Promesas incumplidas

Alia Trabucco Zerán

Hay muchas maneras de presentar un libro. Podría empezar, por ejemplo, confesando que conocí a Alejandra Costamagna al año siguiente de que publicó por primera vez Dile que no estoy. 2008. Santiago. Postulo a un taller de escritura para el que ya soy demasiado vieja. Edad límite 20. Yo: 24. Alejandra se ríe, abre la puerta, y me da la bienvenida. 

Podría decir también que leí Dile que no estoy en ese momento, justo después de haber leído dos excelentes novelas suyas: Ciudadano en retiro y En voz baja. Y admitirles, además, que antes de releerlo, hace más o menos dos semanas, abrí esa antigua edición y, jugando un juego conmigo misma o con la Alejandra o tal vez con el protagonista, Lautaro Palma, escribí atrás, en su última hoja, un listado de cinco palabras que asociaba a la novela. Estas fueron las palabras que anoté justo antes de la relectura: Mutismo, Derrota, Bus, Murmullo, Callejón.

Me pregunto si cada libro irá dejando su propia colección de palabras. Si cada novela se hará de una frase aquí y otra allá, para así montar en nuestra imaginación un paisaje propio, único, al cual siempre podamos volver. Trece años después, abro la primera página de Dile que no estoy, en esta nueva edición de Seix Barral. 

La novela transcurre entre Calbuco, en la provincia de la provincia, y un borde de Santiago que no deja de ser también provincia. Inesperadamente, resurgen escenas que creía olvidadas. Revisito ese paisaje gratamente familiar. Pero por qué insisto en usar la palabra paisaje. ¿Los textos esbozan un paisaje? ¿Será el mismo paisaje para todos? Y, de ser así, ¿dónde estaría el horizonte en el paisaje que dibuja esta novela? Pienso en los cuadros del pintor alemán Anselm Kiefer. Sus gruesas y oleosas pinceladas, el horizonte siempre alto, arriba, en el tercio superior del lienzo, donde casi nunca es posible ver el cielo. Ese horizonte que nos hace sentir que estamos al fondo de un pozo y que nos advierte: no, no hay salida. 

El horizonte de Dile que no estoy es igualmente alto, como en los cuadros de Kiefer. Aunque el mar está ahí, al frente de Calbuco, al otro lado de la calle Varas, justo delante de Angelmó, aunque incluso se atraviesa de orilla a orilla en una lancha más de una vez, ese mar nunca es amplio, no devuelve una brisa fresca, no ofrece perspectiva. Y aunque en otras coordenadas está la enorme capital, tampoco allí asoma la cordillera, ni un amplio cielo azul, ni cerros, ni verdes parques, ni grandes avenidas. Apenas unos árboles resecos y angostas calles que recorremos arriba de micros destartaladas. Es como si Lautaro Palma, el protagonista, nos forzara a mirar lo que él ve. Las puntas de sus propios pies. Sus manos frágiles, al fondo de un tiesto con agua tibia antes y después de tocar el piano. Las teclas negras y blancas de ese viejo piano. Un dormitorio algo sucio. Una cama deshecha. Las rayas del pavimento que él se rehúsa a pisar en un obsesivo juego consigo mismo, por si esa pisada abriera las compuertas de todo lo que él teme y que, sin saberlo, ya forma parte de su vida. El plano es cerrado, en esta novela. Estamos con la cabeza gacha, hundidos, demasiado cerca como para ver dónde está la salida. E incluso cuando Lautaro alza la mirada y abre la cortina en el bus, en ese trayecto en línea recta de sur a norte y de norte a sur, el horizonte se le escabulle. Cito: «Hay un momento en que afuera no hay nada… Uno avanza por la carretera y parece que todos se hubieran ido… Para mí es como el patio sin fondo de una casa», le dice Miguel, su padre, aunque es el hijo, Lautaro, el perfecto heredero de esa imagen: no hay nada, todos se han ido. El libro transcurre en los inicios de la interminable transición. Callejón, dice una de mis cinco palabras. Las rayas del pavimento como los barrotes de una insospechada prisión. 

De esa época, de los noventa, hay apenas unas pistas en la novela: el rumor de una noticia en la tele, un decidor rayado en un muro («Pato traidor»), alguna canción, un tenista arrogante y sus molestos triunfos. Pero los noventa, o en rigor, el relato a contrapelo del exitismo de los años noventa, un relato de dientes apretados, con más sombras que luces porque no se encandiló con la tasa de crecimiento, ni con el jaguar, ni con ser ingleses, ni se plegó al frío y blanco iceberg de Expo Sevilla, es el que aparece porfiado en esta notable novela. Unos noventa sin épica, narrados en esa voz baja, sobria y contundente, tan característica de la obra de Alejandra Costamagna, que hace su apuesta una vez más por la gota que horada y horada hasta abrir, finalmente, esa hondísima grieta. 

Una voz que anticipa el desencanto, el desaliento, y que en esta novela nos devuelve el reflejo de lo que esa transición intentó infructuosamente ocultar. Porque sus protagonistas, Lautaro y Miguel, hijo y padre, parecen ser los invitados de piedra a una fiesta ajena y donde, a diferencia de tantos, ellos no estarán dispuestos a cantar el coro de esa canción de Los Prisioneros: «Ven tú a jugar aquí, a que somos un país de verdad, a que lo estamos pasando muy bien, yeah, yeah, yeah, yeah». Lautaro no está dispuesto a bailar a ese ritmo. No hay falsas carcajadas. No hay una pisca de cinismo. Su vida, pero sobre todo, la promesa incumplida que encarna la vida de Lautaro, es puro desengaño y permite ver que la «justicia en la medida de lo posible» que definió tan certeramente a esa época, marcaría también unas vidas en la medida de lo posible, con proyectos medidos y sueños medidos y composiciones que culminarían como la música de fondo de un supermercado.

Pero el paisaje, la época, no es más que un modo posible de presentar esta novela. También podría hablar, qué duda cabe, de esos inolvidables personajes:

Oriana, la madre que decide enmudecer en el preludio de su muerte. 

Miguel, el padre lacónico, que siempre se está yendo. Tan parco. Tan terriblemente normal.

Y Lautaro, del que ya les hablaba, el hijo que quiere decir pero no dice, que quiere ir pero no va, que quiere ser pero no es y que repite, una y otra vez, que no está. Dile que no estoy, dile que no estoy; una manera de desaparecer. Porque no quiere estar ni aquí ni allá, porque está radicalmente desubicado. Cito: «Pero no se le antoja nada», escribe Alejandra Costamagna. «O se le antojan cosas tan vagas que ni siquiera las toma en cuenta». No alcanza ni siquiera a desear, Lautaro, y lo que sí desea, se le escabulle. Un deseo también en la medida de lo posible que es tal vez lo mismo que un no deseo. De allí la melancolóa de este personaje.

Lautaro y Miguel podrían ser dos tiempos de un mismo hombre. El hombre primero joven y desencajado y luego adulto pero igualmente desencajado. Hombres que incumplen el mandato de una masculinidad estruendosa y ganadora, que jamás pertenecen, pero que no alcanzan, porque no tienen el coraje o a lo mejor porque no imaginan ese horizonte, a urdir otra, nueva masculinidad. Dos hombres que son uno y que se diluyen en el tránsito de las carreteras chilenas. Que se emborrachan solo un poco para constatar, en ese mareo, sus propias fronteras diluidas. Para ellos, para padre e hijo, los celos asoman casi como un mandato, como el común lugar donde hijo y padre se pueden reencontrar. Para desear algo en común. Para tener algo en común. Ellos son también pura transición, viaje a través de un paraje en apariencia vacío. Yermo, diría Lautaro cuando desesperadamente busca esa palabra que le falta al crucigrama. Yermo, esas cinco letras que tal vez lo definen a él, el muchacho obsesionado con no reproducirse acaso para no dar luz a otra versión de ese mismo hombre.

Dile que no estoy murmura su propia canción y esa canción es siempre un preludio. Notas de un piano que promete continuar con la melodía de su abuela pianista, pero que luego se cierra para siempre. Sin piano pero becado en el Conservatorio, Lautaro necesita un instrumento. Entonces aparece un personaje secundario pero central en este libro. Un muchacho como él, pero que a diferencia de él, sí conoce las reglas de juego, sí pertenece a los años noventa, sí lo está pasando muy bien y por eso le vende en usureras cuotas un órgano importado que Lautaro pagará porque sí, porque le toca aprender a vivir endeudado, y saber desde ya a quién le va a tocar pagar y a quién cobrar en esta historia. 

El destino de ese órgano es otro modo de presentar esta novela. Porque tras cumplir con sus cuotas, Lautaro contrata a una camioneta para ir a recoger el instrumento sin reparar en que no hacía falta tener ruedas para moverlo. El órgano, insignificante, termina sus días mudo y bajo su cama. Porque para qué, para quiénes, qué tocar en las teclas de ese instrumento que alberga puras melodías incumplidas. 
Dile que no estoy es el incómodo recordatorio de esos sucesivos incumplimientos. Es la alegría que no llega, la catarsis que no se alcanza, el clímax siempre eludido, mientras la gota sigue cayendo, lenta y persistente, en la prosa lúcida y firme de Alejandra Costamagna.

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