Copiar y Pegar Crear

Felipe González Fierro

La RAE define ‘facsímil’ como la “perfecta imitación o reproducción de un escrito”. En Facsímil, cuarta “novela” de Alejandro Zambra, el autor nos introduce en su texto con otra acepción: ‘facsímil’ como sinécdoque del ‘libro de ejercicios’ que históricamente ha sido filtro decisivo en el (no) acceso a la educación superior en Chile. Este par de significados da cuenta de dos rasgos distintivos en el libro de Zambra: el carácter dialógico del lenguaje, que permea cada término con matices adscritos por toda subjetividad; y, contradictoriamente, la idea de «copia» que subyace en ambas acepciones y que se traduce en uniformidad, en una no-identidad. 

Así, Facsímil se presenta como un intento de reconciliación entre dos aristas en apariencia disímiles: no la de un «facsímil polisémico» —propuesta que se demuestra fútil en las primeras páginas del libro—, sino la conjunción de una forma y contenido que parodia la falsa selección múltiple que se busca con la aplicación de este formato. Para dicho propósito, el autor utiliza el esquema de la extinta Prueba de Aptitud Verbal, con sus secciones de “Término excluido”, “Plan de redacción”, “Uso de Ilativos”, “Eliminación de oraciones” y “Comprensión de lectura”. 

De allí la necesidad de comillas al referirse a esta “novela”: la narración se muestra de manera dispersa, heterogénea; a los segmentos en los que se hila una sucesión de acontecimientos se une la propia voz del lector, que navega esta prueba respondiendo al llamado de los enunciados instructivos que preceden cada sección. Si todo acto de lectura es una invitación (del autor hacia el lector) para la decodificación de signos y símbolos, la propuesta de Zambra consiste en volver autoevidente dicho acuerdo.

¿Cuál será, entonces, la sustancia con que insuflar esta estructura? Pese a que la obra inicia con un sugerente ataque frontal hacia las prácticas educacionales —avance que persiste, aunque de manera cada vez más subrepticia—, la idea del texto como una «denuncia transversal» sugiere un alcance más acorde a aquello que es denunciado: las condiciones en que se gesta la reconstrucción de un Chile posdictadura, cuyas relaciones filiales y educacionales se ven mediadas por un fantasma que se niega a ser exorcizado.

De esta manera, “Término excluido”, que se inicia con una clara declaración de intenciones —“1. FACSÍMIL: A) copia B) imitación C) simulacro D) ensayo E) trampa”—, va evidenciado las «trampas» propias de una prueba que se propone trabajar con el lenguaje sin considerar la carga literaria, social y política que este conlleva; su potencialidad subversiva.

Particularmente interesante es el ejercicio “18. FAMILIA”, que incluye las alternativas “D) alfajores” y “E) pedofilia”. Se siembra así la duda de si ‘alfajores’, por su carácter plural, podrá referir a la ‘familia de dulces’ que comparte semejantes características. Sobreanálisis descabellado, pero en línea con la problematización de acercarse a cada ejercicio como un hecho aislado: el antecedente de las preguntas anteriores impide manejar el lenguaje como un suceso estéril, despojado de las relaciones inherentes a su carácter. Ejercicio lleno de sorna, y también de rabia: que ‘alfajores’ desentone por encima de ‘pedofilia’ da cuenta de la idea del abuso como un hecho cuya frecuencia al interior de las familias naturaliza dicha asociación.

El segmento que mejor sintetiza estas claves interpretativas son las narraciones contenidas en “Comprensión de lectura”: al (auto)reconocimiento de la empresa llevada a cabo —a través de la reflexión metaliteraria que un narrador realiza en torno a esas pruebas donde “copiar resultaba más bien fácil, pues [eran] con alternativas”—, se suma una dictadura cuyos resquicios se mantienen incólumes, con una Constitución que burocratiza las relaciones humanas —con bodas en domicilios cuyas “manchas de vino en las paredes” simulan un Chile teñido por la sangre— y coarta las libertades que debieron surgir con el triunfo de la democracia.

Decir que este era, así sin más, el escenario que se vivía cuando Facsímil vio su primera publicación (Hueders, 2014) significaría recurrir a una referencia empobrecida —poco matizada— de la realidad: hablar de una “atmósfera de resignación” sería una expresión más cercana a la verdad, y también una acorde al objetivo del libro. Sin embargo, en los años transcurridos desde aquella y esta reedición que nos ocupa (Anagrama, 2021), hemos sido testigos de múltiples sucesos que parecieran desafiar esta visión (superficialmente) derrotista del mundo: particularmente en Chile, todo lo acaecido en (y desde) lo que se dio en llamar «el estallido social» lleva a pensar en aquel 18 de octubre de 2019 como la reacción final —a su vez originadora de otras venideras— de una bomba de tiempo plantada décadas antes, cuyo reloj, de funcionamiento errático, habría de alcanzar eventualmente la hora convenida. Y precisamente la estructura de Facsímil, que con el avanzar de las páginas pareciera tornarse más esquemática, es un intento de dinamitarse a sí misma a través del lenguaje: porque el ceñirse a una forma obsoleta, facsimilar, conocida mas nunca familiar, no obedece a una falta de imaginación; es en aquel espacio —evidencia de la farsa estructural— donde hallamos la posibilidad de acercarnos y dar cuerda a ese reloj. «No eran treinta pesos, eran treinta años», ya hoy un lugar común —meme, incluso—, sonó con fuerza porque la metáfora sabía dar cuenta de una dimensión de la realidad inaccesible al lenguaje ordinario.

Aventurar razones (alejadas de la lógica del mercado) para la recuperación de este libro por parte de Anagrama podría resultar un ejercicio harto infructuoso, cuando no ingenuo. Pero si hemos de dejar el cinismo de lado, si hemos de mirar directamente al abismo en el que nos sumimos, hoy en día, como humanos, pensar esta reedición de Facsímil puede ser una tarea hasta obvia: con una crisis mundial de corte sanitario —y político; y moral; y literario; y humano— que ha sido materia prima para tanto libro oportunista, la obra de Zambra se erige como fresca precursora. Lamento de lo imborrable —“no se puede borrar a los padres”—, lamento de la violencia que graba en nosotros una huella psíquica tal que, aunque borremos las respuestas, nos vemos movidos a copiar discursos que ya no son los propios; una oda a la melancolía, pero una oda que también arrastra la esperanza de un relato diferente: lenguaje y literatura como actos de resistencia; reescritura de todo aquello que parece ya estar dicho.

Tal es la respuesta de Facsímil.


Tras cuatro alienantes años en un trabajo de oficina, Felipe González Fierro (Santa Cruz, 1995) se ha convertido en estudiante de Letras Hispánicas, licenciatura que cursa en la Universidad Católica de Chile. Lee y, a veces, escribe: a menudo fracasa.

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