Ruta 24

Ricardo Olave Montecinos

Una luz sorprendió a Armando en el camino. Llevaba más de 10 años haciendo el mismo recorrido y nunca antes había visto algo parecido. Sus compañeros de ruta acostumbraban a ver sombras en la carretera, algún peluche que supuestamente caminaba cerca de las animitas, o luces extrañas que asumían sin muchas explicaciones que eran extraterrestres, aunque él prefería no creer en nada paranormal. La luz que veía cada vez más cerca debía ser alguien. 

Pese a que no era común encontrarse con algo así en el camino, las noches por la ruta 24 siempre eran un misterio que para Armando terminaba con el amanecer más único que había visto, y que se jactaba con recelo que solo algunos tenían la dicha de contemplar. Nunca le complicó conducir 16 horas seguidas, y menos en los turnos nocturnos, dónde era el único chofer de transportes Buen Destino con permiso para trabajar a esas horas, producto de décadas al volante haciendo el mismo recorrido. Tantas noches rutinarias, en que las canciones del MP3 se repetían hasta al cansancio a la espera que la antena sintonizara un dial, Armando se acostumbró a soportar extenuantes jornadas, despierto como pocos, resistiendo el cansancio y el agobio de que parte de su vida pase por la cabina de un camión. La mayoría de quienes transportaban salitre desde la última planta existente en María Elena, tenían miedo a recorrer el desierto a oscuras, luego de ver una serie de accidentes en los últimos meses, en que el cansancio dejaba gigantescos camiones hechos añicos, comprimidos por la violencia de la velocidad a chatarra. Por cada accidente, los cuerpos volvían en urnas a los lejanos pueblos de los que alguna vez habían salido para trabajar, y los dueños de las empresas de transporte lamentaban el hecho, mientras recuperaban los saldos con los seguros comprometidos. Armando, frío en su actitud, prefería no pensar que algo así le pasaría, solo quería conducir. Tenía tanta fe en sus años de carretera que, mientras avanzaba hacia la luz, trataba de responderse a sí mismo quién era el sujeto perdido en el desierto de Atacama. 

Las luces delanteras le impedían identificar a la persona que hacía señas con luces. A casi unos 25 metros de estas, comenzó a bajar los cambios, hasta que logró detenerse cerca de la sombra. Cuando estuvo al frente de ella, reconoció a un joven rubio, que probablemente no sobrepasaba los 20 años, que utilizaba dos teléfonos como linternas mientras movía con fuerza sus brazos. Las preguntas de cómo terminó parado en la ruta se contraponían a su esmerado esfuerzo por cumplir su oficio de forma ejemplar, que lo llevaba a respetar las reglas sin importar las circunstancias, aunque por esta ocasión prefirió hacer caso a la sugerencia de la empresa de tener estrictamente prohibido subir a personas ajenas a la compañía. 

Tapado con una frazada de alpaca y vestido con ropa veraniega, parecía que el chico llevaba largas horas esperando, porque su cuerpo demostraba que la hipotermia hacía de las suyas. “La primera persona que veo en dos días” pensaba el conductor, mientras miraba por uno de los espejos como el chico corría hacia el camión. Armando abrió la puerta, y vio como el desconocido subía con dificultad la escalera que separaba al desierto de la carrocería. Cuando el joven se acomodó en el asiento del copiloto, solo atinó a encender el motor para seguir por la ruta.

El chico temblaba, y mientras se recuperaba gracias al calor del motor, sobaba sus manos entre sus piernas. El chico mantenía silencio y al intentar hablar solo tiritaba. Por otra parte, Armando pensaba cómo interactuar con alguien más joven. Tenía hijos, varios, algunos sin reconocer, pero con ninguno había logrado mantener una conversación de más de 10 minutos, a pesar de que los quería sin expresarlo verbalmente, o al mantener a la mayoría con el sueldo que ganaba vuelta tras vuelta. Comúnmente su actitud era tosca, y le costaba que salieran palabras de su boca con desconocidos. Lo único que se le ocurrió preguntar fue si lo habían asaltado, a lo que el chico negó con la cabeza.

—¿Y a dónde quieres ir?

—Necesito ir a Santiago.

—Estás bastante lejos— dijo entre risas, a lo que el muchacho no sonrió. 

—¿Y cuál es su gracia?— dijo con especial picardía, a lo que el chico no supo qué responder. 

—Te pregunto si tienes nombre, muchacho.

—Manuel—, respondió. 2 sílabas. Igual que Javier, el nombre de su hijo menor, con quien no tenía buena comunicación y sólo intercambiaban saludos cuando él aparecía por la madrugada, tras viajar extensas horas hasta su casa en un pequeño pueblo del sur. Armando trabaja en turnos de 15 días, y la misma cantidad de tiempo tenía para descansar, aunque gastaba 4 de sus días libres para regresar al hogar. Armando hacía el mismo viaje desde hace 10 años. Al bajar del norte en sus días de descanso, tampoco pasaba mucho tiempo descansando, ya que siempre encontraba alguna excusa para salir a trabajar dentro del pueblo. Al ser el sexto de 9 hermanos, y criarse en uno de los barrios más empobrecidos de la zona, a temprana edad tuvo que comenzar a trabajar, lo que generó un rechazo constante a la idea de estar tranquilo. Descansar era sinónimo de no tener qué comer al día siguiente, y sus pensamientos se incrustaron en él tan profundamente que aprendió a convivir con ellos, encontrando en los extensos kilómetros de ruta un descanso de sus ideas. 

—Si quieres llegar a Santiago, tendrás que acercarte a Tocopilla. Al ritmo que vamos, estaremos antes de las 6 de la mañana allá, donde podrás tomar algún bus que te pueda llevar de vuelta. Aunque te aviso, son hartas horas.

Pese a no ser un conversador nato, Armando sabía que si se esmeraba podía entablar conversación. Para su suerte, Manuel decidió escucharlo, tomando confianza y cumpliendo con una obligación avalada entre quienes hacen dedo en la carretera, aunque el niño no supiera producto de la situación, que es entretener al conductor para que no se quede dormido.

Armando disfrutaba contar sus anécdotas, que constantemente repetía entre sus colegas cuando se topaban en los casinos de la empresa, y supo abordar la conversación con soltura, recordando alguna ocasión en la que estuvo al borde de la muerte. Manuel, pese a sentir que no tenía tanto en común con este hombre avejentado por el sol del norte, era alguien que disfrutaba de escuchar. Al notar cada detalle de las historias del camionero, llegó a cuestionarse si su buena situación monetaria era la causante de tener una vida aburrida y monótona. Era un vacío que se sentía corporalmente debajo de la boca del estómago, y provocaba largas jornadas tirado en su cama mirando el techo.

—¿Cómo terminaste en medio del desierto, chiquillo?

—No medí las consecuencias— expresó educadamente, manteniendo cierta distancia con el conductor.

Aunque alcanzó a estar a oscuras en la carretera un par de horas, luego de quedarse solo frente al atardecer, los problemas de Manuel venían de hace varios meses antes. Sorprendido por el divorcio de sus padres, producto de una prolongada infidelidad por parte del patriarca, el niño de 16 años sufrió una herida difícil de cerrar. Quizás sus notas en el colegio o sus buenos resultados como atleta juvenil parecían una muestra de salir adelante, pero el vacío que dejó en él la extinta alegría de una familia perfecta en el departamento, fue algo difícil de llenar y expresar en palabras, y que con ningún psicólogo pudo conversar. Su padre, a quien idolatraba y sentía como su máximo compañero, desapareció sin explicaciones, y menos sin preocuparse del dolor que su único hijo construyó, luego que su madre se enfocara en salir adelante, dejando de lado la relación con el muchacho para buscar la felicidad personal.

La familia se quebró en otoño, y durante las próximas dos estaciones, Manuel comenzó a enfriar sus gustos y emociones. Pese a que la comunidad escolar entendía su reacción tras la repentina pérdida, el chico se dejó de ver en las prácticas en la cancha de su colegio cordillerano, y en clases sus ojos se eclipsaban en ideas tristes, provocando que ciertas veces pidiera permiso para ir al baño a llorar tranquilo, asustado porque algunas de sus lágrimas nublaban su vista mientras se concentraba en lo que algún profesor escribía en la pizarra. De familiares y amigos no ahondaremos mucho, porque en su cabeza cuando estos aparecían, él sentía que hablaban en monosílabos, repitiendo una y otra vez frases motivadoras que buscaban sacarlo de su dolor. Él no quería escapar de su dolor.

Para cuando el verano llegó, el chico que aún esperaba que un fin de semana apareciera un mensaje de su padre para invitarlo a un partido de fútbol, las cosas tomarían rumbos extraños. Su madre comenzó a prestarle más atención, tras cierta reticencia que ella misma concluyó que no le hacía bien a la relación, por lo que comenzó a considerarlo tras sus extenuantes jornadas de trabajo, o salidas por las tardes a los bares de Providencia. Pero tal como muchos otros padres, no supo qué hablar, a qué actividades considerarlo para invitarlo, menos para considerar su opinión de cara a un viaje sorpresa al norte en vehículo para presentarle a su nueva pareja, un hombre quien sin decirlo había dejado claras intenciones de no formar lazos con el chico.

Manuel, anonadado al ver que era incluido a la fuerza a compartir con la nueva pareja, sintió que el  viaje era más una ofensa que una oportunidad para conocer a su madre. Con todas estas ideas en su cabeza, las vacaciones en la camioneta comenzaron sin muchas novedades por la ruta 5 norte. Con destino a San Pedro de Atacama, el viaje no tenía un plan fijo, por lo que paraban en diferentes pueblos. No sabía a ciencia cierta si lo que le molestaba era la diferencia de edad entre el extraño sujeto y su mamá, o que habían planeado todo a escondidas de él, llevándolo casi por obligación.  

A su vez, la presencia de este sujeto como conductor solo hacía crecer su desprecio a él, sintiéndolo como un usurpador. Muchos años le costaría entender las decisiones de su madre, pero en ese entonces no podía hacer caber en su mente que ella había olvidado tan rápido a alguien que nunca más volvió a aparecer. En cierta medida, no sabía cómo continuar.

—Insulté a mi padrastro— dijo sin pausas, para luego mirar lo oscuro del desierto por su ventana.

—¿Y por qué tanto conflicto? ¿No me vas a decir que ellos te dejaron botado en la ruta? Los papás pa’ paleteados.

—No es mi papá, pero sí. Me dejaron.

Armando vio en la mirada del chico reflejada en la ventana el mismo desgano que su hijo mayor expresaba cuando intentaba entablar una conversación larga. El muchacho en sí mismo parecía una olla a presión, aprisionado de emociones que nadie le había enseñado a controlar. 

—A veces los papás tomamos malas decisiones— dijo sin pensar, antes que Manuel concentrara toda su atención en el conductor. Hace un par de minutos las palabras salían naturalmente de su cabeza, pero ante la mirada del copiloto Armando comenzó a titubear tratando de decir algo, que no sabía muy bien qué, pero que volvía el ambiente incómodo, ese espacio entre los asientos que, ajustados por los cinturones de seguridad, hacía que las dos personas que habitaban la cabina quisieran escapar. 

—¿Usted tiene hijos?

—Varios, para ser honestos. Y no converso con ninguno. Tampoco me llaman mucho, y eso que los educo. 

—Mi papá se fue hace un tiempo y tampoco volvió a llamar.

—¿Y tu mamá? 

—Al menos lo intenta. Pero ahora prefiere a su nueva pareja que a mí.

—¿Y por qué lo tienes tan claro?

—Lo digo, no más. Estaba tan enojado que comencé a putearlo. Cuando se me fue de las manos, solo me bajé y los mandé a la chucha.

—A veces los papás tomamos malas decisiones. Yo ya estoy viejo, pero si pudiera hacer algo para mejorar las cosas, lo habría hecho. Es lo que nos toca—. 

Manuel vio en la cara de Armando un gesto de vergüenza. En un minuto sintió que su historia era más ficción que realidad, aunque sentía distinguir cada tonalidad que elegía para confesar con oprobio cómo había actuado por tantos años. Armando quedó con su boca semiabierta, como si lo que quería decir estuviera atrapado en su garganta, hasta que sacudió su cabeza y volvió a concentrarse en el volante. 

—Trabajando acá gano bien, puedo enviar plata, lo más que puedo. Mi gente me ha sacado en cara que lo único que sé es enviar plata, pero cuando pasa el tiempo…Cuando pasa el tiempo, no hay mucho que se pueda hacer—, soltó nuevamente. Armando decía palabras magulladas, oraciones cargadas de cierta decepción, como si una mochila llena de culpa por acciones que no pudo medir en su momento estuvieran soltándose ante el chico.

—Yo no soy nadie pa’ decirte que hagas algo. Quizás vivirás muchos años echándote la culpa de lo que pasó, o sacarás en cara que te dejaron abandonado en la carretera. Pero la culpa no es tuya, siempre es de nosotros. 

El conductor se sentía hipócrita. Aconsejar sin llevar a práctica lo que recomienda no era algo que le acomodaba, por lo que decidió mantener su vista apegada a la ruta. Manuel comenzó lentamente a ver lágrimas en sus ojos, gotas que se transformaron en sollozos, acompañados de la congestión propia de un llanto incontrolable. Armando posó una de sus manos en el hombro del muchacho, de la que el niño se aferró un par de minutos. —La culpa no es tuya—volvió a repetir, hasta que Manuel se tranquilizó hasta quedarse dormido.

El conductor siguió avanzando por el horizonte, hasta que los primeros rayos de sol comenzaron a aparecer. Para cuando el camión ingresó a Tocopilla, el conductor avanzó más allá del almacén de carga donde debía entregar el envío, estacionando el camión cerca de la parada de buses donde usualmente esperaba para retornar a casa. Con ligera torpeza, despertó al muchacho, a quien orientó qué tenía que hacer. Manuel volvió a prender los teléfonos que había usado como linternas un par de horas atrás, y descubrió un centenar de llamadas de su madre, con quien conversó para dejarle en claro que estaba bien, que se devolvería a Santiago, y que había conseguido ayuda.

Armando decidió aportar comprando los pasajes, los que el muchacho prometió que devolvería en algún minuto. Manuel estaba agradecido por su ayuda en el desierto, y solo atinó a dejarle como recompensa la frazada y un anillo de plata que llevaba con él en el parabrisas, que Armando notaría cuando entregue su camión al terminar el turno.

—Llegando a casa le deposito. Lo prometo.

—Basta y sobra, muchacho— respondió, para luego ver que Manuel corría al bus que se acercaba al paradero. No hubo intercambio de teléfonos, ni pronunciación de los apellidos para buscarse en el futuro. Esa fue la única y última vez que se encontraron.

Días más tarde, cuando Armando volvió al sur, llegó de madrugada y en completo silencio para no despertar a su familia. En su mano, llevaba puesto el anillo, y la frazada de alpacas amarrada encima del bolso de viaje. En cierta medida, la conversación con Manuel no había desaparecido. Antes de acostarse, subió por las escaleras hasta la pieza de Javier, a quien miró dormir durante mucho rato. Alcanzaba a ver la mitad del rostro de su hijo, iluminado por el poste que entraba por su ventana. Armando dudó mucho tiempo antes de acercarse, hasta que con la poca sutileza que lo caracteriza se acercó tímidamente para darle un beso en su frente. Armando estiró en la cama del muchacho la frazada y se retiró en silencio.


Ricardo Olave Montecinos (Temuco, 1997). Periodista de la Universidad de La Frontera. Ha participado en áreas culturales de diversos medios nacionales como El Austral de La Araucanía, LaRata.cl o Culto. Actualmente escribe en La Tercera y es parte del podcast dedicado a temas mapuche “Recado Confidencial Operación Wallmapu”, disponible en Spotify.

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