Incomprensiblemente familiar
Sobre Lengua Materna de David Preiss

Manuel Boher

Lengua Materna de David Preiss, publicado en 2020 por Garceta Ediciones, consta tres de capítulos, tres partes, que funcionan como períodos en el subtexto del libro, inclinando esta narración grabada, de forma cada vez más tensa, hacia la autorreferencia, hacia la confesión. Y claro, Lengua Materna puede ser virtualmente una historia, un diario, sobre todo si la dejamos comer de la tácita épica religiosa que mitifica todavía, por ejemplo, los paradigmas del presente, si tropicalizamos su espíritu extranjero, si usamos en algún momento la palabra éxodo, para poner un puente incompleto entre la Torá, o el pentateuco, y un aeropuerto de Brasil, una selva en Venezuela. No tiene mucho sentido. La confesión sigue otra ruta, abre otras válvulas hacia lo religioso, descarga otro tipo de cuestiones; más contaminadas, modernas, nostálgicas, abandona ese espacio, de hecho. Flota por un panorama híbrido, humea desde muchas heridas raras, aparecen quimeras en medio del mundo con orden. Lo judaico o las migraciones internacionales son un tercer brazo, un hueso extra, pero no son los obstáculos de la autodeterminación, sino sus condiciones, su forma de colocarse sobre la línea. 

Y es raro, en apariencia, que mientras más anchos son los componentes de la identidad, más difícil se vuelve corporativizarlos, darles casa en la lengua, ser eso y que eso sea por nosotros. Pero aun así hay una noción previamente derrumbada del origen, de la lengua materna, que resulta paradójicamente positiva, o que vuelve cómoda la línea de salida: un pesimismo categórico que, como dice el tópico, corresponde más bien a un reconocimiento de los límites: a cierto realismo. No hay un ímpetu nostálgico por heredadas edades de oro, por palabras puras, por números perfectos, por esferas sectarias del pasado; es tradición en otro sentido, es una inercia que funciona con algo que se apaga, continuando todavía su ejecución, el sentido se transfiere al método, se deposita en el fondo, es una cuestión líquida, atmosférica. Bueno, también hay una especie de mérito en no volverse completamente apóstata, hay mérito en quedarse, aunque sea en una consideración, en un apunte confesional: pero quedarse significa dar espacio a que algo más grande que dios aparezca, y lo más terrible es que ante estas presencias no se puede hacer mucho; ni siquiera la apostasía sirve como consuelo. Y eso ocurre; en el primer poema hay un miniam que inicia la memoria de la voz, hay confianza en el poder del número, en alguna hermenéutica cabalística que haga morar en ellos, en los diez; en el miniam, la presencia divina, pero parecen ser los días temibles en los andes tropicales una de estas presencias más potentes, más activas, que dios. Y vuelvo a lo anterior; mientras más anchos son los componentes de la identidad, también será mayor el número de contradicciones que agreguen fases a la quimera, el libro de David Preiss, a veces, funciona como bitácora, como recuento, de estas oposiciones. 

Inicia ahí; con postales que llegan desde el Maule, entonces, sin caer en purismos nacionales; más que dejarse armar, es la voz la que arma chile con esta interferencia de chinchineros y palomas, puertos y plazas de provincia; todo bañado por una marea de smog y por arquitecturas centrales al servicio del imperio. Y esta manera de construir la lengua suena a máquina poética, a imaginario más que a imaginación, a composición o a montaje, y luego eso se manifiesta: hay un ímpetu casi turístico en cómo se inscriben las panorámicas del paisaje, son terrenos heráldicos internacionalmente chilenos: Cartagena, Llanquihue, av. Irarrázaval, el Parque Forestal… materiales de exportación, sitios en mapas, puntos en el amplio universo de Google, o quizás vistos en una bienal tras el velo de la curatoría. Son todavía ecos de las postales que venían de Maule. Con los poetas mencionados en esta primera parte sucede lo mismo; son Huidobro, Mistral, Parra, Neruda, y mi intención no es desestimar sino testificar la belleza que dispone esta forma de tomar temperatura: estos nombres son fantasías en una pedagogía del lenguaje, pero, como digo, hay una delicada sinceridad en estos recorridos, no son canónicos, detectan lengua, excavan la parcela del español, Neruda, por ejemplo, aparece como en un retrato impreso con boina y chaleco, y los epígrafes los entiendo como citas a esta imagen, o más bien, como la reproducción de esta imagen: tal como se multiplicarían cruces o lámparas de aceite en tarjetas festivas. Corresponderían a otro tipo de ecos que tienen como origen las postales que vienen del Maule, ecos curvos, ecos con tildes, restos retinales de la caligrafía con que la abuela escribía sobre estas fotos tétricas, o simplemente ajenas, o distantes en forma dulce.

Aunque también hay un desplazamiento del lenguaje, perpendicular a la herida y paralelo a las condiciones del origen, es humanizado por la confesión; como un niño que se estira hasta dejar de ser un niño. En «Entre mis palabras y mi voz» las formas se trastornan, ocurren colapsos internos a escala lingüística, vuelve incómodo el, una vez uterino, huevo del formato, las palabras que debían tener consistencia/ se desvanecen, mantequilla en un día de verano, vale la pena preguntar: ¿qué presencia derrite, qué troca predicados, sujetos, donde está y a qué época pertenece? La inquietud puede divinizarse, para complacer al trazo, pero también puede ser esta especie de sismo que provoca la poesía en la naturaleza del lenguaje, y la réplica secundaria que se desata sobre este recuento labrado en forma de confesión. Luego, en «Palabras encontradas fuera de casa», esta lengua se lleva como un libro en la maleta, embarrado y doblado por estas visiones extranjeras de trópicos académicos, y las manchas se ponen como prismas sobre los contenidos de este libro añejo que levanta no un recuerdo, sino quizás la historia completa de Lengua Materna. El lenguaje cruza estos territorios fondeado en esas maletas cuadradas para largas temporadas, es también un pase, un documento solicitado: como en el poema que abre el último capítulo, sobre ese aeropuerto brasilero que mencionaba al inicio; las puertas, los locales fantasmales de comida, los pasillos kilométricos: vienen a ser un purgatorio, y aquí: Un Nombre decide tu destino/ No le temes/ No hay nada que puedas hacer/ para atenuar su veredicto. Donde también es importante la mayúscula en «Nombre», porque aparece todavía el pulso débil del judaísmo, esa imagen granular de aviones en la infancia, cargando siempre la Torá, y cómo ahí ya pesaban tanto sus palabras, el yiddish, incomprensiblemente familiar.

Lengua Materna es personal, cinematográfico, enmarcado, geográficamente fatigador, universalista y pentecostal, casi de forma manierista. Y es interesante este subtexto que llega a algo novelesco, dicho en una voz partida, por un coro de posiciones plegadas. Pero estas sutilezas mixtas las proporciona el verso, es la prosa cifrada la que da una sutileza humana, un natural error elegante, que pone a Lengua Materna a la altura de la vista o en el radio de la mano, que transforma su puñado de extrañezas en una confesión cercana sobre las condiciones de la identidad.

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