La falta de claridad y de certezas es, creo yo, parte importante del libro

Catherina Campillay

5 preguntas sobre Presunta desgracia (Pez espiral, 2021) a Catherina Campillay

por Cristian Hualacán

Catherina Campillay (Viña del Mar, 1995) buscó en diarios viejos, en informes de la PDI e incluso las viejas cajas de leche las caras de los desaparecidos para su primer poemario Presunta Desgracia. La tensión histórica de escribir sobre los desaparecidos La búsquedas de la PDI. En el libro parece dar otra vuelta de tuercas, la misma que dio El Empampado Riquelme de Francisco Mouat en la primera década. Esta voz poética escribe indirectamente sobre los márgenes y las periferias, de los sin nombre, que sin rastros, ni orden de búsqueda, siguen en una lista que no termina de crecer: “hay nombres que no llevan/ a otros nombres/ fotos que no fueron tomadas/por funcionarios del registro civil”. Actualmente Catherina trabaja en proyectos de investigación y participa en distintos colectivos de escritura, relacionados a poesía y traducción

  1. Hace unos meses escuché en un podcast a la crítica literaria Lorena Amaro problematizar la impunidad. Históricamente no se habla de los desaparecidos, ni hay   justicia sobre los delitos de lesa humanidad, se mantiene esa sensación de injusticia en varias esferas sociales, por ende se habla poco, ante la situación de trauma. ¿Qué piensas de eso? ( Consejo de belleza: Democratizar la Palabra, Minuto 29:00)

Creo que la acotación que hace Amaro respecto a la dificultad de entablar diálogos es visible en varias dimensiones de lo que vivimos. Cuando escribí el libro, fue un tema. No estaba escribiendo específicamente sobre los desaparecidos en dictadura, pero las palabras están cargadas por la historia y era imposible pasar por encima de algo así, evadirlo y decir que simplemente no tienen relación. Si iba a escribir sobre desaparecidos no podía hacer como si no viviésemos en un país de desaparecidos. Esa tensión estuvo mucho en mi cabeza a lo largo del proceso. Pero, en ese mismo proceso, vi las diferencias. Mientras escribo sobre un caso en que las pistas se enfrían, no se entiende mucho lo que pasó, ni el cómo ni el por qué, en el caso de la desaparición de personas durante la dictadura, podemos identificar las instituciones responsables, los nombres de perpetradores —algunos en cárceles de lujo, otros tranquilos en sus casas, incluso médicos que aún ejercen después de haber mantenido vivos presos con el fin de torturar— que formaron parte de un aparato organizado.  Sabemos quiénes son los que no han hablado. La impunidad entonces se vive de forma diferente. Sin embargo, el énfasis en la memoria y el recuerdo  se mantiene como un núcleo frente a la ausencia. La idea de mantener un recuerdo vivo se repite y esa ha sido la lucha por mucho tiempo. Una necesidad de recordar, cada cierto tiempo, que hay preguntas sin respuesta, por ejemplo, al conmemorar fechas específicas y decir en voz alta “hay gente que no volvió a casa”. Es difícil hablar de lo no resuelto, pero es necesario, cuando el tiempo que pasa juega en contra, mientras los hechos se van alejando.

En relación al libro, al final decidí quedarme dentro de los límites que yo misma le impuse, que son las desapariciones de personas basándome en documentos recientes. Sin embargo, al escribir, no puedo controlar todas las resonancias que aquello puede tener al momento de la lectura. En sus diferencias y similitudes, es innegable que esas otras desapariciones y el trauma que conllevan son parte del sustrato del lugar desde donde escribo.

2. Recuerdo que Presunta Desgracia sacó una mención en el Roberto Bolaño y leí una versión en el taller de la Fundación Neruda, también estás publicada en facsímiles ¿Cómo fue el proceso todos estos años para lanzar tu primer libro? 

El primer germen del libro fue el año 2016, no mucho tiempo después de que retomé mi escritura poética —la que había dejado bastante de lado durante mis años en la universidad. Estaba en un taller y ahí se propuso una “tarea”, de escribir un texto a partir de alguna noticia. Para eso me metí a noticias sobre personas desaparecidas y escribí algo corto, que quedó guardado en el cajón. Luego, a partir de nada en específico, recordé que eso estaba por ahí y, al leerlo, vi que había allí algo que aún no decantaba pero que podía seguir explorando. Para eso volví a las noticias, pero amplié también los materiales. La primera versión del libro —que entonces no lo pensaba libro, más bien como algo parecido a un poema largo— la escribí en pocos días, lo que ahora debe ser más de la mitad de lo que quedó. Fueron muchos días de estar muy pegada con los materiales, leyendo y buscando esos detalles o palabras que iban generando los chispazos que motivaban la escritura. Luego, pasó por varias manos, en talleres e instancias parecidas. Considero ese proceso muy importante, ya que al conversar y comentar con otres, una amplía las miradas y las perspectivas, ve cosas que no había visto, le da vuelta a ideas que pueden o no terminar formando parte de lo que será el libro. El trabajo de edición lo hice con la poeta Victoria Ramírez, que hizo un trabajo muy profundo y cuidado en que el colaboramos de cerca. Esto fue a principios del año pasado, así que no es muy difícil imaginar lo que pasó después. En medio del cambio que significó para todes pasar a vivir en las condiciones que generó la pandemia, decidimos seguir con el libro, el que en ese momento ya estaba prácticamente cerrado en términos de edición. Después vino el trabajo de diseño, hecho por Daniela Quintana y con apoyo de Daniel Madrid, el editor de Pez Espiral, que permitió experimentar y darle una dimensión visual al libro como objeto que se correspondiera con el libro. Creo que esa atención se puede ver en el libro final, en que los troquelados y los diseños interiores dan cuenta de la lógica de las pistas y las ausencias.

3. Me llama la atención la distancia de la voz poética, lo capta con un ojo único las diversas facetas de los procesos de los desaparecidos como son los testimonios de los familiares, medios prensa e informes de los ratis, ¿Cómo es para ti trabajar ese margen entre la autoría y material poético?

Ese margen que mencionas lo fui desarrollando y ajustando a lo largo de la escritura, en la medida en que me relacionaba con los materiales. No me es distante el asunto de los archivos, por haber estudiado historia del arte y dedicarme a la investigación, por lo que ese primer impulso de acercamiento nació de forma bien orgánica. Ahora, frente a esos documentos, voces ajenas, lenguajes, intenté posicionarme desde un lugar que les diera el espacio suficiente para mostrarse, pero que también se entretejieran en un texto que soportara esa multiplicidad y que a la vez pudiese ir mostrando destellos de una voz que siento más cercana a mí. Tomando eso en cuenta, intenté ir equilibrando esas perspectivas, ese ojo que tú mencionas. El caso de las desapariciones de personas concentran muchos discursos, voces distintas, lugares desde los que se pueden abordar. Me pregunté por el lugar de una voz más personal frente a eso que no ha sido, por suerte, parte de mi experiencia personal o cercana. Por eso también en el libro aparecen ciertos “yo” que toman distancia de los materiales y se preguntan cosas que se sobreponen a preguntas que tenía yo misma durante la escritura. No solo a través del montaje de materiales, sino que también a través de la invención de ciertas voces, de imágenes que nacen de un lugar de observación y de reflexión que siento más propio. Fue un desafío intentar equilibrar todos estos elementos en el libro, porque no quería que cierta distancia se tradujera en frialdad o apatía, sino que me permitiera introducir una mirada en que convergieran todo lo que me pedía el tema y los materiales.

4. Hay una idea recorriendo el poemario relacionada a la desinformación en que todo va mal y búsqueda de certeza, una sensación que se mantuvo durante toda la revuelta social de octubre ¿Cómo funciona la poesía para invadir esa tensión?

La falta de claridad y de certezas es, creo yo, parte importante del libro. En él aparecen las pistas falsas, las búsquedas que no llegan a ningún lugar, las informaciones que llegan desde distintas partes y que no terminan de dar una imagen coherente de qué es lo que sucedió. No había hecho esta relación tan directa pero me parece muy provocativa, especialmente durante esos primeros días en que la información que se obtenía era muy fragmentada, contradictoria a veces, rápidamente cambiante. Recibir en el celular cientos de videos de todas partes, nombres de personas que no aparecían siendo buscadas por sus familias, heridos, videos de personas gritando su nombre y RUT antes de que se las llevaran los pacos. Era muy difícil hacerse una panorámica de la situación, a la que se sumaban las propias experiencias, lo visto y experimentado. Con el tiempo lo que circulaba fue ordenándose un poco, permitiendo ver la situación más general, pero mis recuerdos personales de los primeros días tienen que ver mucho con la fragmentación.

Pensándolo ahora desde la poesía, ahí hay un espacio para mirar el fragmento, cómo el lenguaje intenta dar cuenta de sucesos que no se terminan de cerrar. Poner en palabras tiene un impulso de dar sentido, aunque no se logre hacer. Permite indagar en cómo esos fragmentos se relacionan y se experimentan.

5. Estás trabajando en “Bajo el Signo Mujer” recuperando archivo y testimonio relacionados a exposiciones de arte de mujeres chilenas exponiendo el extranjero durante la dictadura. ¿Cómo relacionas la recolección de archivo e investigadora con el acto de escribir?

Este trabajo, en conjunto con la investigadora y amiga Mariairis Flores, lo empezamos el 2020 y, a pesar de muchas dificultades debido al acceso a archivos físicos, nos ha permitido recuperar muchos eventos de la época, armar un amplio archivo y preguntarnos por cómo se construía, desde estos espacios, lo que se piensa como “mujer” y su lugar en la producción artística.

En relación a cómo influye para mí en el acto de escribir, creo que tiene varias dimensiones. La primera, el interés en los archivos que es más explícito en este libro, pero que lo tengo ya integrado a mi propia curiosidad, que finalmente mueve mi escritura. Por otro lado, está eso de “ser busquilla”, que creo que es transversal a cómo enfrento ese tipo de trabajo y mi propia escritura, o más bien, el proceso que subyace a ella. Y, aún más, creo que es transversal a cómo me enfrento un poco a todo, ya que tiene que ver mucho con la atención a lo pequeño, a los rastros que van quedando, que pueden ser detonantes de algún texto, o por lo menos de alguna imagen que aparezca en ellos. En mi proceso de escritura personal, esos detonantes son importantes, aunque pueden tener infinitas fuentes, algunas más personales y experienciales, mientras otras vienen de otros lugares, imágenes, textos. Al final, ambas cosas tienen mucho que ver con escarbar e ir coleccionando, juntando, haciendo relaciones, tendiendo hilos entre lo que está disperso.

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