La estética gamer del Estado Islámico

Ernesto Castro

El siguiente texto es un adelanto del libro Otro palo al agua. Textos de crítica cultural, de Ernesto Castro, publicado este año por Roneo Editorial. Lo pueden encontrar y comprar aquí aquí.


Sequemos nuestras lágrimas y quizás tengamos la satisfacción de descubrir que una acción, perturbadora moralmente hablando,
y sin nada que la justifique, juzgada con los principios del gusto se convierte en una actuación muy meritoria.
Así todo el mundo queda satisfecho; se constata el viejo refrán de que no hay mal que por bien no venga.
Thomas de Quincey (1)

En enero de 2015, el Estado Islámico de Irak y el Levante –el Dáesh, para los amigos– quemó vivo a Muath al Kasasbeh, un piloto jordano que los islamistas habían hecho prisionero a finales del año anterior y que, al parecer, habían querido intercambiar por Sajida al Rishawi, una yihadista kamikaze fallida que había estado recluida en Jordania desde 2006 y que fue inmediatamente ahorcada en represalia. Ignoro si las ejecuciones son públicas o privadas en Jordania; por muy públicas que fuesen, nunca alcanzarían la publicidad que le brindó Fox News a los islamistas al publicar en su página web el vídeo íntegro de la quema. Por no editar, no editaron ni los títulos de crédito, en los que se invita a asesinar a otros pilotos que han participado en los bombardeos contra el Dáesh, facilitando la dirección de sus hogares a través de Google Earth.

Partiendo del común rechazo moral que todos sentimos –¿o deberíamos sentir?– respecto de la pena de muerte, sobre todo en sus formas más crueles y arbitrarias, los debates suscitados por este vídeo han discurrido por los cauces de la ética periodística (¿dónde termina la información y comienza el morbo psicópata y/o el enaltecimiento del terrorismo?), de las comparaciones históricas aberrantes (el Dáesh ha quemado a un jordano; ¿cuántos negros se han quemado y linchado durante la historia de Estados Unidos?) y de la hipocresía en las redes sociales (¿por qué YouTube y Facebook prohíben y censuran este vídeo y, sin embargo, permiten tropecientas grabaciones similares sobre, por ejemplo, la Guerra de Vietnam?), dejando a un lado lo que a mi juicio es el aspecto más notable de la cinta: su estética. 

Ponerse a analizar la estética del terrorismo no es ninguna frivolidad, aunque se hayan dejado caer muchas frivolidades sobre ella; como lo que dijo Karlheinz Stockhausen de que el atentado del 11-S fue una Gesamtkunstwerk wagneriana («la mayor obra de arte de Lucifer, ángel caído que encarna la destrucción»(2)). No lo fue, por la misma razón que la destrucción de la Casa Blanca de Washington en la película Mars Attacks! tampoco lo es. Y es que una obra de arte total se mide por el artificio de su apariencia, no por su grado de realidad. En este sentido, la caída de las Torres Gemelas tiene el mismo valor estético que un anuncio de supermercado: puramente propagandístico. En este caso, lo que se quería propagar es el terror, que consiste básicamente en un estado mental, en una amenaza potencial siempre concretable. Nunca está de más, por lo tanto, analizar la apariencia fantasmática y espectacular del terror.

No hace falta decir que el vídeo del Dáesh no es recomendable que lo vean las personas con la sensibilidad a flor de piel; no tanto porque sea violento o morboso, sino porque no lo es en absoluto. Los que quieran ver una snuff movie realmente indignante y vomitiva, más les vale revisar clásicos del género como 3 tíos, 1 martillo, pues aquí el Dáesh no nos ofrece la típica escena que obliga a cerrar los ojos, permitiendo que uno se reafirme en su papel de espectador civilizado, comprometido y biempensante. Lejos del formato canónico de la grabación de un solo plano larguísimo, donde la mala calidad de imagen constituye una garantía de realismo documental «en bruto», los terroristas islámicos nos regalan veintidós minutos de puro arte, que hasta podrían llegar a obtener un premio en la sección de cortos de algún festival de cine hípster. No en balde, el vídeo tiene un montaje trepidante, una banda sonora edificante, un desarrollo de personajes coherente y una narrativa que, sin recurrir al truco del cliffhanger, nos deja literalmente en ascuas. Como un capítulo piloto de Netflix o de la HBO, vaya.

No es ninguna frivolidad, insisto, señalar la influencia de Steven Spielberg en la primera parte del corto, donde el Dáesh reconstruye los orígenes del reinado de Jordania, con una grabación delirante de caballos y tanques luchando en el mismo campo de combate (una referencia kitsch a la intervención de los anglosajones en la región después de la Primera Guerra Mundial). Por no hablar de la ludificación que presenta la segunda parte del clip, donde unas infografías muy parecidas a las de la saga gamer de Call of Duty ilustran una entrevista a Al Kasasbeh sobre las fuerzas aéreas anti-Dáesh; en ella, la imagen del piloto jordano se visualiza y virtualiza como si fuera un personaje del videojuego Assassin’s Creed. ¿Y qué decir de la tercera parte de la cinta, la ejecución, que pretende mostrar la zozobra anímica de Al Kasasbeh con unas técnicas de montaje psicótico directamente cortapegadas de la serie de televisión Homeland? La ficción vuelve a verse superada por la realidad en lo que las dos tienen de artificio, embeleco y socaliña. 

Esto no quiere decir que la guerra civil sirio-iraquí «no haya tenido lugar» (o «no siga teniendo lugar», pues el conflicto sigue aún en marcha, casi una década después de su comienzo); a diferencia de lo que pensaba Jean Baudrillard sobre la Primera Guerra del Golfo, negando su realidad sustantiva simplemente porque fue retransmitida en vivo y en directo(3). La conversión de la contienda militar en un producto de consumo –el fetichismo de la mercancía televisiva o tuitera– no oblitera la realidad efectiva de las personas que están sufriendo. Puede ser que los aviadores americanos experimenten los bombardeos en Siria como un mundo virtual perfectamente circunscrito a la cabina de control remoto de su dron; pero la tesitura de Al Kasasbeh demuestra que esa no es la suerte de los pilotos jordanos, que se juegan la vida en un trabajo de dudosa catadura moral. Y digo bien: las imágenes más impactantes del vídeo no corresponden a la quema del piloto –todos los días se emiten en horario infantil escenas mucho más cínicas y gores–, sino al material de archivo que habían compilado los islamistas sobre las desfiguraciones y muertes de civiles que constituyen el daño colateral diario en este tipo de bombardeos sin cuartel.

A la altura de 2015, uno podría incluso dudar sobre si seguir llamando «terroristas» a los militares del Dáesh, por muy despreciable que fuera moralmente la quema de Al Kasasbeh, toda vez que el fin último de ese vídeo era apartarse de la estética del terror que habían frecuentado los daeshitas durante sus primeros meses de reconocimiento mediático internacional y sentar las bases de un ritual de Estado. Según cierta tradición libertaria, la única diferencia que hay entre una banda de criminales y el gobierno de un Estado son sus ceremonias, sus rituales, su parafernalia. En este campo, el Dáesh demostró una superioridad aplastante frente a Irak, que había colgado a Sadam Huseín de una soga; y a Jordania, que, a modo de feedback ante la quema de Al Kasasbeh, colgó también de una soga a Al Rishawi (la «yihadista kamikaze fallida» de la que hablamos previamente). Claro que el término «terrorismo» se acuñó originalmente para referirse a ese Estado que estilizó la condena a muerte como una de las bellas artes: la Primera República Francesa, con su siempre afilada y goteante guillotina. Como sucede con los documentales norcoreanos, donde los desfiles militares al más puro estilo asiático se dan la mano con críticas a la industria cultural y a la sociedad de consumo occidentales que podría haber firmado un miembro de la Escuela de Fráncfort, el objetivo del vídeo del Dáesh no es atemorizar, sino dejar boquiabierto. Compárese con <www.elblogdelnarco.net>, donde se anuncian las fechorías perpetradas por los cárteles mexicanos, y adviértase la diferencia. Afortunadamente, contra lo afirmado por Ludwig Wittgenstein en el Tractatus lógico-philosophicus, ética y estética no son ni mucho menos la misma cosa(4).

 Decía Michel Foucault en Vigilar y castigar que la función del derecho punitivo en el Antiguo Régimen era restablecer el cuerpo místico del rey, que había sido violado por el crimen y regresaba a su orden natural mediante la penitencia pública del condenado(5). Esta es una concepción expositiva y retributiva de la justicia que también secundan los –llamémosles así– «nuevos-antiguos regímenes» de Oriente Medio, dentro de los cuales están desde los wahabíes sauditas hasta los duodecimanos iraníes, pasando indudablemente por el Dáesh, cuya principal innovación en este campo ha sido su viralidad cibernética. Nunca ha sido más cierta la cantinela benjaminiana de que todo documento de cultura es al mismo tiempo un documento de barbarie que cuando productos culturales tales como la televisión o internet convierten a los bárbaros yihadistas en un fenómeno de masas por todo el mundo. No en balde, «fascinante» y «fascismo» comparten algo más que etimología. Cabe esperar que llegue a nivel global ese momento, que según Lynn Hunt tuvo lugar en Europa a mediados del siglo XVIII, en que la gente se canse de ver ejecuciones por streaming(6). Hasta entonces, solo podemos constatar la victoria estética de los terroristas y hacer como Leoncio en la República de Platón: 

Cuando subía desde el Pireo por la parte de fuera de la muralla norte, se dio cuenta de que yacían en el suelo unos cadáveres junto al verdugo, y por un lado le apetecía verlos, pero por otro también sentía aversión y se echaba atrás; durante un tiempo estuvo luchando y cubriéndose el rostro, pero finalmente, vencido por su apetencia, abriendo de par en par los ojos echó a correr hacia los cadáveres y dijo: «¡Mirad, desgraciados, saciaos con este hermoso espectáculo!»(7).

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  1. Thomas de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, Valdemar, Madrid, 2008, pág. 24.
  2. Roberta Bosco, «Stockhausen aclara por Internet su visión del ataque a las Torres Gemelas», El País, 18/10/2001.
  3. Cfr. Jean Baudrillard, La guerra del Golfo no ha tenido lugar, Anagrama, Barcelona, 2006.
  4. Cfr. Ludwig Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus, § 6.421.
  5. Cfr. Michel Foucault, Vigilar y castigar, Siglo XXI, Ciudad de México, 2009.
  6. Cfr. Lynn Hunt, La invención de los derechos humanos, Tusquets, Barcelona, 2009. 
  7. Platón, República, 439e.

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