Reflexiones sobre lo material: Marta Brunet y la posesión

Galia Luque Milla

En cierto imaginario paralelo, la presencia que deseo dejar es la de una mujer desprendida y como el agua, fluida. Idílica, ligera y distante a cosas que «contaminan» la naturalidad del ser. La acuarela que pinta la fantasía propia comparte colores con nuestros pares, pareciera ser el sueño compartido de una juventud nacida con la necesidad imperante de tener cosas que llenen los espacios vacíos. El problema es el gusto por poseer y convertir en propio lo externo; todo, de alguna forma, se transforma en una carga imposible de soltar. La mirada falla por la necesidad agonizante de sentir y amar, difuminando y distorsionando lo que nos rodea; a veces, el valor de los artefactos que suenan como algo exquisito, se hinchan y explotan de valor emocional. 

Es fácil y satisface, el placer certero que conlleva poseer ciertos artefactos, pequeñeces donde se puede entregar energía y cariño. Ciertos lugares y dormitorios siempre se llenan de pequeños altares, chucherías de plena devoción. El amor a ese objeto en particular se puede volver una especie de religión, algo que venerar: el candelabro opaco, el marco de fotos que cuida algún muerto, el cenicero verde. Imagino que la lámpara que al frotarla cumple deseos se evapora en pequeños fragmentos de la cotidianidad; pero en vez de deseos, es solo una sensación de confort que se repite en espiral. Marta Brunet y su Soledad de la sangre, el tercer cuento escogido por la editorial Penguin Random House, a sello Alfaguara (2020), tuerce un sentimiento de posesión y ternura desde la nostalgia y el dolor de no querer soltar eso que nos aferra a una realidad poco placentera. 

Brunet nos abre la puerta de una casa con detalles que resaltan por sobre los demás, un lugar solitario que engaña fingiendo que es un hogar: en la mesa, los naipes, y en los costados los hombres; por detrás, la buena mujer, dueña y patrona de la casa. El espacio que utilizan se hace indescriptible, podría ser una casona enorme como solo una pieza iluminada por una lámpara. La autora, entre líneas, deja en claro que, en este mundo, las cosas que marcan el cambio de una casa a un hogar son los materiales, los artefactos que adornan los espacios. 

El realismo condescendiente, y casi como una gracia, la labor de sus manos le entrega una falsa independencia económica, el siempre presenten dedo masculino marcando que es lo que se necesita y que no. La recompensa de ser prolija y hacendosa es un fonógrafo, el permiso de comprar algo que la entretenga entre los quehaceres. 

Una mujer llena de jerarquías emocionales tapadas con el rostro intacto de la mentira encuentra en su altar desamable que funciona para ahuyentar la agonía del presente. La música moldea los espacios que no le corresponden hasta transformarlos en una parroquia donde podrá meditar sin ojos incógnitos que arruinen el trance perfecto. La tranquilidad de la cocina la acompañará a divagar en historias o finalizar las que quedaron inconclusas; el velo está abajo, la música arranca y la nostalgia le zigzaguea por dentro. El aparato la intercede, quiebra la planitud, es un secreto hacia el regocijo. Todo funciona como un reloj para que nadie pueda interrumpir el momento místico donde abre un cajón donde una fonolita la espera ansiosa.

Las primeras miradas podrían reducirlo todo a un deseo casi infantil, un capricho. Desde la racionalidad adultocentrista bañada de moral, es grotesco dejar que la felicidad dependa de algo tan efímero como lo material, mientras los valores morales se dividen y teorizan, la belleza de la narración de Brunet se sustenta de la fragilidad de un cuerpo solitario y atemporal. Hay un deseo tan profundo de sobrevivir, de dejar que la sangre siga latiendo y que el sol siga quemando la piel, que agobia la casa de tensión transparente hasta que la música se amontona en las paredes y la invita a dejar atrás la piel. La fonola une las piezas de su propia corporalidad, de su pulcritud de esposa; el secreto la compone en una sola pieza blindada, donde no se puede ver la masa densa que es el hilo de sus pensamientos.

El secretismo y el paseo surrealista hacen de este relato un vaivén entre sentimientos que no tienen un norte asegurado, temerosos, pero que se van tornando cada vez más sombríos y violentos; tanto así que no pueden controlar la explosión espontánea del dolor.

En los momentos más desesperados, cualquier respiro que llene unos pulmones infectados de agonías será válido. Brunet entiende la simpleza de los actos comunes y corrientes, y los presenta como un mundo donde el ritmo es lento y pausado asimilando la respiración ansiosa de su protagonista. 

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