nos caga, pero saltamos cuando el ruido de las monedas al caer nos abraza. Es que todas esperamos ese sonidito para sentir algo distinto. Nosotras bailamos cuando la cara de nuestra amiga mapuche hace su aparición estelar a través de las monedas.

En mi máquina los faraones me esperan. Las pirámides se empiezan a mover apenas me siento frente a ellas. Las momias tímidas me saludan. Las joyas egipcias empiezan a aparecer. Yo tengo que formar líneas del mismo color para que empiecen a caer las monedas. Tengo cinco oportunidades para apretar el botón. Mi dedo me da el poder de Cleopatra. Yo soy la Cleopatra de Conchalí y las máquinas son mi imperio. Las monedas no dejan de caer. Yo me tiro al suelo para que ninguna caiga fuera de la rejilla que las sostiene. Las tomo y le pido al Aníbal que me las cambie todas por fichas para seguir jugando. Me empieza a doler la raja de estar tanto sentada, pero ya queda poquito para ir a almorzar. Unos juegos más y nos vamos con la Martuca. 

La Marta se devuelve con dos lucas a la casa. Yo con tres. Las dos llevamos quince, así que en la tarde vamos a traer más. En una de esas así nos vamos con más plata para la casa. Me despido de la Martuca y voy a calentar las lentejas que me quedaron de ayer. Puse dos platos por si aparece el Domingo o la Nancy. No me acuerdo cuando fue la última vez que almorzaron conmigo. Hoy tengo turno todo el día mamá. Yo me quedaré toda la semana donde mis patrones Ceci. Y así es casi todos los días.  Como sola, mientras me río de las pelucas que ocupan las viejas que van a la jueza. Termina el programa y parto de nuevo al Cacique. No tengo ganas de esperar hasta tomar once, si tenemos poco rato para juntar la plata de aquí al sábado. Aparte no creo que me echen mucho de menos en la casa. 

Paso yo a buscar a la Marta ahora. Llevamos 20 lucas y estamos convencidas de que por lo menos nos tenemos que traer el doble a la casa. La Karina nos tiene dos puestos guardados ¿Cómo van con lo de la platita chiquillas? Mira que mi hijo ya me confirmó que el sábado me llevaba sí o sí. Lento pero seguro comadre, vamos a venir todos los días para juntarla más rápido. Como siempre no más, se ríe la Karina. La Marta la mira feo y se sienta frente a las brujas. Mis momias me prenden el cigarro y empiezo. Pierde todo. Paga doble. Pierde todo. Pierde todo. 

Queda un día para el sábado y ya no me queda un peso en la alcancía. El maricón del Aníbal nos ha cagado con todas las monedas y con la Martuca ya estamos desesperadas. Yo le digo que tenemos que seguir jugando no más, que es la única forma de que consigamos la plata. Que se recupera, que siempre se recupera. Le miento y le digo que todavía tengo un restito guardado para seguir jugando. Voy a sacar la plata de la luz, la del supermercado y la de la feria para ir en la tarde. Cuando me gane el doble, la repongo. Total, cuando me devuelva del casino, me va a sobrar plata hasta para regalarle a los hueones. Van a tener la casa llena de comida cuando aparezcan. 

Llego y cambio toda la plata por fichas. La Karina me mira asustada. Que andai platuda hueona. La que puede, puede no más. La Marta se burla de mí. Las empiezo a ignorar y me concentro en jugar. Mi sequito de momias me esperan asustadas. Estiro mi espalda para que recuerden que en Conchalí solo hay espacio para una Cleopatra. No escucho las carcajadas de las viejas. El sonido de las monedas está mudo. Solo siento el fuego del encendedor que casi me agarra las pestañas. No suelto el botón nunca. No sé si voy ganando o voy perdiendo. Las chiquillas me van agarrando la plata. Yo meto. Meto, meto y meto. Ellas sacan, sacan y sacan. Pero a la emperatriz no la detienen. Solo las con poder llegamos al casino. 

Aníbal se acerca y nos dice que tiene que cerrar, que ya es muy tarde. Marco Antonio busca invadir nuestro imperio. Lo miro confundida. Me hay quitado toda la plata viejo hueon, no pienso entregarte ninguna moneda más. No me sentaré nunca más en estas sillas pasás a raja. Las chiquillas me toman del brazo y nos sentamos en la plaza del frente. Me voy con 30 lucas. Llevé un poco más de 100. Me pongo a llorar. Con eso no me alcanza para nada. Ni para jugar en el casino o tomarme alguna cosita allá. Pagar la luz. Ir a la feria. Pasar al super. No me queda nada. 

La Karina me dice que no importa, que todas alguna vez hemos sacado platita para venir a jugar. La Martuca cree que tenemos que ir con lo que tenemos no más, que tiene que valer la pena. Les digo que siento que la suerte se me fue cuando perdí el chauchero que me regaló la Nancy. Deja de lamentarte, llega y busca la mejor pinta que tengai para mañana, yo las paso a buscar donde la Marta en la tarde y partimos derecho a jugar no más. Las abrazo. Me dejan en la puerta de mi casa. De nuevo no hay nadie. En la tele mi marido turco me dice que el domingo pensaremos en cómo recuperar la plata. Le creo y me duermo. 

Encontré el traje que me puse pal matrimonio de la Nancy. Una chaqueta roja, de un material transparente. Los pantalones son negros y anchos. Me pongo una blusa negra que encontré el otro día en la feria. En el espejo brillan los únicos aros de oro que tengo. Me gustaría que el Domingo o la Nancy me vieran así. Que me pregunten dónde voy. Mañana se supone que llegan. Yo les avisé que no iba a estar en la noche hoy. Ninguno me dijo nada. 

La Marta me recibe con un vestido dorado cortito. Me pregunta si se ve muy gorda. Le digo que no, que ojalá que no le de frío, dicen que puede llover a la noche. Nunca la había visto tan bonita y eso que siempre se arregla. Estoy nerviosa, yo nunca pensé que nosotras pudiésemos ir a un lugar tan encachado como este. Yo también Martuca, desde que la Nancy se casó que no me arreglaba tanto y eso fue hace casi treinta años. Las dos nos reímos. Alguien golpea la puerta apurada y con rabia. Debe ser la Karina. Quizá también se puso media nerviosa. 

Las dos corremos a abrirle la puerta. Todavía está con el delantal de la peluquería. Tiene un moño mal hecho y lleva puesto los jeans manchados con cloro. La miro y le pregunto si acaso va a ir así, que no sea picante. Puchas chiquillas, yo sé que las ilusioné con esto, pero mi hijo me dijo que si le podía cuidar a mis nietos. Que él se va a ir al casino con su señora y unos amigos. Me prometió que me iba a llevar, le dije que había invitado a unas amigas incluso.  Quizá le dio vergüenza, donde todas somos de acá. El hijo empieza a tocar la bocina de su camioneta para apurar a la Karina. Se despide incómoda. Nosotras no alcanzamos a decirle nada. Apenas queda espacio para ella en la camioneta. Un cabro chico medio rubio le abre la puerta. La Karina se pierde por la calle. Y nosotras mudas seguimos su trayecto desde la reja, que deja un olor a chamullo. 

Empieza a llover. La marta me invita a tomar té. En medio del comedor aparecen dos goteras. Corrimos a buscar las pailas para que no se moje tanto.  Faltan las tapas de los enchufes. La tele que se había comprado la Martuca.  Su hijo le ha robado todo. Estamos en la mesa y ninguna habla. Cuando nos miramos nos reímos incómodas. La Marta no tiene la cara vinagre como siempre. Pruebo el dulce de membrillo que le compró al maricón Rául. Él mismo los hace. Está rico. No comía hace tiempo porque en la casa no les gusta. Terminamos de comer sin decirnos nada. Limpiamos la mesa. La Marta sale de su pieza con una lota. En alguna huea tendremos que apostar dice. Saco las monedas de diez que tengo. Nos ponemos a jugar. 

22. Par de patos. La edad del hijo de la Marta. 30. La Plata que me queda. 14. El hijo de la Marta cae en la pasta. 69. Cochina. Los años del maricón Rául. 17. El día en que los cumplió, mi sobrina se suicidó. 15. La plata que meto en las máquinas todos los días. 3. Los meses en que mi hijo me dijo te amo por última vez. 24. El sábado que estuve a punto de ir al casino. Piqué, grita la Marta. Yo despierto. Vo´arreglai los juegos igual que el hueon del Aníbal. No seai picota. Seguimos jugando. Me voy con 300 pesos más para la casa. 

Quiero prender la estufa, pero no me queda parafina. La luz no enciende. Parece que me la cortaron. Igual los sábados el turco no me habla. Solo aparece el hueon que se ríe fuerte. Apenas camino hacia la cama. La abro y me meto con la ropa que ando. Si me arreglé tanto, por lo menos que dure. A lo mejor, la Nancy y el Domingo me dicen algo cuando despierte.  

Me levanto toda chascona. Ninguno de los dos me saluda. ¿Por qué no hay luz mamá? Yo te pasé la plata para que la pagaras. Llegué con ganas de hacerme unos huevitos revueltos, pero no había nada Ceci, con suerte quedaba un poquito de paté. Me devuelvo a la pieza. Me pongo los zapatos con taco bajo. Arreglo el desorden que tengo en el pelo. Doy un portazo y voy para la feria. Necesito una alcancía nueva. No quiero que ese gato me mire más. 


Benjamín Cortés Escobedo (1997) nació en Santiago de Chile. Es estudiante de Periodismo en la Universidad de Chile. Ha participado en laboratorios y talleres de escritura. Este es su primer cuento publicado.

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