El Diablo También

Martín Sepúlveda

Hace muchos años que no hablaba con su padre. Le gustaba decirse que era porque se había vuelto demasiado doloroso verlo de esa manera, o que su búsqueda se interponía. Pero en realidad simplemente ya no lo soportaba. La lástima, los discursos, el sentimiento de superioridad que se le escapaba por los poros cada vez que hablaba de haber perdido a su hijo. 

Al principio Esteban le replicaba todas las veces. “Yo perdí a mi hermano, estamos juntos en esto, viejo”. Pero no, él había perdido un hijo y nadie podía sentir más pena, la oscuridad que sentía no podía ser superada por nadie, y eso lo elevaba por sobre el resto. La superioridad del luto. 

Su madre había muerto poco tiempo después de que encontraran el cuerpo. Fue un cáncer, pero todos decían que había sido la pena que había crecido como un tumor hasta consumirla por completo. Una página web había subido fotos de Lucas, con las manos amarradas y los dedos cortados, un globo ocular colgando a medio aplastar. Ella imprimió la foto, la miraba todos los días. Otro tipo de enfermedad. Esteban nunca supo cuál fue realmente la que se la llevó. 

Su padre se había recluido hace años en su casa en la costa. Quería leer y mirar el mar hasta su último aliento, sin recordar nada de lo que había sucedido en los últimos años, olvidando el hijo que le quedaba ahí afuera. Pero siempre supieron que un día Esteban tocaría esa puerta y se lo contaría. 

Le costó reconocerlo. Habían pasado solo un par de años, pero él había envejecido una eternidad. Podría jurar que sus ojos habían cambiado de color, pero no a ese celeste de la ceguera senil. Eran oscuros y llenos de algo que no era sabiduría. Pero Esteban también había cambiado, aunque de otras maneras. 

La casa no era nada como la recordaba. Los cuadros de las paredes habían sido reemplazados por cortezas y ramas de distintos árboles. El aroma le acordó a los tés de hierbas que su madre le preparaba a Lucas cuando tenía sus jaquecas de domingo. Supuso que a su padre también le recordaba a eso, y le ayudaba con la jaqueca eterna que ambos sufrían. 

Los libros que ahora tenía sobre el mesón eran diferentes a los de antes. El padre de Esteban siempre había hecho gala de su conocimiento de filosofía, ostentando una biblioteca hecha para impresionar. Pero los títulos sucios y manoseados que habían en la encimera dejaban mucho que desear, a ojos de Esteban. 

Hacia el final, su madre se había vuelto un poco más esotérica que de costumbre, pero nunca pensó que su padre caería en ese mismo pozo sin fondo. Una sola mirada bastó para entenderlo: todo le había fallado, y esto era lo único que le quedaba. En ese momento se hizo el pacto tácito de que no lo mencionarían. 

Su padre tomó distintas hierbas que colgaban en las paredes de madera, y preparó una infusión. “No hay trago para echarle” le dijo mientras se la entregaba en una taza enlozada que Esteban reconoció de su infancia. Le dijo que daba lo mismo, que ya no tomaba. Se dieron una de esas sonrisas nostálgicas que se entregan los abstemios novatos. 

A pesar de la barba totalmente blanca, el cabello de su padre seguía siendo esa misma melena larga y negra, sin una sola cana a la vista. Antes tenía un aspecto hippie, con una sonrisa amorosa. Ahora Esteban lo miraba con cautela, le costaba encontrar al hombre que había detrás de esa especie de bestia que respiraba de forma pesada y arrítmica. 

– ¿Dónde está? 

– Cerca

– ¿Quién es?

– Nadie. Ninguna conexión. 

Su padre levantó la vista. Todos estos años había cargado con la culpa. Todas las noches repasaba una lista de nombres y rostros en su mente. Muchos de ellos tenían razones para querer dañarlo. Pero nunca podía pensar en alguien que le quisiera provocar un mal como ese. Y tenía razón, finalmente no había nadie que conociera que pudiera haber hecho algo semejante. Los ojos se le empaparon. Esteban le tomó la mano y lloró con él.

– ¿Estás seguro? –Esteban asintió entre lágrimas– Tienes que estar seguro, hijo. Yo ya me equivoqué una vez, pensé que lo tenía y…

– Eso es entre tú y dios, viejo. 

– Y el diablo también


Martín Sepúlveda B. (Santiago, 1993) es escritor, guionista y profesor. Fundador y editor de las microeditoriales Fanzinombre y Marmota Ediciones. Participó en la antología digital “Santiago en el ojo” de Santiago Ander. Este es su primer volúmen de cuentos.

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