Contramarcha o María Moreno: una lectora –y escritora– viciosa

Gabriela Alburquenque

Somos casi todo el tiempo para los otros, nuestro primer nombre.
María Moreno, Contramarcha.

En un lugar de Argentina, fotografías de distintos artistas empapelan la pared de la casa de una escritora. Ella, como todas, no es cualquiera. Es la mejor cronista que Argentina nos entregó en la década del 70’ –cuando empezó a publicar–, la misma que en 2019 fue galardonada en Chile con el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, la misma que tituló Contramarcha a esa que sería, en sus palabras, la novela de sus lecturas. O, en lugar de dos pasos adelante y uno atrás: «así como te cuento una novela de mis lecturas, te cuento la otra» (Moreno, Página 12. 2021).

Editado por Alquimia Ediciones y publicado en Chile este año, Contramarcha reúne textos que utilizan la lectura a otros libros como puerta de entrada a la escritura –y lectura– de una vida: «Ahora prefiero contar la infancia y la adolescencia tardía de lo que he leído. Y con el resto, no insistir». Libros que van desde Los miserables de Víctor Hugo a Los mandarines de Simone de Beauvoir, de Mujercitas de Luoisa May Alcott a Victoria Ocampo en fotografías de Sara Facio, van marcando el paso de esta escritura y, contra ello, la lectora podrá encontrar en estas páginas no la «génesis ideológica de una formación literaria» como podría esperarse, sino herencias, memorias, vínculos, afectos y distancias que, en algunos casos, van a estar pactados, inicialmente, desde los libros. Echamos marcha a la lectura, entonces, y vamos junto a la escritora recorriendo pasajes de su infancia, recortes de su adolescencia, para llegar a su lengua, a su insistencia por las palabras, y finalmente, entender –o tener la idea de que entendemos– su deseo de escribir: «A veces pienso que mi deseo de escribir nace de la novela de mi abuelo y de ese alocado discurso oral barroco y por tanto proliferante de mi abuela».

En Teoría de la noche (Ediciones Universidad Diego Portales, 2011) Moreno ya nos presentaba una Argentina del siglo XX. En Contramarcha, esa Argentina aparece en la portería de un departamento del barrio Once, una infancia proletaria y herencias en fricción con esa idea –la de clase–; en la voz imborrable de Gardel y su influencia en el gusto por las figuras retóricas del modernismo; en abandonar el colegio, entrar a un nocturno y hacer migas con un policía, un fabricante de lámparas y un director de cine porno; en la fotografía de una mujer apodada «La Paraguaya» como forma de cariño en la diferencia entre la madre y ella, sin segundas intenciones entre los afectos, que como Jorge, el seminarista, serán caseros de libros para María Cristina y su madre –de esta, también amigos o conocidos–, aunque luego nos enteremos que más que caseros, se trata de Esther Ballestrino de Careaga –detenida desaparecida, arrojada al mar en 1977 y encontrada en 1984, a la que «la llevaron al Sur y le cortaron la lengua»– y Jorge Bergoglio –el papa Francisco, cómplice de las desapariciones, torturas y asesinatos de la dictadura de Videla en el caso ESMA, sobre lo que Moreno ya había escrito en Página 12–. La Argentina que articula Contramarcha no es otra que la que recorre y habita –a la vez que la habita a ella– una niña, adolescente, mujer con herencias ideológicas que se le fueron amasando en la lengua, instalando en el pensamiento, para luego, superada la etapa de la configuración de la personalidad –si acaso eso existe y no fuéramos puro dejarse ir–, decidiera. La contramarcha, en este sentido, es tomar una decisión. No se trata de avanzar o retroceder al momento que se avanza, se trata de dirigirse: «La contramarcha no es la retirada, es un cambio de dirección por razones de estrategia». Y qué estrategia la de Moreno, si todo lo que tenemos frente a nosotras es una escritura con la indiscreción y el vicio que la caracteriza, y en ese vicio, un andamiaje propio, en el que la autora va soldando cada peldaño de esta contramarcha hacia la nostalgia sin puntos finales, estando, como diría Chéjov y nos recordaría Hebe Uhart, «a media rienda»: «La conexión con uno mismo. El “pliegue” o desdoblamiento. La literatura es lo particular. La repercusión de los hechos en mí o en el personaje. La perspectiva escéptica. La idealización del pasado. Estados de ánimo para escribir. Estar a media rienda» (Uhart, Las clases de Hebe Uhart).

Los retazos, la historia, la adolescencia y la infancia de María Cristina –porque pareciera que la novela de las lecturas es la que escribe Moreno sobre María Cristina Forero, con la consciencia de que la literatura «se compone casi exclusivamente de historias donde se falsifica la identidad»–, son los flecos que dejan ver los hilos del entramado Moreno: clase, género y ciudad, además de ideologías, voz y discurso. Y estos, materializados, los vemos en la importancia de la oralidad en los inicios en la literatura –como lectora, en este caso, oyente de radioteatro junto a su abuela analfabeta–, extranjerismos –que a veces son nombres, sobre todo si el libro es Los Miserables–, el existencialismo como cierto tipo de libertad –en la dupla Sartre-Beauvoir–, las fotografías empapelando la pared y su relación con el oficio del abuelo y el padre, la seducción del psicoanálisis y otras iniciaciones: el sexo, la libertad, aprender a leer, saber leer, aprender a imaginar, saber imaginar, dudar las lecturas, reafirmar otras. Estos apéndices del cuerpo-texto van marcando lo que podría ser el lugar de Moreno en la literatura y no, como una podría pensar al inicio del libro, el lugar de la literatura en la vida de Moreno. El ejercicio de escritura, que no es muy diferente del realizado por la misma Beauvoir en sus memorias –o por Soledad Bianchi en su Libro de Lectura(s) (2013)–, y al cual Moreno le dedica un capítulo completo –al caso de Beauvoir–, publicado hace un tiempo la Revista Oropel y el cual pueden leer aquí, extiende los dobleces de Moreno para presentarla en capas, así como un libro, con lomo, páginas y nervios, y reafirmar, de una vez, que María Moreno, con nombre elegido y sepultura de otro, es una pieza fundamental para entrarle a la literatura. Su andamiaje de pensamiento, voz enunciativa, relación con el oído y las palabras, cobran sentido en este libro que persigue una construcción propia –del yo–, quizás con la estrategia de quien se ha desdoblado más de una vez.

En María Moreno, sabemos, las dudas se vuelven afirmaciones y las descripciones actúan como acción: «Es cierto: donde otros se explayaron, yo puse el punto final. Al narrar la novela de mis lecturas, me detuve poco después de un episodio de apariencia trivial: el del día en que vi a mi profesora de Castellano, detrás de mí, en la cola para tomar el ómnibus que me traería del colegio. Entonces aturdida, como ciega, le ofrecí mi lugar (…) Fue una contramarcha, lamento la jerga militar pero es precisa. En efecto, algo se puso en marcha entonces, algo, no por confuso, menos decidido: de hecho en la contramarcha se impone más la decisión por el desvío que su nuevo sentido. No hay plan ni deseo, sí lo que importa: al contrario que en la retirada, no es el otro el que nos obliga con su acción».

Este libro de lecturas es lo que en una reseña cinematográfica se marcaría –desde el cliché– como «una carta de amor» a la literatura. Y como todo amor –volvamos al capítulo sobre el sexo de los libros, dedicado a Beavouir y conectado con la intensa relación de Moreno con los feminismos– es uno con contradicciones, tensiones, libertades y negaciones. Si alguna vez nos hemos preguntado cómo nace –o se construye– una escritora, entonces, tenemos esta Contramarcha de María Moreno, no como un origen posible, sino como aparataje del que hacernos para, una vez pensada la idea, echar viaje y marchar la imaginación para empezar a leer como una escritora –que es siempre lectora– viciosa. Y así, entender que la literatura nace en las porterías y que encarnar el deseo de un otro requiere de un golpe de vitalidad en cierto tiempo dado. Cerramos el libro, entonces, con la esperanza de que la performance, fotografía percibida no diste –no demasiado– de lo que ella –María Moreno– imagina de sí misma.

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