Patricia Highsmith: literatura disidente antes del orgullo

Andrés Ibarra Cordero

En la gran mayoría de los países occidentales, junio es el mes del «Orgullo» —momento clave para el activismo— en donde las diversas subjetividades no-heteronormativas se manifiestan, exteriorizando el «orgullo» de ser quienes son (en un proyecto colectivo). Lo anterior, sin embargo, no significa que la homofobia desaparezca mágicamente. En esta línea, me parece meritorio evaluar el rol de la literatura en la construcción identitaria de un colectivo que (hasta hoy) sigue siendo constantemente devaluado por ciertos sectores de la sociedad. En su brillante libro The Library at Night (2006), Alberto Manguel sugiere la idea de que la literatura constituye una forma de libertad contrahegemónica. Según Manguel, la literatura crea un espacio individual, diferente al espacio social hegemónico, el cual reemplaza las rígidas normas impuestas por el imaginario colectivo. La literatura nos ayuda a resistir la neurosis del individualismo que demanda la formación de una identidad personal normativa. Lo anterior describe a aquellos sujetos que leyendo buscan un espacio íntimo de resistencia, independiente de la imprescindible realidad del sistema hegemónico. La literatura proporciona el acceso a un mundo imaginario —pero no por ello menos significativo— para resistir las difíciles experiencias del mundo real. Aplicar este pensamiento (ciertamente utópico) sobre la literatura —como un mundo alternativo en sí mismo— a la realidad de las disidencias sexuales resulta significativo. Si pensamos en las disidencias sexuales y ponderamos su vínculo con la experiencia que representa la lectura, nos podríamos plantear lo siguiente: ¿Qué rol tiene la lectura para el individuo acosado por un sistema homofóbico? 

En su basta labor académica, David Halperin ha señalado que la homosexualidad, entendida como una construcción identitaria social, es un reflejo de los miedos sociales proyectados sobre la «otredad» (San Foucault, 2000). Para Halperin, los homosexuales encarnan una gama de creencias homofóbicas que no hacen sino exaltar la complacencia del heterosexual en su adscripción a la normativa social. El discurso homofóbico no es más que un laberinto de afirmaciones en las que no cabe la razón. Dicho discurso, al ser moldeado por el prejuicio, se sustenta en base a la hostilidad irracional que provoca el hecho de que algunos hombres y mujeres tengan relaciones sexo/afectivas con personas de su mismo sexo. Lo anterior desarticularía los fundamentos mismos de la identidad heterosexual. Reconocer la hipótesis de que la homofobia es discursiva también implica reconocer la idea de que la homofobia resulta discursivamente insostenible. Resulta muy interesante que fuera precisamente antes de la rebelión sexual de Stonewall (época en que el discurso homofóbico parecía difícilmente debatible) cuando se empezó a establecer un claro vínculo entre la cultura impresa y la disidencia sexual, y a concebir la escritura y la lectura como estrategias textuales de emancipación psicológica, identitaria y política. 

La representación discursiva de la homosexualidad —de carácter homofóbico— estimuló una fuerte resistencia contra-discursiva por parte de las disidencias sexuales que empezaron a manifestarse a través de la literatura, empleando los textos impresos como sus principales medios contrahegemónicos. Sí —como lo plantea Michel Foucault— todo discurso instala en sí mismo múltiples formas de disensiones (Power/Knowledge, 1980), la publicación de textos disidentes anterior a Stonewall confirma una evidencia material del poder de subversión que forjan los discursos heteronormativos imperantes. Desde esta perspectiva, la literatura se convirtió en instrumento de cambio social para las disidencias sexuales. Lo anterior resultó muy importante por diversas razones. En primer lugar, esta literatura disidente proporciono la oportunidad de contradecir y refutar los discursos homofóbicos imperantes en la sociedad de la época. En segundo lugar, la existencia de una literatura disidente hizo de la lectura y la escritura un mecanismo cohesionador que facilitó la comunicación real entre subjetividades no-heteronormativas. Por último, la lectura forjó un espacio alternativo de resistencia, dignificador y utópico, en el seno de un sistema absolutamente violento. 

La novela Carol (1952), escrita bajo el pseudónimo Claire Morgan por la escritora Patricia Highsmith, fue un hito literario para la disidencia sexual en los Estados Unidos de la Guerra Fría. La primera edición en tapa dura obtuvo gran éxito y fue reeditada al año siguiente en un formato de bolsillo. Su segunda edición también fue un éxito de ventas que por sí mismo fue evidencia del anhelo de representación que generó en las disidencias sexuales dentro de los Estados Unidos. Highsmith fue pionera al proveer tal representación literaria a sus lectores, la gran mayoría homosexuales y lesbianas. Carol narra la relación amorosa entre dos mujeres, Therese y Carol. La novela da cuenta de la relación romántica, y explícitamente sexual, que se establece entre ambas mujeres. Así, Therese y Carol experimentan un fuerte deseo, pasión y cariño. Esta relación lésbica contradice los discursos homofóbicos que tachaban a la lesbiana de ser «antinatural». De esta forma, Highsmith salvaguarda la legitimidad de las relaciones amorosas y sexuales entre dos mujeres y —en contracorriente para su época— permite que las protagonistas se sobrepongan a los muchos obstáculos que se interponen entre ellas y la felicidad. 

La novela de Highsmith consiguió plasmar tres dimensiones de resistencia a la homofobia que la literatura simbolizo para las disidencias sexuales anteriores al hito cultural de Stonewall. En primer lugar, la novela dota de discursos anti-homofóbicos a los personajes lésbicos, que se deben defender de las constantes críticas que reciben de sus contemporáneos. En segundo lugar, la novela motivó una correspondencia entre la misma Highsmith y sus lectores que propició un rico intercambio cohesionador entre los emisores de estas cartas y la autora, creándose así una comunidad de la disidencia sexual unida por el texto literario. En tercer lugar, dichas cartas —comentadas por la propia Highsmith en su epílogo a la novela publicado en los años ochenta— constituyen un testimonio de cómo Carol significo un espacio de resistencia, un espacio imaginario que tuvo un impacto reivindicador en la disidencia sexual. 

En la novela, tanto Therese como Carol tienen experiencias heterosexuales y homosexuales, estrategia que permite a la autora superponer ambos tipos de «amores» y como los experimentan las dos mujeres. De esta forma, el lector puede contrastar, por ejemplo, la diferencia entre la experiencia física que representa para Therese el coito heterosexual con su novio Richard y el coito homosexual con Carol, la mujer de la que se enamora. En el primer caso, la experiencia resulta profundamente insatisfactoria. En el segundo caso, Therese descubre una experiencia sexual espontánea y placentera. De esta forma, Highsmith usa una estrategia narrativa enfocada en la intimidad sexual con el fin de plasmar la experiencia lésbica en primera persona. Así, la novela fue pionera al refutar los prejuicios y creencias heteronormativas sobre el placer natural (heterosexual) de la mujer, y la asimilación del concepto de perversión sexual a la relación entre dos mujeres. 

Por medio de la lectura y la escritura de las cartas que envían y reciben los personajes de la novela, éstos se ven envueltos en un permanente diálogo cultural sobre lo que significa el lesbianismo. Las cartas que Richard envía a Therese —cuando ésta decide romper su relación con él y establecer una relación con Carol— son el medio por el cual la autora retrata el lesbianismo como era definido por la sociedad homofóbica de la época. En la primera carta que recibe Therese, la autora se hace eco (a través de la voz del hombre heterosexual herido en su orgullo por el rechazo de una mujer) del discurso normativo por el cual la nación norteamericana se ha construido en base a una ciudadanía heterosexual. En la segunda carta, Richard hace gala de una comprensión exhaustivo de los discursos que desacreditaban y envilecían el lesbianismo como una «perversión». 

El notorio contraste de la experiencia amorosa entre Therese y Carol —que se va desarrollando a través del texto— y del discurso homofóbico que Richard proyecta sobre ellas, resulta significativa. Igualmente, Highsmith incorpora a la narración otra carta que complementa la rica representación del lesbianismo que ofrece la novela. Carol —cuya facultad moral como madre es puesta en juicio legal— escribe una carta a Therese donde le explica el desarrollo del juicio que le está privando de la custodia de su hija y expone una variedad de discursos que contradicen el heterosexismo y la homofobia. En esa carta, Carol compara el amor heterosexual y el homosexual favoreciendo la balanza hacia este último, transgrediendo el pensamiento heteronormativo que suponía la heterosexualidad como ideal romántico. Además, Highsmith subvierte la idea de abyección, argumentando que esta no es más que la consecuencia de imponer la heterosexualidad como forma de vida obligatoria. 

La reacción ante una novela tan rupturista no se hizo esperar entre un público lector que aspiraba ser dignificado y valorado. Como manifiesta la propia Highsmith en un epílogo a su novela —escrito en 1983— Carol generó en sus lectores el deseo de ponerse en contacto con la autora de un texto que les había dado la posibilidad literaria de reconocerse como seres humanos, no como individuos abyectos. En este epílogo de 1983, Highsmith describe este literario fenómeno en los siguientes términos: 

En 1952 se dijo que The Price of Salt [título de la edición en inglés de Carol] era el primer libro gay con un final feliz. No estoy segura de que esto fuese cierto, pero tampoco lo he investigado nunca. De codas maneras, las cartas que empezaron a llover tras la edición de bolsillo de 1953 eran sorprendentes, en número y en contenido, a veces doce diarias y manteniendo ese volumen durante semanas. Gracias, decía la mayoría, y las escribían chicas y chicos, jóvenes y de mediana edad, pero la mayoría de ellos jóvenes y dolorosamente tímidos. Me daban las gracias por haber escrito sobre dos personas del mismo sexo que se enamoraban, que sobrevivían al final y con una razonable dosis de esperanza en un futuro feliz […] Por encima de todo, había optimismo, y aquellas cartas de Eagle Pass, Texas, de alguna parte de Canadá, de ciudades que yo nunca había oído nombrar de Dakota del Norte, de Nueva York e incluso de Australia olían a coraje. (p. 315)

Las múltiples cartas que los lectores de Carol enviaron a Highsmith confirman que la literatura lésbica llego a representar un espacio de resistencia de una comunidad cuyos individuos vivían en su mayoría aislados, pero que deseaban reconocerse y comunicarse entre sí. Como puede entenderse —por las palabras de Highsmith— dicha comunidad no se limitaba a barreras geográficas ya que se sostenía en la identificación con la novela, en la sustentación de una experiencia literaria como instrumento hacia una vida de esperanza.

Gracias a la gestión mediadora de Highsmith, dichas cartas fomentaron el contacto entre homosexuales y lesbianas que, hasta entonces, no habían tenido contacto con otros miembros de su comunidad. Highsmith explica: «Contesté codas las [cartas] que pude, puse a un alma aislada en contacto con otra similar, le pedía a una que le escribiera a tal otra y así me ahorraba el trabajo de contestar a todos, y les expresaba mi agradecimiento por sus cartas» (p. 315). La curiosa estrategia de Highsmith para poder dar respuesta a todas las cartas que recibía ayudo al contacto entre sus lectores que —al tener a Carol como vínculo— lograron conocerse epistolarmente, formando una comunidad literaria de la disidencia sexual. Los orígenes de dicha comunidad fueron producto de la escritura disidente de Highsmith que —al retratar un mundo literario en el que dos mujeres podían enamorarse— creó un espacio alternativo para sus múltiples lectores. La novela produjo un fenómeno cohesionador para la disidencia sexual, que hizo de Carol «una victoria aplastante […] porque la publicidad fue únicamente de boca a boca» (pp. 317-318). Igualmente, la novela de Highsmith creó un nexo simbólico y un objeto de identificación cultural para lectores que deseaban reconocerse en la literatura. El fenómeno literario que provocó Carol para disidencia sexual norteamericana, anterior a la revuelta de Stonewall, es un testimonio de lo que la literatura ha significado para un sector que continúa luchando por vencer la discriminación social e ideológica que el sistema patriarcal y heteronormativo ha impuesto. La realidad específica de los Estados Unidos de la Guerra Fría —que se definió por hacer de la homofobia bandera de lucha por los valores morales— nos recuerda cómo en tiempos de represión la literatura puede tener una doble función reivindicadora. Primero, la literatura puede ser usada como arma contra la homofobia y, además, puede crear un refugio identitario para una comunidad que necesita imaginar y proyectar tiempos mejores. Segundo, la literatura enmarcada en el momento histórico anterior a Stonewall tuvo el propósito de promover un imaginario textual de comunidad y asegurar la estabilidad psicológica y emocional de las disidencias sexuales mucho antes del Orgullo.

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