Y en las entrañas del monstruo, los defectuosos

Diego Leiva Quilabrán

Vivimos revolca’os en un merengue
y en el mismo lodo, todos manosea’os.

«Cambalache», Enrique Santos Discépolo

Roberto Arlt es de esos escritores sobre los que poco se puede agregar a lo ya dicho y, por lo tanto, hacen que un escrito como este sea una raya en el agua, una aguja en un pajar, un grano de arena en una duna. Pero también es uno de esos escritores que, curiosamente, dejan con una palabra mordisqueada en la boca y a medio escupir, una reacción carcomida, al intentar mirar su obra: todoterreno, ingente y que pisó un mundo conocido que se transformaba a una velocidad increíble, como lo fue la Argentina de entreguerras. Una verdadera Babel de zanahorias y atorrantes, juntos y revueltos.

Roberto Bolaño, en «Derivas de la pesada», definió a Arlt como un autor rápido, arriesgado, moldeable, un sobreviviente nato, pero también como un autodidacta, que aprendió entre el desorden, el caos y la precariedad. Beatriz Sarlo lo vinculó a una «imaginación técnica», a unos «saberes del pobre» que van supliendo los vacíos que dejó una infancia temprana en los límites de la cultura oficial y la educación formal. Martín Kohan –en el prólogo de la última edición de los Cuentos completos– calificó su estilo como una retórica de la infelicidad y la desesperación, como una voz febril de los que se hunden y saben que se hunden en el tedio y la angustia, de los habitantes «defectuosos» de una ciudad desbordada. A esas conclusiones, Antonio Díaz Oliva, prologuista del libro que hoy es mi gusto y deber reseñar, suma la suya: Arlt es alguien que escribe sobre el sistema económico-social del cual las grandes ciudades son a la vez promesa y espejismo. Esas sociedades en cambio radical se sentían al borde del abismo cuando él escribía para los periódicos. A nuestra manera, también, al borde del abismo vivimos esta década, casi cien años después. Por último, agrego yo, Arlt fue alguien que escribió desde las entrañas de un monstruo, Jonás dentro de la ballena.

La voluntad tarada, lo último que trae al público editorial Sonora es un muestreo, como indica Díaz Oliva, para quienes deseen adentrarse en la obra de Arlt. En esta recopilación, se percibe aquello que fue, que es y que puede ser su obra a los ojos de sus nuevos y viejos lectores: primero, fue un obsesionado por su autoconstrucción pública como «advenedizo de la literatura», como se definió una vez; también fue un ojo seducido por las fieras, esos sujetos violentos en los márgenes de la sociedad, portadores explícitos de una potencia destructiva que hasta el más ejemplar ciudadano puede desatar; finalmente, fue un destacado paseante, un flâneur de comienzos del siglo XX que retrató e imaginó, con igual vehemencia, a una sociedad bullente. Estas tres caretas ordenan las tres secciones en que se divide el libro.

En general, el muestreo de textos recopilados en esta edición –notas autobiográficas, cuentos y crónicas sin mayor diferenciación entre sí– es adecuado. Quizá el punto débil sea el excesivo recorte realizado para componer la sección más biográfica del autor –«La voluntad tarada»–. Aunque esta es una visión de quien se niega a aceptar la fragmentariedad contemporánea con el mismo regocijo que otros la abrazan y defienden. Por ejemplo, no se completa una rica imagen de presentación de Arlt: de cuatro anécdotas que presentarían su personalidad «política, criminal, donjuanesca y poética», solo la última es rescatada. Esto, por suerte, no alcanza a desmerecer el resto del trabajo recopilatorio, compuesto por cuentos desquiciantes como «El jorobadito» o «La luna roja», en los que la imagen de mundo se torsiona hasta un siniestro regocijo; o crónicas periodísticas como «El facineroso», «Conversaciones de ladrones», «La vida contemplativa» o «Ventanas iluminadas», reflexiones en que la «fiaca» o el «esgunfiamiento» adquieren un rol protagónico. En el conjunto de textos late una atmósfera espesa, poblada por personalidades explosivas y constreñidas, un imaginario de ciudad industrial que se despliega tanto en el ambiente como en las metáforas sanguinolentas y vehementes que emplea en la construcción de las subjetividades.

Los tres rostros de Arlt que presenta La voluntad tarada son también uno solo. Es una pluma relampagueante en ese luminoso –o maldito, dirán otros–, momento de la historia cultural latinoamericana en que las metrópolis –y con ellas, la ciudad letrada– había estallado en un campo de batalla, ampliándose. Con las nacientes masas populares divididas en públicos, confluían en el virtualmente democrático mercado anarquistas, sectores de izquierda progresista y nostálgicos intelectuales y políticos liberales y conservadores, una generación de hijos de inmigrantes «argentinizados» producto de políticas públicas, nuevos letrados autodidactas formados al alero del folletín y la prensa sensacionalista, las industrias del entretenimiento, la cultura y la información. Todo se subsumía progresivamente en ese ritmo frenético de la mercancía.La voluntad tarada, finaliza con el texto «Soliloquio de un solterón». Allí, una suerte de alter ego autobiográfico del autor sentencia: «como respeto la belleza y detesto la descomposición, me he inscrito en la sociedad de cremaciones para que el día que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas». Piglia habló en su texto «Un cadáver sobre la ciudad» del ataúd de Arlt flotando sobre poleas sobre Buenos Aires. Ambas imágenes, tanto la de la bella desintegración del cuerpo y su rastro volátil, como la de un cuerpo frío y tieso colgando sobre la ciudad que alguna vez narró, son imágenes que bien sirven para describir la obra de Arlt hoy. Como un fantasma de polvo o como un muerto que se alza por sobre los rascacielos desde una posición privilegiada, aunque esta vez en silencio. Y sigue hablando.

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