La Comarca, de Mauro Gatica

Matthias Molina Osorio

Comenzar a leer el libro La comarca (Editorial Aparte, 2021), de Mauro Gatica, tiene una sensación potente. En un principio, los versos decantan las vidas que tuvieron seres violentados, atrapados, en una condición de esclavos y sin ninguna oportunidad en su época y lugar. Esto da un sabor interesante, distinto a la poesía que se acostumbra a ver, ya que se apuesta por el tono de una antología poética de fallecidos (al más puro estilo de Spoon River), pero mientras se avanza por los capítulos que marcan el paréntesis de obituarios, el libro se va transformando cada vez en un claro trabajo investigativo y ensayístico, que el autor tuvo que compilar desde las referencias historiográficas, investigación demográfica, y su tenaz imaginación de poeta, lo que sitúa al lector en una posición que lo remece, generando imágenes que podrá oler, sentir, mirar y recordar cómo son las injusticias de una patria que se forjó con sangre, racismo, muerte y olvido. 

El olvido –me refiero– en el sentido que el libro aborda un Chile de frontera que para algunos ya no existe, pero que todos sabemos que está presente en nuestra idiosincrasia, que se fue naturalizado y se traspasó de generación en generación. Mauro Gatica trae este recuerdo a lo más crudo y real posible. En el primera parte, «Bienvenidos al cementerio más viejo de Chile», versos como «que el dicho mi amo / tubo acceso carnal conmigo / lo que en mi fue inevitable / por la presión de la esclavitud / en que estaba / y como tal / sujeta y cautiva a su voluntad / y viéndome preñada / mi ama / se dio por ofendida / creció en su ánimo / la cruel cólera», dan cuenta de la situación en la que se encontraban los esclavos que eran traídos desde áfrica para ser vendidos en la región de Arica previa Guerra del Pacifico. Es entonces que Mauro Gatica, además de crear un ensayo poético en torno a un territorio, pasa a ser un poeta que le da voz a los que no tuvieron voz, a recrear emociones y situaciones que permiten a los muertos volver a vivir. 

Los capítulos van marcados de contexto histórico para poder dar cuenta mejor en qué plano se está situando. Recopilaciones de archivos periodísticos de la época marcan el paso de una etapa a otra sin ocupar una silaba ni una coma de más. Lo conciso y preciso de los recursos periodísticos hacen que el cambio hacia la lectura poética casi no se sienta, lo cual permite seguir la rítmica sin tropiezos. La segunda parte, titulada «Por la Razón o la Fuerza», tiene como protagonista la guerra del pacifico, pero más que la situación en la que se encontraban los países involucrados y las odiosas referencias políticas comunes que se conocen, lleva cada verso a sentir el campo de batalla, viendo en primera persona la perdida de inocencia, y cómo vivían los protagonistas situaciones de enajenación extrema: «357 heridos / 479 muertos del lado chileno / 900 del enemigo… / la sangre que bañó / un costado de la catedral / no fue dolor / fue gloria». Datos como los que se proporcionan entre los textos dan cuenta de estas situaciones,  «la chupilca del diablo / responde a una bebida / que se les atribuía a los soldados / durante la guerra del salitre / aguardiente / y pólvora negra», dando por fin el sentido de la deshumanización de lo humano, lo que hace una guerra que responde a poderes que los mismos soldados y habitantes del territorio no pueden responder, «bebíamos chupilca / desde nuestras cantimploras / reíamos mientras otros abrían / los cuerpos calientes del enemigo». 

La última parte, titulada «Protocolo de ingreso», recita sobre la migración que ocurría en Arica desde la dictadura militar. En estos versos se puede encontrar un espejo de la cultura que vivimos desde que Pinochet tuvo su golpe, el asco que se tiene al extranjero pero no a cualquier foráneo, sino al inmigrante pobre, al roto, al moreno y al negro que cruza el desierto en busca de un futuro en el país del hambre que no le da la bienvenida sino que lo desprecia como se desprecia a sí mismo, a su identidad bulímica, que come todo a su paso, las almas, trabajos, deseos y sueños, para convertirlos en némesis acida, y que después les demanda respeto, arraigo, y obediencia. «Las moscas / entonan / el himno / con sus alas», recita el poema «Orfeón municipal», y es que todos somos moscas en este panteón que es nuestra patria, que ha cobrado la vida de nuestros ancestros y también de nuestros hermanos. 

La comarca, termina siendo un trabajo de olvido, sí, pero también de recuerdo, de reconocimiento y empatía por el otro, por nosotros mismos, lo que hemos vivido y como nos vemos como sociedad. Por eso se vuelve fácil empatizar con el verso del poema «En un Baño Público del Terminal Internacional» que dice, «Imagino un Chile / sin chilenos», ya que el libro funciona como un objeto de identidad, de develar lo que se ha mantenido oculto, hacer que los muertos cobren vida, y que nosotros a la vez también lo hagamos.

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