Primera persona o caerle de frente a la insignificancia

Gabriela Alburquenque

En un lúcido texto Julieta Marchant pone en discusión la «creencia de que la técnica es complementaria [al oficio, a la escritura], de que hay algo más allá o más acá de la técnica». Estoy hablando de “El odio a la técnica”, publicado en la revista Dossier número 44 y en el cual, pienso, la poeta y editora nos entrega una serie de variaciones sobre la poesía –y pienso también, la escritura– que van a hacer cuajar algunas ideas que me parecen interesantes a la hora de leer Primera persona, de la escritora colombiana radicada en Buenos Aires Margarita García Robayo, publicado en Chile este año por Editorial Montacerdos, y que tiene relación con lo que Marchant enuncia como «nuestra infinita insignificancia»:

«La figura del poeta mesiánico alimenta nuestro canon desde siempre. La poesía es un llamado –¿de dónde?– que nos llama –¿a quiénes?– a pensar los grandes temas –¿cuáles?–. Tal vez el asunto sea cómo se constelan nuestros deseos de grandeza respecto de nuestro oficio. Quizá, en el fondo, lo que odiamos no es la poesía sino nuestra infinita insignificancia» (párr., 6).

Sobre el libro, y antes de adentrarme en esta lectura –que es otra, una más, nunca una–, preciso señalar que Primera persona fue publicado el 2017 en Perú (Editorial Pesopluma), y que tiene, a la fecha, reediciones en Colombia, España y Chile. Dentro, encontramos una serie de artículos, textos, ensayos o primeras personas que la autora publicó antes en las revistas Telar, Orsai, Paiui, Casquivana y Arcadia. El desarrollo de la primera persona, ya anunciado en su título, es lo que fricciona estos cuerpos de textos entre sí: tejidos recorridos por arterias, vasos, canales sanguíneos que, en la portada chilena, gracias al precioso y acertado cruce con el trabajo de Juana Gómez y su obra Constructal, perfilan un sentido de resignificación del propio cuerpo –o la primera persona–  como materia prima de la obra de estas artistas. Gómez, al modo de García Robayo, resignifica el retazo de su cuerpo que le es entregado por el lente de la cámara en fotografías ampliadas en lino con la intervención del bordado a mano. Esta reapropiación del cuerpo para sí –para ella–, ocurre en García Robayo como articulación tanto pre como posverbal a esa primera persona, que así como tiene algunas cuestiones claras, que parecen indicar un origen, otras no tanto y, por eso, la aparición de lo entredicho como tejido que muestra a la vez que oculta: «Hay cosas que tengo claras: viajar es desorientarse. Estar es orientarse. Orientarse significa mirar alrededor y reconocerse. Como si uno mismo fuera capaz de verse desde afuera (desde una estrella, por ejemplo) con un telescopio y decir: allá estoy, esa soy yo. Ahora en la mira de mi telescopio, hay un espacio vacío. ¿Quién me mira ahora que estoy acá descolocada? Nadie», y sigue, apuntando algo sobre esa insignificancia antes sugerida: «No consigo comunicarme. Pero recibo mensajes de audio y videos que muestran que todo está bien; que, salvo yo, nada ha cambiado de lugar» (99), cuestiones que están tan antes como después del lenguaje, la memoria, el recuerdo o instante que se está contando.

Me detengo aquí y alcanzo la palabra de Marchant, con su modo de aproximarse al problema para rodearlo, hacer círculos infinitos alrededor de él y, entonces, reclamar el lugar de ese problema: nombrarlo –que es lo que corresponde a las palabras–. ¿Será el odio a la insignificancia, entonces, el que sustituye a la técnica y la poesía/escritura? Responder con García Robayo me lleva a abordar la autoficción, ese género que suele asignársele a Montaigne –por su uso del yo–, pero que podría haber comenzado con el llamado mesiánico de los poetas, sus musas, Heráclito o Safo y que asume un tono distinto en esta Primera persona de García Robayo, no sólo porque hay géneros de distancia –entre la poesía y la autoficción–, sino porque el alcance de esa voz, de ese tono, resuelve su consistencia desde una relación dudosa con el yo, en constantes disputas con un lugar, repito –en ella–: «salvo yo, nada ha cambiado de lugar».  Ahí, una especie de tejido es removido por un bisturí personal, un punto de vista propio que muy al contrario de instaurar un punto de encuentro objetivo, lo destruye, porque la autoficción, su auge y menosprecio, existe aquí como parte de una corriente del desarrollo de una voz.

Lo que Marchant tensiona en la intersección entre canon, técnica, talento y odio –a la poesía, a la escritura– pertenece también al plano de la estética, siempre en transformación, aunque modelado desde un yo que, sabemos, tiende a jugar en favor de cuestiones como el género, y que en el caso de esta lectura, a un libro escrito por una mujer, anulamos de inmediato ante un reclamo interior, porque esta primera persona, que atraviesa e interpela cuestiones como el feminismo, la literatura, la sexualidad, el catecismo, los roles que el relato de género nos ha impuesto, las cuotas paritarias, las complicidades y los encuentros; es también una primera persona que se quiere insertar en la literatura, como cualquier texto, sin rótulos que vengan a reclamar un no-lugar al que pertenezca por una característica posterior a la palabra –como lo sería la categoría de género–. Aquí, en términos de lenguaje, hay una serie de ejercicios que realiza García Robayo que me parecen interesantes a la luz de lo antes esbozado como lo pre y posverbal. Un antes y un después coexistiendo en el relato, a eso me refiero, a las constantes interpelaciones al pasado, a la memoria; un tiempo que está cruzado en este tejido en primera persona, que es también una segunda, y que reclama cierta coexistencia, también, entre el tú y el yo, porque nunca se está en un solo lugar narrando: «—Ese niño tiene hambre vieja. Me pregunto si el hambre tiene memoria. O edad» (90, en “Leche”) o «Imaginas cómo se verán los tres, de frente, iluminados por esa luz blanca y brillante que emana del castillo de Disney. Hay algo que te complace de esa foto. Algo que te invita a relajar los músculos y dejarte dominar por la pantalla, que ahora se hace negra como una gran ventana hacia la noche. Hay algo que te amansa. Sabes qué es, sabes exactamente qué es, pero jamás saldrá de tu boca» (153, en “Historia general de tu vida”).

Para respetar la cronología, el primer relato que encontramos en el libro es “El mar”, un texto que pone el acento en cuestiones que van a marcar o aparecer, también, en los relatos siguientes (“Amar al padre”, “Rapto de locura”, “Leche”, “Residencia”, “Mudanza”, “Historia general de tu vida”, “Mi debilidad”, “Aullidos sordos en el bosque” y “Educación sexual (folletín adolescente”): la memoria, el cruce entre la realidad y la ficción, que están en este libro tachado como autobiográfico y sobre lo cual Lorena Amaro apunta en su artículo “Cualquier trazo en la tierra se borra cuando toca el agua”: la escritura nomádica de Margarita García Robayo”, además de claves de lectura de Rosi Braidotti, Gilles Deleuze, Félix Guattari, o la realidad globalizada de Gilda Waldman, como un concepto para abordar a esta generación de escritorxs latinoamericanxs que tienden al discurso hacia ninguna parte, con un destino difuso y un origen indeterminado por sus experiencias con la memoria, su fragilidad y distorsiones. Eso, que Amaro profundiza con claridad, es uno de los signos de esta escritura que, al mismo tiempo que se construye autora, cuestiona la estabilidad de esa figura autorial por su lugar crítico en el oficio: «Me irrita que se dé por sentado que todos los escritores están corriendo la maratón de la fama. Yo no conozco a ninguno que lo esté: los escritores que conozco están preocupados por otras cosas, una de ellas es la de ganarse la vida (es decir: comprarse tiempo para escribir), porque parece no tenerse claro que de los libros literarios no vive casi nadie» (168, en “Mi debilidad”) o «Cuando uno necesita decir algo necesita decírselo a alguien, no al  mundo. Y ése es el problema de los escritores: que confundimos al mundo con alguien».

Lo que en Marchant aparece como un odio a nuestra infinita insignificancia, como un tipo de incapacidad de lidiar con nuestras aspiraciones de grandeza en relación al oficio, en García Robayo aparece como un tono, una claridad de voz, que termina por afianzar la sensibilidad de esta autora y sus modos de articular un lenguaje dispuesto a nosotrxs desde una persona que más que mesiánica, se disuelve en su propia extranjería e indeterminación, propias de una identidad incoherente —como la de cualquiera—, pero sobre todo de lo que Amaro profundiza junto a Braidotti y sus estudios sobre sujetxs nómades: «La extrañeza del yo, del sí mismo, de esa “primera persona” anunciada en el título, forma parte de ese movimiento y es condición de todo lo demás: “sólo el nómade sabe leer mapas invisibles o mapas escritos en el viento, en la arena, en las piedras o en la floresta. El escritor trotamundos” (Braidotti 50). García Robayo es de esas lectoras y escritoras» (Amaro 167). De esta manera, el carácter nomádico de esta voz no puede dejarse de lado porque es una de sus características transversales: así como estamos ante una primera persona crítica, heterogénea e incoherente, estamos también de frente a una que siempre es móvil, extranjera y tercera (tú), aunque asuma la primera (yo) persona. Hay un desgarro en estos textos que al mismo tiempo que muestran un tejido, lo ocultan.

Margarita García Robayo es una escritora del desgarro. Una escritora de la distensión de un músculo o tendón que articula no un cuerpo, sino la literatura. Hay en esta Primera persona un tejido elástico, plagado de fibras, interpelando una y otra vez a esos que reconocemos como géneros literarios, y que aquí desestabilizan la posibilidad de que la literatura nos salve del horror, como algunxs podrían pensarlo, porque más que cambiar la historia, nos sirve para enmarcarla. Desde ahí, lo insignificante, ese hilo deshilachado que está arruinando la escena final, lo que queda en el corte de la fotografía, logra que se extiendan sus márgenes para interpelar la real existencia –o insistencia– de un centro en primer lugar. En sus desgarros, es posible observar que el sistema muscular corresponde a más de un cuerpo, que la autoficción permite abordar la memoria como si se tratase de otra persona, y que tener claridad de ello es, también, tener claridad respecto a la propia persona: el alcance de su voz o la aspiración a un tono, pese a la insistencia por las indeterminaciones, lo que es y lo que podría ser, o el entremedio del condicional podría, que traza un cruce entre ficción y realidad cada vez más bordadas, anudadas, porque el «ficción» que lleva la palabra no está ahí por nada, parece decirnos esta “Primera persona”, y si vamos a la memoria siempre volvemos con más: «Mi madre (…), ya lo dije tantas veces, ya la disfracé de tantos personajes, solo responde a su monólogo interno» (51, en “Rapto de locura”) o «Tengo la tentación de recordar a m madre joven como una especie de doña Bárbara que a lo mejor no fue. La verdad es que por fuera de los ataques, nítidos en mi memoria, casi todo el resto se me escapa y tiendo a reconstruirlo como más me gustaría que fuera» (55, ibíd.), o «Cualquier parecido con la realidad es más que esperable» (124, en “Residencia”).

La modelación de la realidad en García Robayo es también una radiografía social. Aquí, lo que lxs otrxs han dicho, constelado, es fundamental porque la memoria no es una cuestión que se transite en solitario: «La historia de nuestra identidad está escrita por los otros» (105, en “Residencia”). La potencia de la primera persona que ejerce García Robayo es aquella que, más que odiar su insignificancia, la insignificancia que implica una identidad, la abraza como motor de indagación en un lenguaje, búsqueda, indeterminación, salto de rana al vacío. Vuelvo a Marchant: «presiento que a las mujeres nos han criado sin temor a lo pequeño. Y que, mientras allá suceden las más grandes batallas entre poetas –que desgraciadamente, mediante Facebook, sabemos que no tienen valor literario alguno–, nosotras escribimos sin temblar frente a la insignificancia que nos corresponde: la de lo humano» y anudo lo que pueda quedar suelto en estas ideas.

Ahora, regresamos a esta Primera persona de modo que, no quede duda, trata de asuntos de correspondencia humana: niñas con cortes estilo totumo, aspirantes a John Lennon, jovencitas con afinidades y distancias educadas en colegios atravesados por el catolicismo y sus mitos originales; una escritora en una residencia que ve su estadía interpelada por otrxs escritorxs, una madre primeriza y su experiencia con la lactancia, el relato de otras madres, otras tetas, otras leches; las mudanzas como parte de una vida, como transito frecuente que se ha vuelto rutinario, y por lo mismo, ha asumido forma de ritual: a pesar de su insignificancia, persiste porque es; la relación de una mujer con su padre, con todos los padres de su vida y sus potenciales figuras; la construcción de la madre, su borde en la locura, alcanzar el borde, recorrerlo o, simplemente, las historias que nos contamos. Estas ficciones, cruces e intersecciones de una y muchas historias, existen a partir de una voz en primera, que muy al contrario de caer en una retórica ombliguista, tuerce el ojo y oído para que en su tono, en su voz, enuncien también lxs otrxs, con sus universos y constelaciones propias, con las historias que ellxs mismxs podrían contarse: «Del relato de Luz recuerdo, sobre todo, la forma. Fragmentado, poco fluido, plagado de inconsistencias imposibles de llenar y de palabras inventadas que, sin embargo, por momentos resultaban elocuentes. Pero eso solo al principio y al final, porque la parte del medio era la narración más perfecta que había oído hasta el momento; compacta como una roca milenaria. Un recuerdo tan cerrado que no admitía fisuras ni especulaciones» (157) y, acto seguido, describe la escena descrita por Luz, la empleada de la que habla en la primera parte de “Mi debilidad”, un texto que ella misma subtitula como “Apuntes desordenados sobre la condición femenina”.

Primera persona, de Margarita García Robayo, es un libro que trabaja sobre la memoria, al mismo tiempo que trabaja sobre indeterminaciones literarias, identitarias, sociales y políticas, porque, finalmente, trabaja sobre el yo y sus insignificancias. Un libro que apunta hacia el oficio de la escritora, a indagaciones en la maternidad, la locura, la figura del padre, de la madre, del amor y del ser, siempre en tensión con las otras, en un ir y venir desquiciadamente real, anquilosado a ese modelamiento psicosocial en el que se implica la sujeta contemporánea. Sujeta nómade, extranjera, otra, insignificante; que todo lo descubre como si se tratara de una pequeña conquista, aunque esta se encuentre al margen de la propiedad material que supone un rol de conquistador. Más que eso, tenemos la memoria, aquí, como única materialidad posible a la cual acceder y, desde una primera persona, modelar, con dobleces de la ficción y otros de lo autobiográfico; de lo insignificante que el retazo de un corte dejó afuera de la imagen final y, ahora, ampliada, así como la obra de Juana Gómez, extendida en lino y, según Eliana Morales, basada «en un pacto con su propia imagen». García Robayo apunta la aguja en dirección al ojo, oído, memoria y lengua, para reclamar, desde esta Primera persona, una voz que nos «explote en la cara» porque no es más que «buena literatura».

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