La andrajosa melancolía de envejecer

Carlos Maldonado

«Y nuestros días son palabras pronunciadas por otros,

palabras que esconden palabras más grandes»

¿Vienen del norte?, preguntó él. Apenas le salía la voz, estaba flaco, los ojos hundidos en las cuencas, las hebras de pelo pegadas a la calavera. 

¿Vienen del norte? Nos miramos y dijimos que no, que por qué.

Es que tienen cara de estar en el camino, dijo él. Así dijo: tienen cara de estar en el camino

Después, rato después, la respuesta a la respuesta a la pregunta dio para largas disquisiciones en torno a varias cervezas —por entonces sólo tomábamos cervezas, ojalá en La Bilbaína, Lira al llegar a la Alameda: cuando hacía frío (y siempre o casi siempre hacía frío), la señora de la cocina ofrecía sopaipillas, y entonces tomábamos cerveza y sopaipillas. Al año siguiente la universidad compró el edificio entero y acabó con La Bilbaína y con la librería de viejo que ocupaba el subsuelo, de donde salimos alguna vez con un Pessoa o una antología de poesía portuguesa, ya no estoy seguro.

En el camino, claro, teníamos cara de estar en el camino quizás porque gracias a una entrevista suya habíamos descubierto —fue J. o fui yo, ya no me acuerdo bien— que había que leer la edición de Losada, porque la de Anagrama era una basura y no únicamente porque la gente follara en lugar de coger —aunque no estoy seguro de que se cogiera en En el camino— sino porque acababa de la manera más vil, y no existía por ninguna parte aquello de la andrajosa melancolía de envejecer que sí estaba en la traducción de Losada y en la española brillaba por su ausencia.

La andrajosa melancolía de envejecer, repetíamos, y era invierno, hacía frío, y apenas teníamos veinte años. Es decir, veintitantos: ahora miro mi ejemplar de Para un pueblo fantasma y leo en la segunda hoja, debajo del grabado de Arestizábal, invierno de 1989. Veintiún años, para ser exactos, pero el encuentro fue después, cuando J. llegó a buscarme un día a la escuela de periodismo para decirme se va, se muere, no tiene vuelta; cómo le dije yo, por qué: mejor morir de vino que de tedio, me dijo J., y me acordé de que había visto esa misma frase en la escalera de la escuela, atribuida a otro, por supuesto, y entonces J. me expuso su proyecto: había que ir al Goethe, o a una repartición del Goethe que alimentaba vagos cineclubes, círculos de discusión de la más variada procedencia, quizá la misma oficina de la que salían El estado de las cosas o En el transcurso del tiempo para los ciclos interminables a los que ella y yo íbamos a besarnos antes de pasar por nuestra ración de sopaipillas y cerveza a La Bilbaína y caminar hacia el sur, por Lira, por Carmen, por el mismo Portugal, y luego subir, torcer en una calle cualquiera, entrar, pagar y desvestirnos. Había que ir al Goethe, o adónde fuera, me dijo J., y pedir prestada Habanera, una película de los años treinta, pero de los primeros treinta, que un sueco había hecho en Berlín: el sueco había emigrado y había cambiado de nombre y se había convertido en Douglas Sirk, el rey del melodrama, y Douglas Sirk era el responsable de que Douglas, Kirk, hubiese sido una vez presidente del jurado de Cannes, porque alguien le preguntó a Bergman quién podía presidir el jurado y Bergman dijo Douglas Sirk, ah, muy bien, le dijeron, y se transmitió la instrucción y otro alguien entendió Douglas, Kirk, I am Spartacus, you know y claro, a esas alturas nadie sabía quién era Douglas Sirk, parece. J. sí sabía, es más, conocía el improbable nombre sueco de Douglas Sirk —Detlef algo— y sabía además que la protagonista de Habanera se llamaba Zarah Leander.

Zarah Leander, me dijo, y yo podía ver los signos de exclamación en el globito que le salía de la boca (sí, también leíamos Fierro y admirábamos a Muñoz y Sampayo y hablábamos de El Eternauta y de La vida del Che por Breccia y Oesterheld); yo veía los signos de exclamación pero no entendía todavía por qué tenía que sorprenderme que Zarah Leander saliera en Habanera.

Zarah Leander, me dijo, la que sale en ese poema de Para un pueblo fantasma.

(«Bienes»:

Un libro de Edgar Poe, un pasaje de tren,

un remolino, un llavero sin llaves, una manta

araucana, un calendario, un jarro, un

payaso de trapo,

un mapa de Cautín, el retrato de un gato,

una maleta vieja, una peineta, una camisa negra,

un programa del Hípico, un poema inconcluso, una ficha 

de teléfono, un disco de Zarah Leander,

un puñado de cartas, la torre del Tarot, un alfil blanco, 

un revólver sin nuez, una manzana.

Y el epígrafe, que es de Jorge Guillén:
«Todo lo que he perdido volverá con las aves».

«Bienes», que al invierno siguiente y en Concepción —of all places— me di cuenta de que era una cita o una recreación o un homenaje a Eliseo Diego, el Eliseo Diego de

«Tesoros»

Un laúd, un bastón,

unas monedas,

un ánfora, un abrigo,

una espada, un baúl,

unas hebillas,

un caracol, un lienzo,

una pelota.)

Fin del paréntesis, vuelta al plan de J. Tú te consigues la proyectora, me dijo, yo me consigo la película: está en la sala común, seguro nos dejan colgar una sábana y hacerle una función, se va a poner contento, es la cantante que sale en el poema, ya nadie la conoce: apenas existe en ese libro y en la copia olvidada de la cinemateca del Goethe. Pero la cosa no acababa allí. J. me agarró del brazo y me dijo vamos, es aquí atrás, a la vuelta, estamos a un paso y está mal, muy mal, de repente ni alcanzamos a llevarle la película, se muere antes, vamos. 

Fuimos: lo habían sacado de la sala común, se lo habían llevado al pensionado: la enfermera nos dio un piso, el número de la pieza, tomamos el ascensor y salimos a la pulida superficie de una sala de espera. Allí, en la sala de espera, nos recibió el par de ojos de Carolina. Ni J. ni yo la habíamos visto nunca, pero los dos habíamos leído «Paseos con Carolina» —en una tarde de ninguna tarde / sales a pasear del brazo del loco del Tarot— y era cuestión de verla y saber que era ella: es decir, si habías leído el poema en que él hablaba de su hija —mientras apoyas tu mano en mi muda mano— sabías, sin lugar a dudas, que era ella. ¿Vienen a ver a Jorge?, preguntó. J. estaba como hipnotizado y yo también. Nos quedamos un rato sentados, sin decir nada: había que esperar que se le pasara el efecto de no sé qué, lo habían sedado para el traslado, algo así: no estaba tan mal, de hecho estaba muchísimo mejor que lo que se podía esperar, y Carolina hacía planes para volver a Lima a ocuparse de su madre: nos contó todo con una sonrisa que le ganaba la cara sin que ella misma se diera cuenta, y creo que pocas veces he visto a alguien sonreír de esa manera. Y bueno, después pasamos, y él se nos quedó viendo y preguntó: ¿Vienen del norte?

Esa tarde, o más tarde, le hablé a ella del proyecto. Como era, le pareció de lo más natural. Estábamos, calculo, en la tercera cerveza (después de las dos primeras seguíamos de a una, a veces hasta seis o siete, pero siempre una para los dos), y se ofreció de apoyo logístico para la operación: la kombi en que no escapábamos de su casa los sábados a la noche (había que soltar el freno de mano, empujarla hacia la calle, hacerla rodar media cuadra y sólo entonces dar el contacto) era más que adecuada para la proyectora y las latas de película. Quedó acordado: si la vida fuera como la literatura, habríamos salido de allí cantando «Paper Moon», pero aunque ella me grababa cassettes de la Fitzgerald creo que aún no habíamos escuchado juntos —y no sé si alguna vez lo hicimos— la magnífica entrada de las trompetas y la voz medio quebrada de ella —Ella Fitzgerald— musitando you say it’s only a Paper Moon; el mundo, a veces, eso sí, parecía colgar sobre un mar de cartón piedra. Escuchábamos, también, por si a alguien le interesa, a la Billie Holiday y a la Aretha Franklin: ella me enseñó a Billie Holiday, yo le compré en la Plaza Almagro (You make me feel like a) natural woman. A eso yo lo llamaba querernos, a eso y a las calles oscuras de los fines de semana cuando no teníamos adónde ir.

Jorge Teillier salió de la clínica. Se recuperó de milagro, dijeron los diarios, o fue que el Mono Olivárez coló una nota en la página cultural de La Época. Una noche, pleno invierno del noventaiuno, llegamos hasta la casa de San Pascual 355: no sé cómo conseguimos la dirección, porque evidentemente no éramos bienvenidos allí. Carolina estaba de vuelta en Lima, nadie entendía mucho qué pretendíamos, J. empezó a enfurecerse y cuando finalmente salimos por la puerta de calle, con las latas de la película intactas y el proyector a medio armar, me escupió subiéndose a la kombi: es mejor morir de vino que de tedio. Ella manejaba reconcentrada, había empezado a lloviznar y por un minuto pensé que había que tomar la carretera y ponerse, por fin, en camino.

Se murió cinco años después, un día cualquiera, lo ingresaron de urgencia al hospital Gustavo Fricke con una hemorragia gástrica, creo, decidí que era mejor ahorrarse los detalles. En algún lado debe andar el puto recorte de La Segunda, veintidós de abril del noventaiséis, y entre medio fue la locura, la antología del noventaidós, los homenajes.

Ella se aburrió de los encuentros furtivos, las cartas borroneadas, la poesía como excusa y la indecisión como sistema: cuando cumplió veinte le mandé con una amiga un libro de Teillier que acababa de salir, le dibujé un barquito en la segunda página, escribí: equivoquémonos todo lo que queramos. Por allí vi el libro en un estante, cuando su hijo mayor cumplió tres años, el verano pasado. Volvimos a hablarnos mucho después, pero rara vez recordamos ese invierno.

A J. nunca más lo volví a ver.

mayo de 2008—mayo de 2014

*Este texto fue originalmente publicado en la Revista 60watts el 2014.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s