Reflexiones sobre El segundo sexo de Simone de Beauvoir

Viviana Saavedra Arévalo

Desde que terminé de leer El segundo sexo (1949), quise escribir mis reflexiones al respecto. Como ensayo, creo que es un libro indispensable que leí un poco tarde (tengo 26). Publicado hace más de cincuenta años atrás, parece que muchas cosas han cambiado para la mujer. Desde 1949 se podría decir que la situación es mejor, y es fácil caer en esta mirada optimista y decir: «sí estamos mejor ahora». Al menos desde mi punto de vista, mucho de las tesis de Beauvoir, quizá con otro tono, siguen siendo actuales, y su hipótesis de que la mujer se hace y no se nace, sigue aplicando, especialmente en nuestra sociedad capitalista-patriarcal. Quizá los roles femeninos hayan cambiado, quizá la mujer tenga más posibilidades para salirse de esos roles y poder, desde su valor como sujeto, vivir como le plazca, sin seguir aquellos roles aplicados a su categoría, y así quitarse ese valor de ‘Otro’. Esto, al menos desde un análisis bastante eurocentrista e ignorando otros sistemas de opresiones, especialmente de clase. 

Tras leer algunas de sus tesis y entender sus argumentos, tuve muchos momentos casi epifánicos (disculpen la exageración, pero así los sentía). Uno de aquellos fue al principio del primer volumen, cuando Beauvoir se adentra en el psicoanálisis, revisitando sus argumentos y señalando su profunda ignorancia (en este caso, acto de ignorar) en cuanto al campo de la mujer. Recuerdo en mi clase de psicología en tercero medio, cuando, entre las risas de mis compañeros, el profe explicaba el complejo de Edipo, de Electra, y el complejo de castración. Esta idea de que la niña, en algún punto de su infancia, se da cuenta de que no tiene genitales masculinos y los envidia, porque quiere la misma anatomía que el hombre. Me molestaba pensar que sí, que puede ser cierto; pero qué molestó, por qué. Lo que me faltó fue la explicación detrás; sin un análisis del porqué, nos cuentan que la niña envidia algo que quizá no ha visto, o que incluso le causaría asco. Y en cuanto a esto Beauvoir nos dice que la niña, la mujer, envidia el pene, sí, pero de manera metafórica: no es el miembro lo que desea, sino los privilegios sociales que conlleva tenerlo.

Nacida en 1995, fui criada en un hogar fuertemente patriarcal, donde mi padre y madre tenían roles bien definidos, y ninguno se adentraba a la esfera del otro. Mi padre era el patriarca de la casa, trabajaba, intentaba satisfacer nuestras necesidades económicas, y miraba televisión. Mi madre, dueña de casa, cocinaba porque tenía que hacerlo (no lo disfrutaba), y se preocupaba de nuestra educación. Yo era la hija del medio, entre dos hermanos varones. Estos hechos marcaron fuertemente mi formación y mi relación con la feminidad. Cuando somos pequeños, sin la influencia de un entorno, no diferenciamos entre un niño y una niña. No es sino mediante nuestra formación, en primera instancia por nuestros padres, que se crea una diferencia, y en mi caso, la diferencia fue la del ser particular, ser lo ‘Otro’, porque mis hermanos y yo, no, no éramos iguales. Muy tempranamente, mediante mis padres, me di cuenta que no podía hacer todo lo que mis hermanos podían; cuando ellos miraban televisión, mi papá me mandaba a ayudar a mi mamá a poner la mesa; cuando jugábamos a las luchas, mi papá me decía que así no se comporta una señorita. Toda mi educación, desde temprano, tenía como principal enfoque el hecho de ser mujer, por ende, tenía que ser educada como tal (recuerdo vívidamente comentarios de mi papá motivándome a aprender a cocinar porque, sino, qué iba a comer mi futuro esposo). Me rebelé ante esto, y mi manera de rebelarme fue rechazando por completo mi feminidad. 

Por años me vestí de forma masculina, jugué «juegos de niños», rechacé, de forma injusta, cualquier actividad que viera que mi madre tuviera que hacer por obligación: no quise aprender a coser cuando me quiso enseñar, ni a cocinar, ni a limpiar, no quería asociarme con ninguna cualidad que mi entorno definiera como femenina, no quería tomar aquel rol que habían creado para mi, sólo por ser mujer; simplemente quería ser valorada igualmente que mis hermanos. Sin embargo, seguía siendo mujer. Me vistiera como me vistiera, jugara a los juegos que jugara, nada quitaría el hecho de que era mujer. Y a mis tiernos doce años, caminando sola por la calle, los gritos de un hombre mayor, tras dos bocinazos y palabras que decidí olvidar, me hicieron ver que mi feminidad seguía ahí, la rechazara o no. 

Desde ese momento, mi feminidad dejó de ser un juego de roles, y de a poco comencé a darme cuenta de todo lo que conllevaba en términos sociales. Esta vulnerabilidad, el hecho de que mi cuerpo ya no me dejara esconder mi feminidad, me transformó en una adolescente dolorosamente tímida. Los gritos en la calle me quitaron las palabras. Dejé de vestirme como hombre porque ya no tenía sentido. Así comenzaron en mí muchos complejos, explicados y analizados minuciosamente por Beauvoir, como el pudor hacia mi propio cuerpo, y mi timidez exagerada. Es por esto que, tras haber leído ni siquiera un tercio del libro, deseé haberlo leído antes, quizá a mis quince o dieciséis años; hubiese sido una voz que hubiese querido escuchar. Que necesitaba escuchar. 

Pero lo leí hoy, y me pregunto qué hubiese pasado, cómo me habría afectado haberlo leído cuando creo que hubiera sido ideal. Desde una perspectiva bastante optimista, haber leído este libro más joven, me habría enseñado que el rol de la mujer en la sociedad, aquel rol que tanto rechazaba, no era más que un constructo social, específico en nuestra sociedad y cultura, por ende, no era natural. Ninguna cualidad a la que se le llama femenina es natural de la hembra humana (el instinto maternal no existe), todo es construido, mediante nuestra formación, nuestro entorno, convenciones sociales, etc. Y esta revelación a esa edad, me habría ayudado a imaginar otro mundo posible, porque si no es natural, entonces las posibilidades para mí, como sujeto, se abren fuera de ese rol. 

Sin embargo, tomando quizás un tinte más pesimista, me habría demostrado que aquel libro, cincuenta años después, describía la misma situación que estaba experimentando yo, que estaba viendo con mis propios ojos. Mi madre seguía siendo víctima de un sistema que perpetuaba la condición material de la mujer, condición que imposibilita su liberación; que a pesar de haber visto una segunda, y casi tercera ola del movimiento feminista en el mundo occidental, la lógica que oprimía a la mujer seguía siendo la misma. Quizá hubiese entendido mejor aquella lucha, pero me hubiese demostrado que seguíamos luchando contra lo mismo, que las soluciones dadas hasta ahora eran soluciones creadas dentro del mismo sistema que oprime a la mujer, y que por eso, aquel libro que describe la situación de la mujer francesa en los años cuarenta, describe también la situación de una mujer en el Chile de los años noventa. Quizá me habría hecho entender que no había habido un progreso real, porque el progreso no existe si no se lucha contra el sistema que perpetúa esta condición, y que por eso las muchas soluciones resultantes de los grandes movimientos feministas han beneficiado sólo, a lo mejor, a una pequeña sección de mujeres de clase media, pero que aún existe una gran masa de mujeres oprimidas y explotadas, y muy lejos de la liberación. Anuradha Ghandy dice: «la lucha por la liberación de las mujeres no puede ser exitosa si se encuentra separada de la lucha para derrocar el propio sistema imperialista»*.

 * Traducción propia del inglés, del libro Philosophical Trends in the Feminist Movement (2016) por Anuradha Ghandy.


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