Mediocres y caricaturescos, delirantes y cinematográficos

Diego Leiva Quilabrán

Follow me now and you will not regret
Leaving the life you led before we met.
«N.I.B.», Black Sabbath

En una entrevista del año 2003, previa al estreno de Kill Bill vol.1, y debatiendo sobre la mala influencia que podría significar la exhibición sin filtros de violencia en la gran pantalla, la crítica de cine Jan Wahl hizo una pregunta enjuiciadora a Quentin Tarantino. La reacción de este último, años más tarde, se volvería viral: «Why the need for so much gruesome, graphic violence?» [«¿Por qué la necesidad de tanta violencia gráfica y espantosa?»], había inquirido Wahl. Tarantino, sarcástica y maliciosamente, levantó la voz y gritó: «Because it’s so much fun, Jan!» [«¡Porque es muy divertido, Jan!»] Un par de intervenciones interrumpidas de lado y lado después, el director continuó: «I’m having a great time, making a terrific movie that people are having fun seeing. Maybe not you, but you know what Jane? I don’t think I made it for you» [«Lo estoy pasando genial haciendo una película increíble que la gente se divierte viendo. Quizá tú no, pero ¿sabes qué, Jan? No creo que la haya hecho para ti»].

El último pogo de Rita Maldita¸ la última novela de Daniel Hidalgo (Planeta, 2021) puede entenderse desde ese aire de familia que le brinda la violencia física, sexual y verbal, explícitas y gratuitas. Un viaje desenfrenado de una banda y dos amigas al Horror Zombie Fest de Combarbalá se convierte poco a poco en un desorden de tipo sobrenatural, más allá del plano de la realidad. Dicho festival 

«[s]e trataba más bien de un grupo de amigos, seguidores entusiastas, bandas emergentes, la mayoría bien clichés y mediocres, pero con aires de divos, productores chantas, sellos discográficos pobres y artistas de otras áreas, similares en vulgaridad, que compartían fines éticos y hepáticos. […] tres días que en un principio eran solo de música psychobilly, pero que pronto fue abriéndose a otros estilos como el rockabilly clásico, el garage rock, el horror punk, el splatterpunk y el surf rock, siempre dentro del espectro caricaturesco, si se quiere, pero convencido» (28).

Una realidad mediocre, recurriendo a lo que sea para levantar un vuelo inexistente: la música, las drogas, atontadoras y psicoactivas, los perfiles virtuales en redes sociales o como camgirl,  todo sirve para armar una vida y una personalidad a partir de fracasos, frustraciones, cachureos, escombros y pequeñas liberaciones. Como una micro que frena en seco y en su interior los pasajeros de pie palmotean y se afirman de lo que pueden, desesperados. Caricaturescos y, vaya que sí, estereotípicos, todos los personajes sirven como motor para empujar la representación más allá de la verosimilitud, como en el más juguetón de los Pulp, más interesados en exhibir y sobreexplotar la violencia en la imagen y su construcción de efectos especiales que en preocuparse de lo posible.

La novela avanza en una espiral de delirio, en múltiples temporalidades e inmersa en un mundo real que se desfigura y se desrealiza por deseos, depravaciones y alucinaciones. Un culto psicotrópico que ronda por las regiones del país amenaza desde los márgenes y desde el pasado el mundo conocido. Cuando se suma a la acción, entre referencias mesiánicas y demoníacas, el mundo se termina de enturbiar y corre aun más rápido por escenas y escenarios de maqueta y clichés. Así, consigue la mezcla alquímica y deschavetada entre un imaginario hollywoodense de bajo presupuesto y nuestro horroroso Chile. ¿Puede ser más horroroso?, me preguntaría, considerando las no tan veladas referencias de la obra a Colonia Dignidad.«¡Sexo, alcohol, drogas, sangre y rock’n roll!» grita la obra de Hidalgo (because it’s so much fuckin’ fun!, agregaría, con esa familiaridad de quien conoció el inglés al alero de la cultura de masas, del cine y de los videojuegos). En El último pogo de Rita Maldita, Hidalgo consigue con escándalo expresar su repulsión, por un lado, a la sensiblería narrativa y, por otro, a los asépticos de la literatura. La novela es un monumento una cultura clase B, al cine gore de poco presupuesto, y también a una cultura que, aunque en un principio gozó del nicho underground, hoy ha entrado, sin empacho, fagocitada y estereotipada en el ritmo abrumador de la mercancía. Tal y como él ha conseguido afirmar su proyecto narrativo desde hace unos años: «¡No creo que lo haya hecho para ti!», dice, asomándose bajo un sello de Parental Advisory. Explicit content.

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