Jaime Orpis
Muerto en vida

Tamy Palma y Paulina Toro

Tamy Palma y Paulina Toro escriben sobre Jaime Orpis en el libro Joyitas. Los protagonistas de los mayores escándalos de corrupción en Chile publicado por editorial Hueders este año. A propósito del fallo de hoy en el caso Corpesca, que condena a Orpis a la pena de 5 años y un día de presidio efectivo, en calidad de autor de seis delitos de fraude al fisco, y a 600 días de reclusión como autor de dos delitos de cohecho, les presentamos el siguiente extracto del capítulo «Jaime Orpis muerto en vida».


La vida abandonó el cuerpo de Jaime Orpis Bouchon durante dos minutos. Dos minutos en los que su esposa, Ana Luisa Jouanne Langlois, fue espectadora de la caída a peso muerto de su marido, entonces senador de la República de 57 años, quien de pequeño ha sido reconocido por sus enormes paletas separadas y su ropa de talla holgada. Era una noche de febrero de 2013 y de pronto, en medio de una comida con dos amigas de su esposa, se sintió mal, y creyendo que era un ataque de tos, se dirigió a la terraza. Pero no, no era tos ni un trozo de comida atascado, era su corazón: los conductos eléctricos estaban obstruidos.

Orpis cayó desplomado debido a la disminución abrupta del flujo sanguíneo cerebral. Síncope, se llama, y deriva en una pérdida súbita y temporal de la conciencia.

El hombre quedó tendido en el suelo, mientras la brisa que corría en Frutillar, en el sur de Chile, envolvía su cuerpo ante la mirada horrorizada de las tres mujeres que vieron cómo el lado derecho del rostro del senador sangraba después del golpe que él –tal vez para mejor– ni siquiera percibió.

Su mujer intentó reanimarlo, al momento en que sus amigas llamaban a los vecinos y estos, nada más llegar, lo subieron a un auto y partieron rumbo al centro de salud de Frutillar.

Orpis llegó vivo, aunque, contó él más tarde con cierta épica, estuvo dos minutos muerto.

Pocos días después, ya de alta y de regreso en Santiago, en lugar de tomarse un tiempo de reposo, comenzó a dar entrevistas. Salió en televisión, en la prensa y en algunas fotos incluso se veían las huellas del golpe seco que azotó su cara cuando cayó inconsciente. “Estuve muerto, estuve muerto”, repetía a los medios sin hacer hincapié en las consecuencias más graves: un TEC, una cirugía maxilofacial para ponerle tres placas de titanio en uno de sus pómulos para fijar su ojo derecho, y un marcapasos. “Siento que tengo una nueva oportunidad en la vida”, dijo a La Segunda el 18 de febrero de 2013.

Pero como las nuevas oportunidades, como escribió Paul Auster, tienen más que ver con el azar que con lo bueno o lo malo, dos años después del síncope el senador recibió otro golpe, un golpe que lo puso nuevamente en el centro de la atención. La diferencia es que este segundo golpe liquidó su vida pública, es decir, que trajo una muerte simbólica.

En 2015 se supo que el senador estaba siendo investigado por un presunto caso de corrupción política, por el que terminaría siendo formalizado por cohecho, fraude al Fisco y delitos tributarios. Al poco tiempo aparecieron las pruebas y, con ellas, vino la muerte social de Orpis. La Fiscalía, en un juicio que para fines de 2020 aún estaba en curso, pidió para él 21 años de cárcel, al tiempo en que era desaforado a raíz de los cargos que se le imputan.

Escuálido y débil, en el ojo del huracán, Orpis declaró poco más tarde su propia sentencia: “Para mí, la vida terminó”.

La cuenta pública que el 21 de mayo de 2015 dio Michelle Bachelet es inolvidable para Jaime Orpis. Ahí partió todo. También ese día quedó inmortalizado para la Unión Demócrata Independiente (UDI). Y no por los anuncios de la presidenta, sino porque allí se desmoronó el castillo de naipes que cuidadosamente Orpis había construido en sus más de 30 años de carrera política. Ese día, a través de una publicación en La Tercera, el senador fue vinculado al caso Corpesca, que relacionaba a esa empresa pesquera con el financiamiento irregular de la política. Quizás por eso, estando advertido de lo que se le venía, el senador no acudió a la ceremonia en el Congreso.

La semana siguiente era distrital, por lo que los congresistas no tenían que realizar tareas legislativas sino territoriales. Pasaron días para que Orpis tuviera que aparecer otra vez por el Congreso a dar explicaciones.

Y pese a que sabía de antes lo que venía, no estaba preparado para caer en un hoyo tan profundo. Ese 21 de mayo, Orpis no solo se transformó en uno de tantos políticos que han caído en desgracia, sino que además sería el primero que se enfrentaría a un juicio de más de un año de duración, interrumpido solo por la pandemia del coronavirus.

En el juicio se acusó al senador de haber recibido de parte de la empresa Corpesca la suma de 260 millones de pesos, en cifras de dos y cinco millones mensuales pagadas durante seis años, en un período en que también se debatía en el Senado la ley que especificaría las cuotas que les corresponderían a cada empresa durante los próximos 15 años. La llamada Ley de Pesca.

El senador llegó a conseguir que 20 personas entregaran boletas o que lo ayudaran a recolectarlas para que Corpesca pudiera pasarle esos fondos. Y cuando la empresa del Grupo Angelini decidió cortarlos en 2013, porque la pesquera ya estaba siendo investigada por soborno a raíz de recursos que había transferido a la exdiputada UDI Marta Isasi, el senador encontró una manera para suplir esos aportes, cometiendo otro delito: el de fraude al Fisco. Le subió el sueldo a su secretaria, Blenda Huus –dinero pagado por el Estado, a través de asignaciones parlamentarias–, e hizo que ella le devolviera la misma cantidad del aumento para destinarla a gastos personales y pagar créditos propios. Un millón 200 mil pesos con los que contó Orpis mensualmente a partir de julio de 2013.

De acuerdo con la acusación de la Fiscalía, Huus tenía la misión de pagar contribuciones y cubrir cheques del colegio Everest, donde estudiaban las hijas del senador. También tenía que pagar cuotas de créditos bancarios, el gas de la casa en Frutillar o la cuenta de la luz de la casa en La Dehesa. Al igual que Huus, otras seis personas simulaban ser asesores directos de Orpis o del comité de senadores UDI, con el único fin de desviar fondos del Senado que iban a cubrir gastos del legislador.

Un mes antes de la cuenta pública de Bachelet, el senador ya estaba distante y temeroso. Más de lo habitual. Los casos Penta, SQM y Caval tenían sumidos a los miembros del Congreso en un susurro inquietante. Las tardes en la sede legislativa de Valparaíso empezaron a llenarse de reuniones en las oficinas de los pisos altos del edificio amarillo, con el objetivo de abordar la inédita crisis sobre financiamiento irregular de la política. Incluso algunos intocables empezaron a ser alcanzados por la justicia. En su desesperación, altos dirigentes de partidos salían a contradecir los datos en desmentidos que después se los llevaba el viento. El más enérgico y performático fue el senador UDI Jovino Novoa –uno de los primeros políticos acusados de delitos tributarios–, quien en octubre de 2014, tras una jornada repleta de gestos solidarios de parte de su partido, y cuidando el sentido de cada una de sus palabras, salió a leer un comunicado para desmentir al medio que destapó su caso ese día: “La publicación de Ciper Chile que se refiere a mi persona es absolutamente falsa”.

En esa época, Jovino Novoa era uno de los políticos de mayor influencia en su partido. Su arremetida contra el medio Ciper, que incluía el anuncio de una querella en su contra, la hizo a nombre de toda la bancada, como adelantándose a lo que vendría ese año: “No existe ni ha existido un sistema de financiamiento ilegal para la UDI. Yo jamás he participado de ningún financiamiento que no esté de acuerdo a la ley y jamás he actuado en forma ilegal en mi vida”. Las frases las dijo asomándose al patio de la sede de su colectividad, ubicada en Providencia, que por la envergadura de lo que estaba pasando se llenó de periodistas y fotógrafos, quienes debían mantenerse en el patio y no en la sala de prensa. Había vergüenza: el logo de la UDI que figuraba en el tiro de cámara no debía aparecer en un caso como este.

Lo que estaba pasando era una especie de aplanadora política. Y Orpis se estaba preparando psicológicamente, porque tenía claro que, tarde o temprano, el rodillo lo agarraría también a él.

***

Una vez conocido el escándalo de su caso, al reunirse por primera vez en su casa con compañeros de colegio, Jaime Orpis se veía notoriamente avergonzado, descompuesto. El caso llevaba meses en la prensa y él estaba sumergido en un sospechoso silencio. Por unos instantes, su única palabra hacia ellos fue “perdón”.

Sus excompañeros, los amigos más fieles de Orpis, han preferido resguardar su identidad para este perfil. Uno de ellos habla “del Orpis de antes”, uno que “era una persona expresiva, muy alegre”. Lo contrapone con la persona que es hoy, que a veces, sin vacilar, en el patio de su casa, sentado, rodeado de árboles y en un lugar donde hay poco ruido exterior, dice, sin amagos, y sin algo que pudiera anticipar sus tétricas palabras, que se quiere morir.

Sus excompañeros de colegio y universidad son quienes lo han blindado en la estrategia comunicacional y en lo económico, desde que el exsenador les habló del lío en el que estaba metido esa tarde en su casa.

“Deja de pedir perdón”, le dijo uno de los presentes. Esa cita era una especie de charla sobre la estrategia de su defensa, pero también un mea culpa que desembocó en un espaldarazo y contención a un hombre que en la UDI –partido al que renunció en 2016– y en la sociedad, tal como dice él, ya está condenado. Ese día, cuenta uno de los presentes, “él les quiso aclarar el caso a todos sus compañeros que lo estamos defendiendo; hicimos una vaca por él, buscamos abogados para la defensa; y también juntamos plata para poder ayudarlo incluso con su imagen física”, cuenta uno de los asistentes. La ayuda económica de los amigos, sin embargo, no fue tan beneficiosa para la defensa del senador, según la fiscal del caso, Ximena Chong. Una parte de ese dinero se destinó para que Orpis repusiera los fondos que había extraído irregularmente del Senado. La idea era que ese hecho sirviera como atenuante para rebajar su pena. Pero Chong fue implacable a la hora de pedir cárcel. A su juicio, como el dinero no significó para el senador un desprendimiento personal de recursos, la devolución no cumplía el propósito de reponer su falta ni de traslucir el arrepentimiento de su delito.

La apariencia enfermiza y descuidada de Orpis ha generado comentarios bajo cuerda en el ambiente político. Uno de los rumores que rondan es que se habría asesorado con un nutricionista para lograr los 20 kilos menos que exhibió en la audiencia de formalización en su contra, en mayo de 2016, de modo de victimizarse. En su entorno admiten que hizo dieta y que también se ha empeñado en combatir la imagen de hombre adinerado u ostentoso. “Es que hay que mostrar lo que los medios no muestran”, dice uno de sus compañeros. “Por ejemplo, lo están acusando de que este gallo se compró un yate y te juro que lo que llaman ‘el yate’ es en realidad una lancha vieja que se compró hace 15 años”.

Según otro compañero de colegio, la vida y las juntas de Orpis, desde que cumple arraigo nacional y arresto domiciliario, transcurren en “una casa normal”: una construcción de un piso que queda a minutos de la Clínica Alemana de La Dehesa.

“(Los compañeros) nos juntamos, lo llamamos para levantarle el ánimo”, dice uno de sus amigos. “En la primera junta queríamos decirle que expusiera sus puntos ante todo el país, que no podía seguir sin exponer su verdad. Era básicamente tratar de convencerlo de que tenía que dejar de autoculparse por los errores que había cometido.

Todos hemos cometido errores y todos lo hemos pasado mal por los errores que hemos cometido”. Se lo dijeron sin titubear, ante la mirada impávida de él y su señora. “No puedes vivir toda la vida autoflagelándote por esos errores que cometiste”, le dijo otro de los asistentes, el mismo que declara para este perfil que “la familia materna de él es rica. Son los Bouchon: lo que es la familia Bouchon en viñas es salvaje; Jaime es primo hermano de Luis Mayol Bouchon, el exministro de Agricultura de Sebastián Piñera, gente que tiene muchas tierras. No tienen problemas de 100 millones más o 100 millones menos”. Su intervención continúa con una autopregunta: “¿La casa de Orpis te parece la casa de un millonario o de alguien que ha robado? Es una casa normal: tiene un portón y perritos que ladran. Es una casa normal; sin puertas de roble. Tiene unos autos del año 2010. Y para vestirse, él es sobrio, no lo ves con zapatos de 200 lucas”.

En el anuario del colegio, sus compañeros escribieron una recomendación que parece que Orpis terminó por tomar en cuenta más tarde: “Regalo útil: una gota de irresponsabilidad”.

***

No solo sus compañeros de colegio: algunos de universidad, y unos pocos del mundo político, han sido el colchón sobre el que ha caído Jaime Orpis desde 2015, tiempo en el que ha pasado de ser imputado a estar preso en la cárcel Capitán Yáber, y a ser el pato de la boda de las causas políticas. La calle Pedro Montt, donde se encuentra el recinto en el que estuvo durante 40 días de 2016, pasó a estar día a día atestada de periodistas. La situación generaba incomodidad en su familia. Por lo mismo, decidieron hacer una lista única de personas que pudiesen visitarlo.

“Intenté visitar a Jaime Orpis en el anexo penitenciario Capitán Yáber. Jaime fue compañero de colegio y estuvimos en el equipo de rugby y quería mostrar mi solidaridad. No concuerdo con sus ideas políticas ni lo he visto en años, pero pienso que no es apropiado que alguien esté en la cárcel mientras no se haya demostrado su culpabilidad”, escribió en su blog ese año Ronald Fischer.

La entrada y salida era una odisea. Y en la familia, por más que intentaban mantenerse herméticos, la situación, a ratos, se les tornaba insoportable y terminaban agobiados, hablando a sollozos frente a las cámaras. El 17 de junio de 2016 fue uno de esos días. Su hijo Santiago Orpis, al salir del anexo Capitán Yáber, dijo a los medios que su padre estaba tranquilo y por primera vez se aventuró a hablar sobre el caso: “Está con todo el ánimo para decretar su inocencia, estamos generando lo necesario para revisar la medida cautelar de la Corte Suprema. Es un fallo excesivo (la prisión preventiva), que no se ajusta a una presunción de inocencia. Demuestra un trato desigual a las personas que están siendo investigadas por casos similares”.

Dos días más tarde, poco después de las siete de la mañana, la escena era la misma en Capitán Yáber, pero los protagonistas pasaron a ser todos los hijos de Orpis y su señora. Ana Luisa llegó vestida con un beatle blanco y un blazer verde oscuro y sobrio, con dos de sus hijas a cada lado y sus otros dos hijos atrás, más otros familiares. Intentaban hacer un cerco humano que, evidentemente, de nada servía. Las tres mujeres caminaban tomadas de los brazos, incómodas, temerosas, agobiadas.

Después de esos 40 días de prisión, Orpis imaginó que si su caso llegaba a juicio y era condenado, muy probablemente se enfrentaría a una pena que significaría volver a la cárcel. Tal vez por eso es que cada vez que es consultado sobre sus días al interior de Capitán Yáber, guarda silencio. Es, dice él, parte de su intimidad. También guarda silencio para este perfil, argumentando a través de terceros que esperará hasta el término del juicio antes de hablar sobre el caso judicial.

La Fiscalía pidió 21 años de cárcel para él. Diez de ellos son por un solo delito: fraude al Fisco, acusación que él nunca ha negado. Orpis, desde un inicio, vio en los fiscales un afán por llevarlo a la cárcel que no iba a revertir ni colaborando con la justicia. Y en parte tenía razón, porque el Ministerio Público nunca estuvo en la vereda de los acuerdos con él. Tampoco la UDI se mostró dispuesta a defenderlo o a reparar su imagen. Hernán Larraín, por ejemplo, ya como ministro de Justicia del segundo gobierno de Piñera, pidió que lo eximieran de testificar en el juicio.

El fallecimiento político de Jaime Orpis fue una experiencia solitaria. Un funeral sin deudos ni discursos de despedida, ni siquiera para celebrar su memoria.

*El 2 de diciembre de 2020, tras un juicio de casi dos años, el Tercer Tribunal Oral en lo Penal de Santiago condenó al exsenador Jaime Orpis por fraude al Fisco y cohecho. Decidió, sin embargo, absolverlo de todos los delitos tributarios de los que se le acusaba. Al cierre de esta publicación, aún no había una decisión respecto a la pena que tendría que cumplir.

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