Pobres autómatas implumes

Alia trabucco Zerán

El siguiente texto es parte de la Presentación de Ocho urracas, de Juan Pablo Rodríguez (Editorial Aparte, 2021).


Embriagadas por el brillo de los objetos, las urracas de Finsbury Park se volvieron codiciosas. Tal vez querían obtener mayor plusvalía de sus pequeños hurtos o a lo mejor la conquista amorosa se había vuelto esquiva y el rechazo a sus ofrendas demasiado habitual: fulgurantes trozos de papel aluminio, esquirlas de vidrio y challas de cumpleaños ya no bastaban para la seducción ni para adornar el futuro nido. En el medio de esta crisis, una de ellas advirtió a la otra, en rimbombante cacareo, que allá abajo en el parque, en la curva sur, había una gema amarilla, lustrosa como el sol, gigantesca aunque extrañamente movediza, y que tal vez si se organizaban en pares para evitar malos augurios –one for sorrow, two for joy— podrían llevarse esa ofrenda y, con un poco de suerte, copular y acaso anidar. En pares se juntaron, eso es seguro, de dos en dos completaron ocho, y rondaron la rubia cabeza de la mujer que a esas horas de la mañana trotaba desprevenida por ese parque arbolado del norte de Londres. Aterrorizada, la trotadora logró esquivar el ataque de la pandilla de aves con su propio aleteo torpe, desplumado, pero en la piel de su cara el picoteo de las urracas dejó sus huellas. Lo mismo ocurriría días después con una criatura igualmente rubia que iba dormida en un coche y con un rubio muchacho que también fue víctima de esa tentativa frustrada de robo de cabeza. 

Leí esta noticia en el túnel del metro pocos días después de haber llegado a vivir en Inglaterra, un país al que nunca antes había ido. Rumbo al departamento de recién llegada que quedaba a pocas cuadras de la escena del crimen –el mismísimo Finsbury Park—, pensé, perpleja ante una ciudad donde convivían zorros y peligrosas urracas: a mí no me van a decapitar, mi pelo negro me resguarda. Las urracas tenían predilección por joyas y objetos brillantes, de modo que durante varias semanas procuré no usar aros ni collares ni chaquetas muy lustrosas y cuando las veía descansando en los semáforos o en las ramas de los abedules o picoteando la basura siempre de a dos, desviaba el ojo por si ese brillo les resultaba tentador.

Esa historia quedó en mi recuerdo rodeada de la extrañeza de conocer un lugar por primera vez, pero recién ahora, tras leer Ocho urracas, de Juan Pablo Rodríguez, no solo adquiere otro sentido sino que parece haber hallado su horma, su lugar, de la mano de los textos también fulgurantes y a ratos extraños –extraños de extrañeza, extraños de singularidad—, que componen este volumen.

Autor de otros dos libros, Shanghai (Alquimia, 2015) y Sobre el movimiento de las estrellas fijas (Aparte, 2018), además de una obra menos poética aunque especialmente actual sobre la resistencia al capitalismo neoliberal en Chile, Juan Pablo Rodríguez toma a las urracas como sus protagonistas y las traslada a escenas inauditas. Al interior de una taza donde un ojo vidente observa el arca de Noé en las hojas del té y donde todos los animales menos ellas están cordialmente invitados. Al jardín de un vecino donde no sabemos si las aves juegan al luche o desperdigan sobre el pasto frases como estas: “imposible dormir”, “si escribiera brutalmente”, “La muerte se hace la ofendida”; y luego al escenario de una teleserie, titulada “Telenovela de un sueño democrático”, donde las aves observan, perplejas e irónicas, a unos seres autómatas e implumes que intentan graciosamente organizarse. 

A diferencia de otras obras literarias que también toman aves como motivo –pienso en Alsino, de Pedro Prado, en Altazor, de Vicente Huidobro, en el cuervo de Edgar Allan Poe, en los gansos salvajes de Mary Oliver, en los ruiseñores de John Keats, en la golondrina de Oscar Wilde, en la gallina de Clarice Lispector, en el búho de los hermanos Grimm, en las múltiples apariciones de la mítica ave Fénix— el pajarraco escogido por Juan Pablo Rodríguez es un ave prosaica y parlanchina, extremadamente inteligente, capaz no solo de recordar –y por ende de olvidar— palabras en lenguas humanas, sino también de reconocerse a sí misma en un espejo; es decir, se trata de un ave potencialmente capaz de decir “yo” o de decir “otro”. Su trinar, que se resiste a ser llamado melodía, se asemeja a una risotada ominosa o burlona que habitualmente se suelta ante el comportamiento extraño de esos autómatas implumes, como los bautiza el autor. Contrario a la épica de águilas majestuosas o de bandadas de aves de carroña, tan dadas a la metáfora o a alguna moraleja subrepticia, lejos del anhelo de emprender vuelos liberadores y de lugares comunes como atravesar un limpio cielo azul, las urracas de Rodríguez, siempre en pandilla, abren otro sentido, otra dirección. En ocasiones, la urraca es una hablante lírica que se echa a volar o que “sueña con una liberación basada en la ternura animal” y luego  deviene personaje, ojo que observa con irreverencia y ternura a los animales humanos. 

Ave filosófica, irónica y reflexiva, lejanamente emparentada con los gorriones de la novela gráfica Grandes preguntas, de Anders Nielsen o con las prosaicas palomas de Mario Levrero, su aparición en estos textos no sirve de metáfora sobre el sentido de lo humano ni como espejo donde examinar nuestro lugar en el mundo. Evadiendo “la tentación alegórica”, como la llama la novena urraca, y en las antípodas del sentimentalismo, este volumen de Juan Pablo Rodríguez parece seguir una de las sendas sugeridas por el poeta y ensayista Mario Montalbetti en su libro Sentido y ceguera del poema (Bisturí 10). Una poesía “harta de hacer imágenes, harta de hacer metáforas”, que intenta evitar el traslado metafórico, para así mirar de frente esto que nos hemos empecinado en llamar realidad (o acaso lenguaje). Montalbetti, en ese ensayo que se pregunta por el sentido del poema, aclara que no se refiere al sentido como significado, sino como dirección, como cuando decimos “el sentido del tránsito” o “el sentido del viento”. La pregunta, entonces, sería la siguiente: ¿Cuál es el sentido de estos poemas? ¿Hacia dónde apuntan los versos de Juan Pablo Rodríguez? ¿Hacia dónde se dirigen? 

Me atrevería a decir, con gran temor a equivocarme –esta es, mal que mal, la primera vez que alguien comete el error de invitarme a presentar un libro de poemas—, que estos versos apuntan hacia fuera. Intentaré no ser críptica ni asesinar el libro con alguna interpretación, con cualquier interpretación que lo clausure. Solo jugaré al juego de las clasificaciones por un segundo, pretendiendo también por un segundo que mis clasificaciones no acarrean jerarquías, para decir que tal vez –y ahora tanteo casi a ciegas— en el universo de la poesía hay poemas que apuntan hacia dentro y otros que urden un mundo para hablar de otra cosa, es decir, que se trasladan y así nos trasladan hacia otro lugar, hacia el costado. Aquí, en cambio, y cuando digo aquí digo no solo en los versos sino en los espacios en blanco entre los versos de este libro, digo en las curvas de las vocales, digo en el modo en que se hermanan las letras, digo en su melodía; aquí, en la zona a la que invita el libro Ocho urracas, los poemas parecen apuntar, dirigirse, a una salida. Por eso creo que el sentido del poema, de los poemas, es hacia la fuga. Cada vez que emerge algo parecido a una confesión, a un yo lírico que quiere apuntar hacia dentro y hundirse en el yo, el verso se resiste y flota. Cada vez que la “tentación alegórica” aparece, el verso la elude. Lejos queda también el peligro de  los contenidistas e incluso el carácter referencial propio de la invocación a otros poetas (Anne Carson o Elvira Hernández) no pasa de ser un lúdico juego, y ambas autoras se transforman en una misma persona en el córtex de una urraca. Lo que queda, tras esa serie de curvas inesperadas, de elusiones, de fintas, es un vaivén al que el libro invita a entregarse: un ritmo impecable, a ratos elegiaco, a ratos totalmente prosaico, donde el canto de la urraca deja de ser carcajada para convertirse en balbuceo a la espera de ser digitado pero no necesariamente descifrado. Cito: 

«Mi plan es convertirme en compañero

si no de viaje al menos de conversación

y si no de conversación al menos de fragmento encarnado

en la noche de estos animales que vuelan, balbucean

roban, brillan y no piden explicaciones

Emplumadas máquinas de escribir

que esperan el amanecer las digite

con delicadeza y precisión»

Eso que espera ser digitado, en este libro, no es risa siniestra, pero tampoco cantar catártico o iluminado. Cito otra vez: 

«El canto que llevan en su pico

raudas y sigilosas

al que atribuimos por error carcajadas, dice

las palabras son cuchillas.»

Las palabras son cuchillas, subrayo. El trinar es entonces una forma de filo. El brillo que buscan las urracas en cada objeto que hurtan, que desean poseer, es un intento por devolver el fulgor al lenguaje, que en este volumen se vuelve indistinguible de la realidad. Así, El arca de Noé que aparece entre las hojas del té en los versos que abren el volumen, bien podría estar dibujada en los contornos de las letras que lee “bruja obsesa de la lengua” (es decir, no cualquier bruja, no una bruja obsesa con la realidad, porque la realidad y la lengua se entremezclan). Lo que adivina la vidente no es el futuro, no son hechos ni acontecimientos los que asoman en el porvenir anunciado por las hojas del té, sino palabras; y es el filo también brillante de una palabra el que espera ser robado por una urraca para volverse escritura. La fuga, así, es constante y de una belleza sorprendente. Como si fugarse y belleza fueran sinónimos vueltos posibles por este volumen. Cito: 

«Con tenazas en la mano

Y un libro de poemas en la otra

La belleza se defendió»

O:

«Hay palabras que se resisten a ser nombradas a plena luz

Y preguntas que abren vísceras

Por ejemplo ¿a qué hora amanece?»

O:

«Todo habla o canta

Estamos aquí todavía»

Ocho urracas es un libro que oscila con brillantez, es decir, con fulgor propio, con luz propia, entre la irreverencia,  el humor y versos como los siguientes, que se repiten como un rezo, apuntando también el sentido del poema, es decir, a su dirección. Cito estos versos sueltos, que en un vaivén, se repiten en otro poema de la colección: 

«Una persona al fondo del mar

Se incorpora se arrodilla y reza»

«Una persona arrodillada reza en el fondo del mar»

«En el fondo del mar

Hay heridos dispuestos a pelear».

Las palabras son cuchillas, subrayo otra vez. El sentido del poema es hacia fuera. Es apuntar hacia fuera. Hacia la herida que abre el filo brillante de esa cuchilla. Y nos invita a dirigir nuestra mirada hacia allá.

A ese afuera que no es metáfora, no es alegoría, no es tampoco una forma de evasión, sino un espacio, una zona, donde, “todo habla o canta”, donde, al fin y al cabo, como dice este texto, la belleza se defiende en la melodía alucinada de esas aves y en la perplejidad de la escucha de esos “pobres autómatas implumes” que intentan, que intentamos, todavía, organizarnos. 

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