Santiago no es Chile

Verónica Jiménez Dotte

Valparaíso está a una hora de Santiago; La Serena, a siete; Chiloé, a quince. Las distancias son relativas, pero sirven para imaginar un viaje en bus o en auto. Los que viajan en avión calibran otros datos: Concepción está a dos horas; Punta Arenas, a cinco, etcétera. Cada medio de transporte puede comprimir cientos de kilómetros según sus propios estándares de velocidad. Como sea, todos quisieran salir de Santiago al menos una vez al año en busca de mar, lagos o ríos, ir a veranear con parka, porque las noches son frías y, en ocasiones, a pleno sol uno tirita.

Con treinta grados de calor, Santiago puede ser un buen lugar en verano: miles de bocinas se alejan hasta que el sonido se vuelve imperceptible, miles de voces se apagan; una delicia, siempre que haya donde zambullirse. La memoria guarda paisajes de riachuelos bajando desde la cordillera, que pronto dejarán de existir, y de tranques y lagunas rodeados de vegetación que tal vez ya desaparecieron. Ahí están, en cambio, las piscinas públicas, las construidas en patios grandes o chicos, las de plástico que a veces se instalan en veredas o en medio de los pasajes, para que aquellos que pocas veces salen de la ciudad se sumerjan en aguas escasas, aunque en un clima real de verano.

Santiago no es Chile es un lema pegajoso. El santiaguino es odiado en otras ciudades. Pinochet prometió una regionalización mentirosa y se fue sin pagar. Le cobran al santiaguino; cuando viaja a otros lugares, molesta su desfachatez y sus pretensiones de turista o explorador. En general, le achacan más defectos de los que probablemente tiene, más poder y riqueza, y mucha más voz de la que podría alzar si lo dejaran entrar en los salones donde las élites deciden la política, la economía y la cultura de este país.

Los escritores de regiones siempre guardan reproches para los escritores de Santiago, esta ciudad en apariencia monolítica, donde supuestamente todos se conocen, se tratan, se soportan y se leen. Algunos escritores de regiones les disputan a los santiaguinos el acceso a editoriales, universidades y páginas culturales, y una vez dentro, mantienen sus encendidas proclamas, quizá por simple inercia. Desde acá, levantamos, por nuestra parte, caricaturas soeces; imaginamos, por ejemplo, al escritor de región partiendo leña para la estufa mientras su voz entra por celulares en oficinas metropolitanas poco ventiladas.

Santiago está cercada por la alta pared de la cordillera y por cientos de muros bajos, cerros cuyos nombres uno olvidó hace tiempo. El santiaguino frecuentemente imagina otros horizontes desde su ventana; se ve a sí mismo viviendo en poblados pequeños, haciendo otros trabajos, alimentándose de manera sana, en armonía con una naturaleza que es más bien mezquina y donde ningún fruto brota espontáneamente. El santiaguino cree en la existencia del edén que pregona la canción nacional. Pero no es fácil irse de Santiago, salvo que seas escritor o artista y decidas apropiarte de algún territorio a través de un formulario. Hay quienes usan direcciones de regiones que no habitan, pero esa es otra historia.

En algunas regiones hay grandes fortunas y la gente se siente europea, hermosa y singular. Hay fortunas que salen de Chile y hay afortunados que pasean por el mundo; usan a Santiago como un pivote para mandarse a cambiar y no les interesa en absoluto esta discusión. Por contraste, hay santiaguinos que no conocen ni el norte ni el sur. Los ven por la tele, los domingos, como si se tratara de países fronterizos con mejores paisajes.

Santiago no tiene un Billy Joel que le componga un tema que diga I’m in Santiago state of mind*. Pero cantémoslo. Porque haber nacido en Chile es simple azar. Y peor que ser santiaguino es tener que cargar con ese estado mental chileno, plagado de accidentes geográficos y fragmentaciones amenazadas permanentemente por el abismo de no tener derecho a hablar.

Alguna vez, Chile fue de los atacameños, los changos, etcétera. Santiago está construida sobre una ciudad inca y si uno sube al Cajón del Maipo encuentra caminos de piedra al filo de profundas quebradas. Esa es una historia hermosa que debiéramos mirar hasta caer extasiados y luego bañarnos con tierra, como los quiltros. O cartearnos tranquilos con familiares y amigos de regiones y enviarles regalos, y después visitarlos como perros santiaguinos acostumbrados al aire seco y a los palos.

Se dice que las regiones naturales de Chile son tres, etcétera.

Chile tiene forma de látigo.


* Estoy mentalmente en Santiago.

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