Prólogo de Der gute Deutsche
(Un buen alemán)

Christian Bommarius
Trad. Viviana Saavedra Arévalo

Christian Bommarius (Fráncfort del Meno, 1958) es periodista y abogado alemán; en su libro Der gute Deutscher (2015), investiga la historia de los treinta años de la presencia colonial alemana en Camerún y el asesinato politico del líder duala Rudolf Manga Bell. Se trata de un capítulo oscuro en la historia de Camerún, y olvidado en la historia del colonialismo alemán. Bommarius retoma el caso del injusto asesinato judicial, y las incontables faltas a los derechos humanos basados en racismo y codicia que por años, con la excusa de civilizar, justificaron la crueldad. Revisitar esta historia es hacernos testigos de la brutalidad y la explotación detrás de lo que las grandes potencias llamaban culturizar. 

Prólogo de Der gute Deutsche (Un buen alemán),  por Christian Bommarius

El siete de agosto de 1914 el juzgado municipal de Duala se vio obligado a llevar a cabo dos asesinatos judiciales. Al día siguiente, condenó a muerte en la horca a Rudolf Duala Manga Bell y Adolf Ngoso por alta traición. Aunque el juzgado de la antigua capital de la colonia alemana sabía que ni Manga Bell, jefe de Duala, ni su confidente Ngoso Din habían cometido alta traición. Sin embargo, para este caso, eso carecía de importancia. La tarea del juzgado no era hacer justicia, al contrario, la aplicación de la justicia debía impedirse a toda costa. Por la vigencia y la aplicación de la justicia, en cambio, habían insistido Manga Bell y Ngoso Din, aquella justicia resultante del contrato que el representante de Duala había firmado treinta años antes con representantes de dos casas comerciales de Hamburgo, haciendo así posible la colonización de Camerún. 

En aquel entonces, el doce de julio de 1884, Eduard Schmidt y Johannes Voss, cuyas empresas C. Woermann y Jantzen & Thormählen comerciaban desde décadas en la costa de Camerún, acordaron con los más importantes de los Kings and Chiefs de Duala que los derechos de soberanía, legislación y administración se pondrían en manos de los alemanes. Sin embargo, los duala habían puesto como condición que la tierra cultivada o construida por ellos se mantuviera como su propiedad y que, en un acuerdo aparte aceptado por los alemanes, su monopolio del comercio no afectaría el interior del país: «deseamos que los blancos no se adentren ni comercien con los bosquimanos, no deben tener nada que ver con nuestros mercados, se deben quedar aquí a las orillas de este río y darnos su confianza, para así nosotros comerciar con nuestros bosquimanos». Solo gracias a esta promesa es que los alemanes lograron eliminar a los británicos como rivales en el río de Camerún. El comercio intermediario lucrativo se convirtió en la fuente decisiva de ganancia para Duala; del interior del país obtenían marfil, caucho y aceite de palma e intercambiaban los productos en las factorías alemanas y británicas por tela, utensilios de ferreteria, pólvora, tabaco, sal y aguardiente; y su destrucción, por otro lado, el interés primordial de las empresas alemanas que querían comerciar directamente, y así, de manera más rentable en los mercados del interior del país. Sin embargo, no vieron el menor problema en la promesa de respetar el monopolio del comercio intermediario. Jamás planearon cumplirla. 

De todos modos, el contrato, desde la perspectiva alemana, justificó más bien una pretensión legal en cuanto a la apropiación colonial contra otras potencias europeas que también querían ocupar el litoral durante el Scramble for Africa, en lugar de una legitimación de dominio sobre el pueblo africano. Por esto los alemanes, desde el principio, no se sintieron sujetos al contrato y lo pusieron de lado apenas les fue posible hacerlo. Pero los duala insistieron desde el comienzo en el contrato de protectorado y en el apartado, si no, en cuanto al objeto y alcance, habrían tenido otras ideas en lugar de los alemanes. Los europeos designaron a los representantes de Duala los títulos de Kings y Chiefs; sin embargo, no eran ni lo uno ni lo otro. Los duala eran una sociedad acéfala, es decir, sin líderes políticos, conocían solamente cabezas de familia, quienes normalmente se encargaban de negociar con los europeos y que, por ende, disfrutaban de una cierta autoridad. Aun cuando ellos mismos tomaban en parte títulos europeos de poder, no eran soberanos, por lo tanto, tampoco estaban autorizados ni dispuestos a un traspaso de derechos de soberanía. Para ellos no se trataba de avasallamiento, sino de protección. En previas peticiones a la reina británica Victoria, se habrían lamentado de no estar en condiciones de intervenir en la presente disputa dentro de la sociedad de Duala con respecto a su participación en el comercio exterior, toda disputa causaría guerra, estaban cansados de gobernar al país. En otras palabras: cuando el rey Bell (en realidad se llamaba Ndumb’a Lobe) y el rey Akwa (Ngand’a Kwa), como también otros chiefs de Duala, firmaron el contrato, querían traspasar a los alemanes la jurisdicción no solo de los conflictos comerciales entre los duala y los blancos, sino que también las disputas entre ellos mismo y los otros duala. 

Dos días tras firmar el contrato, el catorce de julio de 1884, se iza la bandera alemana en las orillas del río Wouri. Como comisario del imperio en la África Occidental alemana enviado por el canciller imperial Bismarck se nombró al médico Gustav Nachtigal, un investigador de África ya por ese entonces famoso, quien hasta ese momento se había ocupado más con la cultura africana que con los intereses alemanes de exportación; llegó en compañía de Max Buchner, igualmente médico y explorador de África, en el cañonero SMS Möwe desde Togo, que el cinco de julio había adquirido para el Imperio. Según lo acordado, los representantes de las casas comerciales de Hamburgo C. Woermann y Jantzen & Thormählen le otorgaron a Nachtigal los «derechos de soberanía» sobre Camerún, es decir, sobre la población de Duala: un triple viva, redoble de tambores, tres descargas de fusilería del comando y veintiún tiros de salva desde el cañón más grande del Möwe.  De esta manera el país que los alemanes llamaban Camerún entró como colonia en la historia alemana. Y comenzaron, como en todas las colonias de todos los imperios coloniales, la conquista, las expediciones al interior del país, el avasallamiento del pueblo; en resumen, todo aquello que los contemporáneos llamaban proceso de civilización.

Desde el principio hasta el final de la «zona protegida» alemana en Camerún no transcurrió siquiera un día sin guerra, pero no entre los alemanes y los duala (con una dramática excepción al principio). Sí protestaron cuando los alemanes destruyeron su monopolio comercial e introdujeron impuestos; también protestaron contra los látigos en sus espaldas, que los alemanes, la mayoría de las veces, dominaban mejor que el idioma de los duala. Pero aparte de eso, su defensa era parte de la estrategia de transformación mediante el acercamiento. Mientras los alemanes tomaban sus fuentes de subsistencia, ellos hicieron de los alemanes su fuente de subsistencia, aprendieron alemán y entraron en los servicios alemanes, como comerciantes, funcionarios administrativos, misioneros, maestros y también como «jefes», uno de los cargos pagados otorgados por los alemanes. El carácter pacifico no fue solo a causa de su inferioridad ante los alemanes en cuanto a tecnología de armas, experiencia que algunos pueblos del interior del país de Camerún tuvieron que comprobar. También la rivalidad entre los clanes duala impidió al principio cualquier idea de una resistencia armada común. 

Se rompió sistemáticamente, tal como la administración colonial alemana se lo propuso, otra promesa hecha a los duala: la garantía de que no serían expulsados de las tierras construidas y cultivadas por ellos. Desde 1919 los alemanes planearon una modernización de Duala hacia una metrópolis económica, la edificación del puerto más grande de África Occidental, la construcción de calles. Pero eso solo podría llevarse a cabo mediante el traslado de los duala, desde la ciudad hacia las cercanías de los pantanos de manglares poblados por mosquitos transmisores de malaria en las afueras de la ciudad.  Como los médicos coloniales alemanes complacientemente confirmaron, el asentamiento fuera de la zona habitada por los alemanes era también una necesidad de higiene racial. Todo esto infringía evidentemente el contrato firmado hacía treinta años atrás. Pero ninguna infracción contra un contrato es tan evidente que no se pueda pasar por alto, al menos para aquellos que la cometen. Los alemanes la pasaron por alto, Rudolf Duala Manga Bell, no. 

El nieto del rey Bell, reconocido por los clanes anteriormente rivales como líder de todo Duala, era un hombre que se apegaba a la ley, y como tal, insistía en un principio reconocido en Europa: Pacta sunt servanda. Ningún otro habitante de alguna colonia alemana había levantado la voz así de alto; no solo por los alemanes en Camerún, sino que sobre todo también en el Imperio fue escuchado y entendido, ya que gracias a su formación en Alemania, reclamó en alemán. Y de esa manera se sirvió de un arma que, como en aquel entonces lo era también la ametralladora Maxim, solo estaba disponible para pueblos civilizados: la opinión pública. Recurrió a periódicos alemanes, abogados alemanes, como también a diputados del parlamento de Berlín; inició una campaña cuyo mensaje era tan claro como incuestionable: el cumplimiento del contrato. Los funcionarios coloniales lo utilizaron para justificar la flagelación ante el juzgado municipal de Duala, que se impuso allí muy libremente los viernes y se llevaba a cabo los sábados, en el «día de la flagelación», ya que en 1884 los duala se habían sometido a la jurisdicción alemana. Lo utilizaron incluso para justificar la planeada expropiación masiva en Duala, porque también la administración se les otorgó a ellos durante el verano de 1884. Así que tampoco estaba fuera de lugar que Manga Bell también, mediante peticiones al gobierno colonial, hiciera valer el contrato. Eso de por sí  probablemente lo habrían aguantado la administración colonial en Camerún, la Oficina Imperial Colonial y el gobierno. Peticiones de este estilo eran pan de cada día en las colonias y normalmente apenas se les prestaba atención; en realidad, a veces, las patentes eran atendidas con flagelación o destierro. Sin embargo, la movilización de la opinión pública alemana, que comenzaba a dudar notablemente de la política colonial alemana, planteó un problema particular. Ya que la naturalidad con la que Manga Bell insistió en la justicia, les dejó a todos claro que el presunto objetivo del colonialismo (la mejora cultural de los llamados aborígenes) en este caso se había llevado a cabo completamente. Y su tenacidad eliminó cualquier duda de que Manga Bell entendía el profundo sentido de la justicia, la resolución sin violencia de conflictos, mejor que sus adversarios alemanes. 

La lucha pacífica de Manga Bell significó para la política colonial alemana un dilema. Como todas las potencias coloniales, el Imperio Alemán también proclamaba querer contribuir en la mejora de las condiciones de vida del pueblo africano mediante la abolición de la esclavitud y el depotismo, la creación de un sistema de salud y la construcción de escuelas. Sin embargo, en la práctica, este aspecto humanitario servía ante todo como pretexto para la violencia en la que se basaba el poder. No se trataba de un proceso de civilización, sino que de un avasallamiento absoluto, que tenía como fin la explotación de los recursos económicos y humanos. Pero para Manga Bell, civilizar no era ningún pretexto, más bien un hecho, y el respeto a la justicia su mejor prueba. Al insistir en la justicia de los duala, la potencia colonial perdió su poder sobre él. Lo que quedó fue la violencia.

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