Los Péndulos del Viejo Álamo

Felipe Guajardo Marchant

I

El aire de la noche del 7 de agosto estaba caldeado, casi asfixiante, casi palpable. La densa brisa mecía las hojas de los álamos de la ciudad como si se tratara del movimiento del arco de un violín, afinándose antes de la orquesta. Los postes de luz que se erigían en las calles se asemejaban a soles en miniatura, solo que, a diferencia del real, no despedían ningún color. Aquella noche, el pueblo de Marion estaba en blanco y negro: una fotografía viva de gente caminando, hablando y riendo.

Aquella noche hacía un calor tremendo. Se apreciaba sobre todo porque los hombres iban en manga de camisa y las mujeres modelaban aún los vestidos de verano, coqueteando con el sutil movimiento de hombros, algunos blancos, otros pecosos. Ninguno oscuro.

La gran mayoría de ellos estaba indignada. Eran tantos que un grupo en particular, una escolta espartana, tenía que empujar a los demás para poder avanzar hacia el álamo de la plaza ubicada frente a los tribunales del condado. El griterío semejaba la lluvia de artillería que muchos de los presentes vivieron años atrás en las trincheras, donde todos eran hermanos e iguales.

Pero en Marion, había algunos más iguales que otros. 

II

El sheriff del pueblo estaba aterrado. Su superior tenía reputación de ser un hijo de perra con quienes le trajeran malas noticias. Y claramente esa noche era muy probable que se produjera una de ellas.

Afuera, la gente exigía que se les entregaran a los tres prisioneros. Los habían arrestado hacía pocas horas, y se encontraban a la espera de comparecer ante el tribunal, que abriría sus puertas al día siguiente. Una de las víctimas, la que había hecho la denuncia, había muerto debido a sus heridas. Era obvio que los tres serían condenados. Sobre todo si, además del asesinato, la virtud de una jovencita había sido ultrajada. En ese tipo de casos, los jueces eran laxos en cuanto a las evidencias. Les bastaba una declaración y el misterio estaba resuelto. En cualquier caso, ni los jueces ni la policía no tenía ningún aprecio por los prisioneros. La verdad es que el sheriff confiaba en que serían condenados a muerte.

Lo que más le aterraba al policía no era la integridad de sus prisioneros (él mismo ya les había azotado con su luma en el calabozo), sino más bien que la turba produjera daños a propiedad estatal.

Su temor se hizo realidad cuando la gente de afuera rompió las cerraduras y entró, cuales salvajes, a los calabozos. 

Los tres muchachos, que en el momento rogaban a Dios por una muerte rápida, eran arrastrados al exterior. 

El sheriff miraba desolado las puertas de la entrada, con las cerraduras y vidrios rotos, lamentándose que le descontarían los daños de su sueldo. Una vez asumida la pérdida, respiró profundo, ordenó a sus subalternos que lo acompañaran y corrieron detrás del mar de gente que, sin cesar, gritaba desenfrenada.

III

La sangre manaba del cuerpo de uno de los prisioneros. Un ciudadano lo había apuñalado, enloquecido por la indignación que había provocado el delito y la demora en liquidar a los culpables. Al segundo prisionero lo apaleaban mientras caminaba con la cabeza gacha, incapaz de mirar al cielo y los álamos. El tercero, por suerte, escapó gracias a la gota de consciencia que existía en algunos de los miembros de la turba.

Los materiales sobraban. Había piedras, palos, mazos, bates de béisbol y metros y metros de cuerda, de los cuales bastaba con unos pocos. Los prisioneros ahora eran provistos de extraños collares, que contrastaban con su piel oscura. Luego, alguien lanzó el otro extremo de la cuerda sobre una de las ramas del viejo álamo, repleto de hojas verdes, repleto de vida. El aire caliente hacía brotar sudor de los presentes, empapando axilas y los forros de los sombreros. No había mucha luz, pero, a pesar de eso, todos actuaban como si se tratara de un día radiante. 

Alguien dio la orden. No era un policía. El sheriff miraba atento el procedimiento, autorizando a otros policías a colaborar con el linchamiento y a tirar de la cuerda que, poco a poco, se tensaba y elevaba a los jóvenes. Uno trató de aflojarse la cuerda que apretaba su cuello, pataleando y girando sobre sí mismo, dificultando la labor mortuoria. ¿Qué se habrá imaginado?

Le rompieron ambos brazos, y el muchacho, como un adorno de Navidad, era alzado desde una de las ramas del viejo álamo, mientras su cuello comenzaba a ceder.

IV

La celebración era nauseabunda. Los padres mostraban a sus hijos, a modo lección sobre dónde residía el verdadero mal, los cuerpos inmóviles. Con sus ojos entreabiertos, vidriosos y muertos, anotaban mentalmente a cada asistente de la fiesta. Tomaban nota de cada blanco sonriente, de cada abrazo y beso que se enjugaba bajo sus pies ensangrentados, preparando el registro infame que nadie querría leer. Los muertos reían, a su manera inusual y rígida, casi imperceptible, enseñando sus pequeños dientes como estrellas que ascienden al firmamento, lleno de lamentos. Uno de ellos mantenía el mentón pegado al pecho, compungido, mientras que el otro tenía su cabeza ligeramente inclinada, como quien echa un vistazo a algo secreto.

El tercer prisionero, el sobreviviente, al que habían vuelto a capturar horas más tarde y que era arrastrado de vuelta al calabozo, miraba a sus compañeros de celda rectos, como péndulos de viejos relojes que complementaban el mobiliario de una añosa plantación de algodón. Su carne era el bronce que iba y venía marcando el compás del tiempo, envuelto con sus ropas hechas harapos. 

Un flash iluminó de repente el ambiente. Alguien retrató a los colgados junto con un sinfín de blancos sonriendo, apuntando y escupiendo. Total, se trataba de una celebración. ¿Quién no se habría alegrado de haber eliminado a esos criminales, esas abominaciones, de la faz de la Tierra? James Cameron, el sobreviviente, no.

La sangre ya coagulada de los colgados se confundía con la misma noche. En Marion, no había colores. Los colores son vida, son energía y esperanza, registros del amor, la vergüenza y la furia. Pero en Marion, nada de aquello existía ese 7 de agosto. Es cierto que la maldad no siempre es pura. Nadie es completamente malévolo o cien por ciento bueno. La norma es que a todos nos pintaron con colores más vivos o tenues. Lo que no quiere decir que la verdadera maldad no exista. Ella campa entre nosotros, avivada por la voluntad del ser humano. Aquella noche, alguien, voluntariamente y con determinados valores, decidió que los tres detenidos por el asesinato de Claude Deeter y la violación de Mary Ball merecían morir como perros. Y el argumento era de lo más macabro como también sencillo: su color los hacía subhumanos y, por lo tanto, dispensables. ¿Cómo es posible que esos sucios prisioneros tuvieran la osadía de perjudicar unos jóvenes respetables, de buenas familias, de pieles prístinas que resulta impensable que el pecado original siquiera haya manchado sus corazones? Aquí, el peso de la prueba es irrelevante, la racionalidad es repudiada; y la justicia emocional, gutural, abultada de un moralismo enfermizo, es ensalzada con la tiara del prejuicio. Una joya magnífica y distinguida, igual que aquellos cuerpos que adornaban el viejo álamo. Lo más curioso de todo es que en ese instante, de todos los que participaron en aquel tenebroso rito, ninguno sintió que cometía un acto criminal. Prueba de ellos son los puros que fumaban algunos, como se aprecia en la foto de Lawrence Beitler (quien de paso ganó algunas monedas vendiendo sus copias) y que ninguno de los miembros de la turba fue condenado posteriormente por la celebración.

Durante la noche del 7 de agosto de 1930, no había colores porque no existía bondad alguna entre los congregados bajo el vetusto árbol. 

V

—Ellos no me violaron —declaró bajo juramento Mary Ball tiempo después del linchamiento de Thomas Shipp y Abram Smith.

Su declaración, empapada de culpa y ajena a toda responsabilidad por el agravio causado, no impidió que James Cameron pasara años preso. Así y todo, el joven logró salir de la cárcel bajo libertad vigilada, y consiguió surgir en la vida con el estandarte de los derechos civiles grabado a fuego sobre su pecho. No tuvo miedo (o tal vez sí) en volver a Indiana en los años 40 tanto por trabajo como activismo. Probablemente recordó el resto de sus días aquella noche infame, los ojos muertos de los colgados, los golpes y los ultrajes, como muchos otros lo siguen haciendo cada vez que escuchan la triste voz de Billie Holiday, pero siguió trabajando para que actos así no se repitieran jamás. 

Han pasado noventa años desde aquel acontecimiento. Y el único cambio que se ha producido, realmente, es que se reemplazaron las cuerdas por balas.

Para el viejo álamo de Marion, los colores siguen sin existir.


Felipe Guajardo Marchant (1992). Abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, actualmente ejerce la profesión en un estudio de abogados de Santiago. 

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