El día de la noche; Una salvaje perspectiva

Josué Navarrete Navarro

Sniper on the roof
Please, kill me if I lose
Reborn, Bladee

La primera perspectiva adivina el peligro; nos dice, «Han encontrado / una forma / de matarme». Así es como comienza la dominación del lenguaje, su propia actitud confrontacional respecto al todo, transformándolo en un ciclo que pocas veces se pronuncia incontrolablemente bello. Ese es el verdadero reto en este libro de Nicolás Letelier Saelzer, poeta y librero santiaguino. Dar (o encontrar) articulaciones entre distintas (o diferentes) realidades, repercutiendo en un pensar poético arraigado a la fuerza, a las imágenes cortantes, y a un ojo que captura el alma de los colores que percibe. Letelier, a través de cuatro poemas extensos, dinamita los sentidos del cuerpo y los zamarrea como una jam de free jazz (donde el epígrafe es una cita de Ornette Coleman) lisérgico y visual, contrastando los ritmos y las tonalidades con un imaginario interino que apela a lo oculto, a las leyes escondidas.

Una idea vital se nos dicta dentro de los primeros versos, «un momento / entre el acto / y la palabra». Mover el engranaje; hacerlo una épica estructural sería la sombra del primer poema, titulado «Drunk as in a morning sunrise», donde los versos no superan las tres palabras de extensión llevándose tras de sí un ritmo truncado, caótico, para que la amenaza sea erradicada por la vacante de algún individuo en formación. Y el héroe tiene nombre, Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, escritor y filósofo ocultista alemán del siglo XIII, influyente de su época a través de códigos algo despreciados por la ortodoxia cristiana, y un fuerte defensor de la superioridad teológica de la mujer. Su voz se pronuncia donde el cuero de la naturaleza (su unidad) se alza como una devoración del orden, de aquello que separa y desvía para que exista lo otro, creándose la necesidad. Aquí, la mente es hierro, según el propio Heinrich; somos lo más concreto de la tierra, y con eso, «No hay nada / para nosotros / enemistad / y repulsión»; pues por fuera de un absoluto, el caos es quien reina. ¿Entonces, cómo podríamos arrancar de esa angustia que se entromete como las grietas?

La filosofía de La Salvaje Perspectiva nos responde con la única forma de romper esto: la ejecución de un crimen, el «Iter Criminis», deconstruyendo así los procesos de su consumación donde la voz de Heinrich, que está versada en cantos o capítulos, pasa a ser una voz propiamente chilena, contemplando la marcha de un grupo de uniformados (o pacos) en un ritmo geométrico, alineado (o alienado), abstrayendo la melancolía de la infancia de la voz en algo llanamente muerto. Aquí se desarrolla una especie de narrativa entre los poemas, donde el tiempo suelta cierta conciencia contemplativa ante situaciones y momentos especialmente desgarradores, no así dramáticos, de nuevo reiterando el escapismo de una vitalidad tan importante como fantasmal.

El fin, entonces, es la mañana. Donde «El aire de Baviera / mece las campánulas / se extienden violeta» las raíces de la muerte, la ley de la naturaleza, haciéndose el verano, un punto culmine y ardoroso del sol y la tierra (como bien podría serlo el infierno), eclipsándose obediente la segunda (o seguida) perspectiva: el otoño. Un posible purgatorio que nuevamente redirija el destino de las almas. El aprendizaje es un antecesor a cada decaída, dejando el preámbulo en La salvaje perspectiva de que se renovará entre cada espacio de silencio e interlectura, siguiéndose a sí mismo como los cimientos de la torre de Babel. El punto en que Dios destruya ese paradigma humano, es recién cuando comienza la nueva lectura en cada verdad, cada lenguaje, y cada sentir.

Como un entendimiento esotérico, con elementos meta revisionistas de cuadros y personajes reales de la historia occidental, La salvaje perspectiva es un juego multidireccional de una determinada prisión interna respecto a la vida y la muerte. Es una indagación del lugar donde lo antagónico se toma de las manos y comienza una fuerza estética. La rienda de un mundo. Es una experiencia tan extraña que logra efectos que solo la poesía puede lograr; porque sí, hay confusión y criticidad, además de un lenguaje muy propio de parte de Letelier, pero si puedo apelar a la lectura lenta, pausada y ecléctica, tratando de desenmarañar cada aspecto y detalle en cualquier verso, La salvaje perspectiva es un bello y descarnado microcosmos que parece esconderse más de lo que se muestra.

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