La prueba

Leonardo Sciascia
Trad. Viviana Saavedra Arévalo

Leonardo Sciascia (1921 – 1989) nos presenta en su cuento corto La prueba una breve mirada a una Sicilia empobrecida, y a personajes que no logran ver más allá de su distorsionada realidad; a quienes por un lado ven en el otro solo mano de obra, y a quienes conservan alguna esperanza en medio de una realidad que perpetúa la precariedad de sus vidas.

La prueba

Un montoncillo de fichas, grandes como monedas de cien liras, para dividir en tres grupos: más ásperas, menos ásperas, lisas.  

Un pedazo de alambre y una pinza: para formar, con el alambre, un triángulo. 

Un letrero con diademas dibujadas, que formaban una especie de racimo de uvas: y dentro de cada grano de uva, un número. Desde una cierta distancia, había que leer tantos números como fuera posible, entre el tiempo que el hombre, con el reloj en la mano, decía «ya» y después «basta». 

«Ya» y «basta» eran las palabras italianas que mejor pronunciaba aquel hombre. Un hombre alto, sonrosado, con ojos claros, cabello rubio que se le abría como crisantemo hacia el centro de la cabeza. Suizo de Zurich. Blaser su nombre. En Sicilia para reclutar mano de obra femenina: chicas mayores de dieciocho años y menores de treinta. Para una fábrica de cosas eléctricas: medidores, parecía; y es que no se entendía mucho de las pocas palabras que decía. 

Quizá era católico, quizá luterano o calvinista. Los pastores no lograban entenderle. Se quedaba quieto, sin curiosidad, examinando a las chicas: en la casa parroquial o incluso en la sacristía, como si aquel ambiente lo conociese de siempre, haciendo de monaguillo o yendo a las clases de catecismo. 

Recorría los pueblos de la provincia con un automóvil y conductor arrendado, luego de una meticulosa negociación, después de un desconfiado regateo, en la capital: que era una ciudad, en el corazón de Sicilia, cerrada, en lo alto de una roca, agitada por el viento.

El conductor se había apasionado de cierto modo por aquel juego, por aquellas pruebas: lo seguía a las sacristías, a las casas parroquiales; a veces no se resistía a interceder a favor, cuando alguna chica no lograba pasar la prueba o no tenía la edad justa: incluso si el suizo no tomara en cuenta, aquellas buenas palabras. 

La misma escena se repetía en cada pueblo; hasta las chicas, de un pueblo al otro, parecían las mismas. Y también los pastores. A la hora ya previamente acordada, los pastores esperaban la llegada del señor Blaser; unas veinte chicas, normalmente acompañadas por sus madres, se encontraban en la sacristía o en la sala de la casa parroquial; murmuraban emocionadas y reían nerviosamente. El pastor las presentaba con garantía de su buena observancia de las leyes cristianas y de las virtudes domésticas que, en Suiza, se transformarían en virtudes obreras. El señor Blaser sacaba las fichas, el alambre, la pinza y el letrero: y comenzaba la prueba. 

El conductor sentía una vena de remordimiento agrietada por la satisfacción de la ganancia que estaba haciendo, del pasatiempo que ocupaba sus jornadas de trabajo: como si fuese hecho cómplice de una especie de rapto de las sabinas, tramado misteriosamente por un hombre del norte, encima alemán, y los pastores sicilianos. No le gustaban los alemanes, por el largo hambre sufrido en un campo de prisioneros. Y no le gustaban los pastores, por tantas otras razones.  Y aquel poco alemán que, pasando hambre, había aprendido, le servía para traducir el nombre de su cliente a soplador: y por secreta venganza lo veía desnudo y ansioso, con las mejillas hinchadas, y el aire que le salía de la boca como un haz de rayos; así como ciertos ángeles de masilla en los coros de las iglesias. Porque el señor Blaser consideraba al conductor como una parte más del automóvil, y los intentos de comenzar una conversación durante el viaje o las intervenciones durante la prueba a favor de alguna chica, tenía el mismo valor que quedarse en pana: un incidente, un fastidio. Y eso irritaba al conductor: sentía una humillación que terminaba en odio cuando la mirada del soplador se posaba sobre él, al más pequeño intento de confianza, como si se tratase de un objeto; un objeto que tenía la sorprendente y fastidiosa cualidad de hablar. Y humillado se sentía por la contradicción de sentimientos a donde iba a caer: no le gustaba que el suizo se llevara a las chicas, pero intervenía para recomendar a alguna si estaba por ser descartada. Sentimientos tan complejos, hacia un hombre que daba una remuneración justa por el trabajo, y por aquel trabajo, el señor Blaser nunca habría podido imaginarlos, y si los hubiera imaginado, los habría repudiado. 

Así pasó una semana;  una decena de pueblos, una centena de chicas reclutadas; todo tranquilo, sin problemas. Y llega el día que el señor Blaser había destinado para V., pueblo aislado dentro de un vasto territorio seco, pueblo de haciendas ahora debilitados por las expropiaciones y por la mafia aun exuberante. 

Durante el viaje, el conductor le contó al señor Blaser, agregando los detalles más espeluznantes, las crónicas del pueblo: pero el suizo no dio ni la menor señal de curiosidad o maravilla. 

Cuando llegaron al centro del pueblo, donde sobre la escalinata de la matriz el arzobispo ya lo estaba esperando, mientras el suizo y el arzobispo se saludaban,  se le acercó un joven al conductor mientras cerraba el auto. Saludó, el conductor respondió al saludo: y se quedaron por un momento mirándose, el joven evidentemente intimidado, un poco torpe; al conductor lo asaltó de improviso una oscura preocupación, acaso las historias evocadas para el señor Blaser hubiesen, en cambio,  servido para alimentar su temor. Y por esto preguntó bruscamente: «¿Qué pasa?» para esconder, con la arrogancia del tono, su preocupación. 

«Pasa que», dijo el joven, «que usted me tiene que hacer un favor».

«Aquí vamos», pensó el conductor; pero la verdad no sabía a qué. 

«Si es que puedo», dijo, con dureza, para mostrar su decisión de no hacerlo, aquel favor; o al menos no hacerlo sino por gentileza, nunca por miedo. 

«Bueno», dijo el joven, «se trata de una chica: una chica que se quiere ir a trabajar a Suiza… no quiero que se vaya, bueno… está ahí, junto al arzobispo… no pueden llevársela, bueno… no quiero… Nos tenemos que casar, usted me entiende…».

«Yo no entiendo nada, amigo: y no tengo nada que ver. Todo lo que hago es transportar a ese tipo. Yo soy conductor: me paga y lo llevo a los pueblos. No se nada y no quiero saber nada de lo que hace. Cada quien con su trabajo: yo el mío, él, el suyo.¿Entiendes», y comenzó a tutearlo, tanta pena le daba ahora el muchacho: un niño a punto de romper en llanto.  

«Usted me tiene que ayudar», dijo el joven. 

«Qué pena», pensó el conductor, «y luego en un pueblo como este, son capaces de todo», suspiró con fastidio, angustiado. 

«Ya, está bien, voy a tratar. Pero no creas que mi palabra valga de algo: aquel es suizo, suizo alemán. ¿Sabes lo precisos que son los suizos? Hacen relojes y como los relojes caminan… y los alemanes, bueno, mejor ni hablar de ellos, tienen la cabeza dura como piedra. ¿Y se puede sacar jugo de una piedra?», y se dirigió hacia la iglesia. Pero desde el umbral se dio vuelta hacia el joven que se había quedado a los pies de la escalera, lo miró con reproche y compasión al mismo tiempo, «¿y cómo diablos se llama?», demandó. 

«Rosalía», dijo el joven, «Rosalía Calaciura».

En la sacristía, el señor Blaser ya había sacado sus cosas: las disponía sobre la larga mesa como instrumentos quirúrgicos, con atención, con delicadeza; y de verdad parecía que se estuviese preparando, en la sacristía cortada violentamente por rayos de sol que caían desde las altas ventanas de rejillas, bajo la mirada malintencionadamente casta y sádica de obispos a arzobispos a quienes la luz resaltaba sus telas malgastadas, entre los enormes armarios de nogal oscuro, en el extraño olor a cera e incienso, de vainilla y de moho, una lugubre operación quirurjica o de tortura. Las chicas miraban las manos del señor Blaser como si fuese fascinante; y también el arzobispo. 

Desde la puerta el conductor rompió aquella atmósfera de turbia ansiedad gritando: «señor Blaser, una palabra, ¿me permite?», y el señor Blaser se volvió: sorprendido, casi indignado, los ojos más fríos de lo normal. El conductor le hizo, con el índice de la derecha, señal para que se acercara. El suizo hinchó las mejillas para resoplar de fastidio («el soplador», pensó el conductor), y se desplazó con una ofensiva lentitud. 

«¿Usted ha entendido que clase de pueblo es este?», le susurró en el oído el conductor.

«He entendido», dijo el señor Blaser.

«Mafia, pueblo de mafia», dijo el conductor.

«Entendido».

«¿Sabe que es la mafia?».

«Me es indiferente», dijo lentamente, con esfuerzo, el señor Blaser. 

«A mi no», dijo el conductor, «y si quiere un consejo de hermano, pienselo muchísimo antes de decir «me es indiferente». Entre la indiferencia y la diferencia se define lo que pasa entre morir y vivir». 

«No entiendo», dijo el señor Blaser: y justo en ese momento comenzaba a entender algo. 

«Por lo tanto debe dejarse aconsejar», dijo el conductor. 

«Ya», dijo el señor Blaser: y quería decir «adelante con el consejo, apurémonos».

«Hay entre ellas una muchacha que no debe llevarse: se llama Rosalía Calaciura».

«¿No me la debo llevar?».

«Si: descartar, descartar de inmediato… no es buena».

«¿Edad no correcta?» preguntó el señor Blaser. «¿O…?», se tocó la frente como dando a entender una deficiencia mental. 

«No», dijo el conductor, impaciente, «por ese lado está bien: pero no se la tiene que llevar, y basta».

«¿Y basta?».

«Y basta», el conductor mostró su puño, abrió el dedo índice y el pulgar, tres veces hizo caer el pulgar sobre el índice, como el percutor de un rifle, «pam pam pam: a nosotros, a mí y a usted… nos van a matar».

«¿Quién?».

«El amante: ese que no quiere que la chica se vaya».

«¡Ah!» hace el señor Blaser dándole la espalda.

«Se la lleva», pensó el conductor, «por Dios que se la lleva: por estupidez, por prepotencia; y para provocarme. Pero si yo estuviese en el lugar de aquel pobrecillo que espera fuera, le daría una lección. Y ese, en cambio, se enfadará conmigo: nadie le hará meterse en la cabeza que este de aquí no entra en razón, va a pensar que yo no quise convencerlo».

Comenzó la prueba. El conductor puso atención para ver quién, entre aquellas muchachas, era Rosalía Calaciura. Eran catorce. Reconoció a las más bellas: tres. Pero inmediatamente una de las tres fue llamada con otro nombre. Quedaban dos: pero ninguna de las dos era Rosalia.

Rosalia no era bella: mirándola bien, atentamente, podría llegar a parecer agradable; pero no bella. Era baja, morena. Y durante el examen fue una de las más ágiles. 

El señor Blaser, apenas había dicho «basta» al examen de Rosalia, miró hacia donde estaba el conductor. Este le hace una señal negativa con la cabeza. El señor se quedó absorto por un momento. Se volvió después hacia el arzobispo.

«No quiero problemas», dijo.

«¿Cómo?» se sorprendió el arzobispo.

«Problemas, líos, incidentes», dijo el señor Blaser, pronunciando mal pero mostrando una inesperada riqueza de vocabulario. 

Sobre el cuello desfilado la cabeza del arzobispo giró como una pértiga: los ojos sobresaltados, la boca abierta casi para inflar en el aire, como un personaje de historietas, una burbuja de asombro exclamativo. 

«¿Esta muchacha tiene novio?» preguntó el señor Blaser. 

«No», dijo el arzobispo. Y comenzaba a entender.

«No», dijo la madre de Rosalía.

«Yo creo que sí», dijo el señor Blaser. 

«No es novio», dijo la madre de Rosalia, «simplemente es alguien que la quiere: un desocupado, un vago. Pero a mi hija la mando yo».

«Pero no es verdad que es vago», dijo Rosalia, «es alguien que no encuentra trabajo».

«Te quiere arruinar», dijo la madre.

«No me quiere arruinar: es que me quiere mucho… pero yo a Suiza me quiero ir por lo mismo: para hacerme una dote, para casarme».

«Pensando en una dote», manifestó la madre, «te olvidas de la miseria en la que vivimos y de la esperanza que tenemos en aquellas cuatro monedas que podrás mandarme desde Suiza».

«Voy a mandarles algo a ustedes: pero a Suiza voy a hacerme la dote».

«Basta», dijo el señor Blaser, «me la llevo».

El conductor salió de la sacristía, atravesó la iglesia desierta. El joven lo esperaba apoyado en el automóvil. 

«Te lo dije», dijo el conductor.

«¿Se la lleva?».

«Como si yo no le hubiese dicho nada… esa cabeza, querido… y encima dio a entender que has intentado impedirlo. La vieja se enojó, dijo que eres un bueno para nada y que quieres arruinar a su hija: pero la chica te defendió». 

«Me quiere mucho», dijo el joven. 

«Te quiere mucho, y se va para Suiza», dijo con ironía el conductor. 

«Barriga llena, no cree en hambre ajena», resintió el joven. 

«No estoy tan lleno como para no creerle al hambriento», dijo el conductor, «solo quiero decir que pudiste haberla convencido de no irse a Suiza, de no presentarse a la prueba; y si ella no te quiso escuchar, quiere decir que tiene sus razones: o te quiere un poco menos de lo que crees, o no puede más con la miseria…».

«No puede más…», dijo el joven. 

«Entonces si de verdad la quieres mucho, déjala ir… va a volver, es una chica tenaz, volverá… y se casarán». 

«Si yo encontrara trabajo…» dijo el joven.

«Encontrarás: con toda la gente se va, el trabajo no le faltará a quien se queda».

«Pasa que mientras más gente se va, más pobre se vuelve el pueblo».

«No puede ser», dijo el conductor, que a la economía aplicaba la simple aritmética. 

«No es como cuando hay muchos sentados en una banca, apretados, apretados, presionados: que uno se levanta y los otros echan un respiro y se ponen más cómodos… aquí nadie está sentado: y de quien se va, los otros ni cuenta se dan; solo se dan cuenta que el pueblo se está quedando vacío». 

«No es un discurso claro», dijo el conductor.

«No, no es claro», concedió el joven.

«¿Pero por qué no te vas a Suiza también? A Suiza, a Alemania… Alemania está a dos pasos de Suiza».

«Ya he estado en Alemania, por tres meses… pero yo digo: el hombre no es un perro… puede quedarse controlado, en un lugar que no es el suyo, para sufrir porque todo esto le hace falta», señala la iglesia, la plaza alrededor, al cielo que se fundía en el oro del atardecer, «pero el derecho no se le debe quitar a nadie».

«¿El derecho? ¿Es que acaso no te pagaban?».

«Me pagaban, la cuenta cada viernes por la tarde regresaba hasta la última moneda: honestos, precisos. Pero yo me refiero al derecho de estar como aquí ahora: que apenas nos conocimos, pero usted es una persona y yo soy una persona, y somos iguales, hablamos… con ellos, en cambio, es distinto: no nos ven, eso, no nos ven… y uno se siente como una mosca colgando de una seda de araña, balanceándose en sus vasos de cervezas…¡La cerveza! Dios mio, ¡la cerveza!…».

«Bueno» dijo el conductor: y por los recuerdos que de improviso lo atacaron sintió por los huesos un escalofrío helado.

«Y por eso la idea de que ella tuviera que dar la misma prueba que yo he dado, me vuelve loco: incluso si se trata de Suiza…».

«Ella es mujer», dijo el conductor, «las mujeres se adaptan: cambian de costumbres y de sentimientos… a una mujer la dejas limpiando un establo y la encuentras un par de meses después ya una señora». 

«Eso es verdad», dijo el joven. 

«Además, ¿sabes que creo? Todo es destino. Suiza o no, si tu destino es casarte con ella, te casarás con ella; si el destino es que la pierdas, la perderás».

El señor Blaser salió de la iglesia. Detrás de él se dispersaron las chicas.

«Me voy», dijo el joven, «y gracias de todas maneras». 

«De nada: felicidades», dijo el conductor. 

El señor Blaser se acercó al auto.

«Pueblo salvaje», dijo. 

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