Reciclar un espejo

Manuel Boher Varela

Este año salió Isla Decepción, la primera novela de Paulina Flores. Pienso que hay una gravedad específica en el arte publicado en pandemia, en los libros, por ejemplo, que se imprimen durante las cuarentenas, un peso que, por algún motivo, llena más las manos; no porque consuele o multiplique la bacteria estoica; estos textos no son bolas de hierba, ni aromaterapias ni relámpagos ni triunfos; son, quizás, levantar el capó y ver, sin entender del todo y teniendo cierta aprensión a la grasa y al aceite; cómo los motores encajan y sus anillos se engastan a sus fierros y cómo se libera el humo más feo del mundo cuando cuajan sus partes. Un poder simple, una belleza frecuente: un vistazo al cuarto de máquinas e ingeniería. Y esa es una sensación participativa, en cierto modo, pero también apreciativa; súper privada, y así era nuestra ajada, dividida, normalidad peatonal; entrar y salir de la membrana, entre el uno y el muchos, donde el muchos; el todo, es el potenciador del uno, y el uno es el potenciador del otro. Estos libros, o discos, o películas, o teleseries, son una añoranza de estas condiciones veladas, de participar socialmente de nosotros mismos. Creo que no es un pensamiento inoportuno, porque además de las circunstancias de la publicación, en Isla Decepción se barajan estas posibilidades; la narración se pone entre el paisaje, la familia, la memoria y la crueldad; todas formas de otredad, acusadas por mitos y, a veces, grandes demografías; y hacia allí los protagonistas invocan una voz que los maneja; una sombra entre ellos, energizados por sus historias, y las comunidades o las instituciones amuralladas que inauguraron o vieron enrevesar la peor parte del nudo que los ha desplegado en las posiciones que ocupan, siempre lejos de algo, postergando.

Y responsabilizar a los materiales del recuerdo no solo es tropo o potencia poética; es un recurso para relacionarnos con nuestra memoria, es símbolo, naturalmente el arte está arropado siempre con el valor del montaje, los objetos de la composición, de la foto; del cine, por ejemplo, que es otro faro para entender la prosodia de Isla Decepción. En la imagen que abre el libro, un panorama de oscuridad humedecida por el océano nocturno, el puente de mando del capitán, lleno de objetos domésticos y fotos de santos, da una textura humana a este territorio sobreestimulante que, finalmente, representa una nada que se dilata de manera terrible. Hace pensar: esta lancha es aquí, en medio de esta otredad que aletarga, que hace dudar. Y desde ahí, quizás, las cosas insisten; y la disposición y la unión de los materiales transforma la fuerza, o redirecciona las ráfagas de fuerza con las que el paisaje y sus elementos fatigan a los personajes de sí mismos, o al menos logran ponerlos en un lugar de memoria. Es decir, hay que considerar que la narración de Marcela comienza en el furor de un viaje a reciclar, una trama acelerada que cruza un paisaje lleno de cosas y texturas y, en realidad; basura, y cuando Marcela no puede reciclar un espejo, el relato se vuelve angustiante, insólitamente específico, se ata, en alguna medida, la basura a la idea de la saturación, por tanto: a Santiago, a su departamento, a Diego; su ex pareja. La basura es omnipresente, la marea la traería a Punta Arenas, la pescarían en el buque fábrica donde trabaja Lee, y la basura sería una distancia negativa entre Marcela y su vida pendiente, un pensamiento que desencadena el monólogo de la memoria. 

Aunque, en otros momentos, la novela está interferida por las narraciones internas del Melilla: las situaciones y los perfiles son caricaturescos, como en una novela de Baricco, por lo que puedo estar olvidando, quizás, el poder tóxico del mar en su calidad de corporación retórica; es como la niebla en la película de terror homónima (The Mist, 2007), una niebla que propicia monstruos y alucinaciones espantosas, pero que por los recursos prácticos del cine de la época, la niebla también propicia la caricatura del terror; el tentáculo de plástico, la maqueta de un monstruo, que es bacán; porque acaba siendo más terrible la maqueta, más saturada, que la posibilidad real de la criatura. El mar del Melilla es así; es el objeto, el paisaje y la jaula, de proliferante deformidad y falsedad, de maltrato, fantasía y concepto. Lee, en estas extrañas sinécdoques, está permeado un poco por esta retórica de mar, niebla y caricatura: Lee es un paisaje, pero Lee es un aquí, es silencio, respeto oriental, pero también es la censura, la evasión, de su propia historia. Y esto no representa completamente una imaginación con gesto materialista, definitivamente los objetos no son los protagonistas de Isla Decepción, pero es interesante como todos los personajes tienen nudos e irregularidades en las líneas maestras que sostienen con su pasado, y las olas de basura, de cosas rotas, hace que ellos pasen los dedos por los nudos, leyendo o calculando de ellos sus circunstancias como en algunos sistemas indígenas de escritura y registro, y ese es el argumento de la novela, creo, entonces: la historia del náufrago, totalmente saciadora como quiebre a la autoficción; es secundaria, es una historia de respuesta a este marco incandescente que vibra e irradia su narración desde el fondo: y para este pasado, la decepción es una bencina imperfecta, que nunca lleva tan atrás la máquina, nunca la calza en el origen, es estorbada por lo extraño, por la fortuna, por una realidad cinematográfica y cierto verismo literario y tramposo, que vuelve incómoda la presencia extraordinaria en una vida común que, aún en su naturalidad, es resistente a cualquier forma de costumbre.

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