Notas sobre La muerte viene estilando de Andrés Montero

dANTE rIQUELME mORENO

1. Es imposible no partir cualquier escrito sobre Andrés Montero y su producción literaria sin hacer mención a su proyecto. Ya sea en esa gran casa de talleres, cuentacuentos y editorial que es Casa Contada, desarrollado conjuntamente con Nicole Castillo, ya sea en sus libros publicados, encontramos en Andrés Montero un ánimo de exploración narrativa que resulta atípico en el presente. Me parece que su producción literaria no es únicamente, como podría pensarse, un viaje hacia el pasado (siquiera insinuarlo es una idea que podría llevarnos a un reduccionismo fatal), sino que también es la búsqueda de raíces literarias y, asimismo, la evaluación sobre la vigencia y valor que distintas formas narrativas tienen al día de hoy. En resumen, lo que quiero decir es que los libros de Andrés Montero se insertan en un problema que ha sido pensado, y que se acerca, me parece, a la vinculación de la literatura con su propia tradición, tanto oral como escrita, en tiempo donde prima el intento de llegar a la novedad, donde se borra (o se ignora) la genealogía.

La primera tentativa resulta evidente: las figuras de Marta Brunet y Juan Rulfo acompañan la lectura desde los propios epígrafes. Hay un ánimo de dar cuenta de experiencias del mundo rural para desentrañar sus prácticas y pensamientos, pasados por un filtro de elementos que, con mucha duda, catalogaría como sobrenaturales, casos inexplicables bajo el cuadro de verosimilitud del lector, pero que parecieran mostrarse como plausibles a pesar de lo extraño que puedan sonar para los personajes. Pero la reflexión no queda solo en el contenido: la articulación de las narraciones y las reflexiones sobre el relato y el despertar del conocimiento que otorgan, por ejemplo, el fuego y la muerte, dan cuenta de la integración a discusiones teóricas más especializadas, donde se muestran unas muy provechosas lecturas de filósofos canónicos que piensan la cuestión del relato y la experiencia, como lo son Giorgio Agamben y Walter Benjamin. Hay lecturas rastreables que quedan a la vista, que están ahí, a la espera de que un lector o lectora les atribuya un sentido.

2. Pero repasemos lo formal. La muerte viene estilando es un libro que pone en conjunto seis cuentos (no tengo duda de que son cuentos) donde las historias y los personajes se mueven en un mundo acotado. Las historias y las palabras se entrecruzan, y los personajes mencionados en un cuento pueden ser la voz narrativa del siguiente. Esta no es una forma nueva; seguramente deben existir muchos ejemplos de distintos lugares y períodos de tiempo, pero es la misma lógica que opera en el libro Lo insondable de Federico Zurita. A falta de nombre, los llamaría libros carrusel, donde las historias narradas se articulan alrededor de un centro. En el caso de La muerte viene estilando, ese centro está en un ignoto pueblo al sur de Chile y la familia Elizalde, los dueños del fundo Las Nalcas. Es en torno a este eje que las seis historias se entraman, a veces centrándose en la maldición que pareciera fluir por la sangre de los Elizalde, a veces mostrando las historias que rodean su peonaje u otras familias que se acercan a ellos. Trágica, estoica o reflexivamente, cada una de estas historias está tocada por el tema de la muerte, y será el hilo conductor de este volumen de cuentos. Este último punto se entrelaza fuertemente con la diversidad de voces narrativas. Algunos narrados en tercera persona, otros en primera, los cuentos de La muerte viene estilando ofrecen miradas distintas y complejas respecto a un tema que ha estado tan en boga desde el inicio de la pandemia; así, el punto más alto quizá de todo el libro será, justamente, las respuestas de una madre analfabeta a las incomodidades de un hijo en torno a la muerte de su padre. 

3. Pero, ¿por qué me gustó tanto este último libro de Andrés Montero? Ciertamente la temática y la estructura que articula los cuentos es un gran punto a favor. Sin embargo, hay otro eje que no puede dejar de nombrarse: los elementos que construyen y le dan verosimilitud al mundo narrado. 

En estos cuentos hay dos elementos que claves tratados con una inteligencia y delicadeza tremenda. Por una parte está la constatación de códigos comunitarios. ¿Qué hace que los personajes actúen de la forma en que lo hacen? Ese es un misterio que intriga incluso a los mismos personajes. Ad portas de un duelo a muerte, por ejemplo, dos forajidos se acompañan en un largo y dificultoso camino entre rocas y marejadas para poder llevar a cabo sus respectivos disparos donde nadie los vea. «¿Qué le impedía a ese hombre perdido dispararle ahí mismo?», es una pregunta que le ronda a cada uno de los duelistas mientras se toman de las manos, fatigados y ahogados, para soportar las olas que les revientan. Y claro, el resultado es un mundo (y agregaría, con ello, una masculinidad) generalmente controlado más por las convencionales reglas del honor antes que las de la sobrevivencia o el poder. 

Por otro lado, hay un gran esfuerzo en la construcción de un lenguaje común, un lenguaje donde prima la cordialidad. Todos los personajes con la excepción de Juan de Dios Elizalde, el heredero más cruento del fundo Las Nalcas, odiado pero respetado por gran parte del mundo representado en los cuentos, se tratan con una cordialidad que resulta natural dentro de la narración y dislocante para quien lee. Tanto la madre al hijo y el hijo a la madre, pasando por los jugadores de truco entre sí, como los forajidos antes del duelo, se tratan de usted cuando se dirigen la palabra de manera directa. Es, me parece, un elemente tan curioso como valioso. Es la construcción de las relaciones desde el habla misma. Ahí, bajo los códigos del respeto, pareciera representarse también un reconocimiento como un igual y una cortesía de clase; o, a lo menos, un modo que exprese la voluntad de afiatar ese vínculo entre personajes golpeados por las circunstancias de la vida. 

4. El recién pasado 18 de abril Andrés Montero declararía, en una entrevista publicada en el suplemento Artes y Letras, que lo que siente «por el mundo rural no es nostalgia: es la fascinación que tuvo Violeta Parra». Quisiera cometer un atrevimiento en este texto y decir que esos sentimientos, nostalgia y fascinación, no son necesariamente contradictorios. En este libro de cuentos me parece que efectivamente aflora una nostalgia: la nostalgia por la comunidad. Diría que estas ficciones añoran las palabras, los códigos, las prácticas comunes que son imposibles de hallar en la ciudad; añora también la indeterminación de la ficción de aquellos lugares donde las historias circulan y los versos utilizados en el truco crecen como maleza pero sin tener origen claro. Y sí, quizás Andrés Montero no explora estos mundos por nostalgia, pero me parece que la narración si la articula porque, tal como lo dejan ver los jóvenes de los cuentos que abandonan la pesca de red para atrapar trabajadores a los que les venden pólizas de seguro, esos pueblos y sus historias van en camino a su desaparición; y con ellos se van quizás, ojalá que no, las últimas posibilidades de conformar una comunidad.


Mi nombre es Dante Riquelme Moreno, nací en mayo del 96’, y soy licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de Chile. Me interesa la literatura realista, las discusiones sobre las estéticas, la noción de canon y la crítica literaria. El 2021 entraré al Magister en Literatura de la Universidad de Chile.

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