Criollismo y origen: genealogías de la violencia en Marta Brunet

Víctor González Astudillo

En Piedra Callada, la relación entre criollismo y vanguardia entra en tensión a partir de dos momentos claves: en primer lugar, la fuerte influencia del naturalismo sobre las estéticas criollas se ve afectada por la concentración subjetiva de los personajes, en tanto Brunet transforma el relato campesino en uno de corte psicológico. Luego, la preocupación del criollismo por representar la «esencia primigenia» (Alonso 216) del pueblo chileno, se mezcla con una búsqueda más particular: el cuento expone, por medio de técnicas sutiles, el origen de la violencia que caracteriza a los sectores populares de la época, el cual radica en las relaciones de subordinación mujer-hombre. 

Procedamos con el primer punto. Respecto a la relación naturalismo-criollismo, Ricardo Latcham dirá que «El criollismo chileno genuino es hijo del naturalismo» (7). La razón por la cual traigo a discusión esta tajante cita no es necesariamente para cerrar el asunto; la relación entre criollismo y naturalismo, si bien es clara, no es estricta, aspecto que deja muy en claro Carlos J. Alonso, quien incluso propone al criollismo como una especie de resistencia cultural frente a la avanzada norteamericana, junto a su teoría del Panamericanismo (217-218). El punto es que, priorizando la lectura del cuento de Brunet, existen varios elementos textuales que, en primer lugar, proponen una estética naturalista-criollista, para luego salir a otras formas de construcción narrativa. Por ello, me interesa exclusivamente discutir las dimensiones totales de la estética naturalista, sobre como, por medio de un análisis de los medios y de las clases sociales, se explica y/o se determina la vida de los personajes. En Brunet, en cambio, la determinación del sujeto es más inestable.

Al principio de su ensayo, Eugenia Brito señala que «el domicilio de la protagonista, doña Eufrasia, es el propio de una subordinada, en el sentido otorgado por Gayatri Spivak a esa palabra, o sea, de quien carece de poder y se ubica, por ello, en una dificultad para ser atendida, recepcionada y escuchada por un receptor» (12). Esto se hace evidente en como la voluntad de doña Eufrasia se ve doblegada por la de los patrones, quien, a pesar de negarse al matrimonio de su hija, termina cediendo: «El patrón quere que te casís con Bernabé. Te podís casar cuando se te antoje. Pero desde ese día no tenís más madre» (Brunet 5). Esto se puede observar en otra variedad de casos: doña Eufrasia es jubilada, a pesar de su insistencia por seguir trabajando. Además, Eufrasia también es obligada a cuidar de sus nietos, dada la ausencia de su hija Esperanza. Aun así, la razón por la cual Brito se preocupa por la representación del espacio doméstico se debe, en primer lugar, a su posición como empleada dentro de la red de poder que estructura los terrenos de los patrones, y, en segundo lugar, dada su situación de mujer. 

Si bien el domicilio consta de un lugar subordinado (un molino apartado de la casa patronal), este espacio es el único en el cual Eufrasia tiene el poder absoluto. Es aquí donde Eufrasia golpea a su hija, donde le niega su maternidad y donde se encierra, ocultándose de las noticias de su hija recién casada. De ahí que, cuando se le ofrece la jubilación, esta prefiera quedarse: «—¿Quiere quedarse en el molino? —Pa’ mí el molino es el trabajo. No tengo pa’ qué quearme allá si voy’estarme mano sobre mano» (5). Además, es interesante como Eufrasia, durante su jubilación, traslada su colchón personal al patio para elaborar una especie de taller de trabajo: «se fue con un colchón a cuestas hasta un extremo del patio y allí organizó un verdadero taller, escarmenando lana, lavando telas, rellenando, cosiendo» (6). Pareciera que, para seguir poniendo en práctica su poder, esta debe llevar consigo ciertos elementos domésticos que le permitan gobernar en los márgenes. Esto, evidentemente, corresponde con una reflexión sobre como las mujeres hicieron del espacio privado un lugar de producción tanto material como intelectual, aspecto que explica muy bien, por ejemplo, Régine Pernoud en La mujer en el tiempo de las catedrales. Digamos, entonces, que el hecho de que Eufrasia persista en sus trabajos domésticos, a pesar de su edad, se debe más bien a una resistencia frente a los modelos de poder que estructuran su espacio público. Si bien esta conducta puede ser explicada bajo términos contextuales, muy al modo naturalista, lo doméstico también puede ser entendido como una salida, en tanto la producción de Eufrasia es una muestra de su voluntad, de cómo su mundo interior quiere seguir sobreponiéndose a los obstáculos que se le presentan. 

El primer acto de resistencia es el que manifiesta contra su hija. Sus golpes son, acaso, gestos que aplacan el vértigo que siente al notar como, progresivamente, está perdiendo el dominio de su vida. Luego, el taller que elabora en el patio es otra forma de resistencia, en tanto les demuestra a sus patrones su funcionalidad, la cual sigue intacta. Pero el momento más importante, a mi parecer, es la resistencia que desarrolla Eufrasia en casa de su yerno Bernabé, luego de la muerte de su hija, lugar donde se sobrepone al dominio del patriarca por medio de la gobernatura de la casa: «Y la vieja ahora en el rancho. ¿Por qué el patrón se metía en cosas que no le importaban? ¿Por qué había mandado a la vieja al rancho? Su rancho era suyo. Faltaba más… Echó otra mirada en contorno, sostenida, deteniéndose en cada cosa» (Brunet 11). Tal como se observa, la molestia de Bernabé emana a partir de una observación de las cosas, de una experiencia material. Si bien es la presencia de los hijos y la de Eufrasia la que le molesta en primer lugar, es el orden de la casa, el aura de los objetos, lo que lo confunde y lo enerva. El esquema de los muebles, la prolijidad del aseo que le hace recordar su vida de recién casado, luego, le recuerda como el patrón ha doblegado su voluntad, en tanto ha mandado a su suegra a cuidar la casa. Básicamente, Bernabé vuelve a experimentar un ataque en contra de su masculinidad, dado que la soltura con la cual domina el espacio público (el campo, el trabajo, etc) se acaba cuando pone un solo pie en la casa. De ahí seguramente su violencia, su monstruosidad, ya que solo por medio del terror es que puede validarse frente a un terreno perdido: los golpes hacia sus hijos, las reiteradas violaciones y abortos que sufre Esperanza, son ejemplo de esto. El abuso doméstico es, acaso, una adaptación de la lógica instrumental de Bernabé: la explotación de la tierra como afirmación del sujeto masculino (Bourdieu) es equivalente, dentro del relato, a la explotación del cuerpo femenino.

Por ello, me parece crucial que la reflexión incluya también el segundo momento que ya anuncié, sobre como Piedra callada elabora una teoría sobre la violencia, sobre como esta se sostiene en la dialéctica sexual que ya sugerí: la de una mujer subordinada que resiste el poder masculino por medio del espacio doméstico, reflexión que se sale de la estética criollista dado su carácter no tradicional, polémico, que más bien critica los modelos prototípicos de la organización cultural, tales como la familia y la posición de la mujer dentro de la misma. Pero aun así, la lejanía con el criollismo no es absoluta, dado que la investigación que elabora el cuento corresponde también a ciertas inquietudes del criollismo: «Todos estos proyectos culturales (criollistas) aspiraron a poner al arte en general y a la literatura […] en contacto con una esencia declaradamente primigenia cuyo poder derivaba precisamente de su estatus primordial y que se interpretaba a lo largo de varias líneas étnicas» (Alonso 216). Brunet, lo que hace para explicar la violencia de Bernabé, también consiste en la búsqueda de cierto «estatus primordial», el cual más bien pertenece al ámbito de las reflexiones evolutivas, sobre como la teoría evolucionista estableció la terrible relación (en su tiempo) de lo humano con lo animal, sobre como lo humano es más bien otro rostro de la naturaleza, de su violencia y de su salvajismo, y que la civilización es en realidad una entelequia o un paliativo que se ocupa de alejar esa sombra donde seres humanos y bestias compartían un mismo espacio.

Bernabé, además de ser un hombre en extremo violento, es también un monstruo, no solo porque violó constantemente a Esperanza, sino también porque se encargaba de enterrar a los fetos que, probablemente, el mismo abortaba a través de golpizas. Ahora, lo interesante es que este relato es construido a partir del testimonio de los niños: «Decía un niño: —Allí, en la montaña, ebajo del roble con copigües, enterraba el taita a las guagüitas» (Brunet 12). Está demás señalar la relación entre los relatos de horror, las leyendas, con el mundo fantástico de la etapa infantil. Lo terrible es, de todos modos, que los niños no relatan historias de fantasía, sino más bien hechos reales, que quizá, por su fragmentariedad, tienen cierta atmósfera similar a los rumores, los cuales son parte fundamental del proceso de construcción de los relatos orales, que luego se transforman en mitos, moralejas, advertencias, etc. 

A esto se le suman las descripciones que giran en torno a Bernabé, el cual es referido constantemente como una bestia: «Y Bernabé no quere saber na’ de llevarla pa’ pueblo pa’ que la vea el doutor. ¡Tan bestia el pobre!» (8). Se le observa también gruñendo, gestualizando con dificultad la mayoría de las palabras. Es esquivo con los demás, pareciera solo preocuparse del trabajo. Además, se le presenta como alguien con un deseo sexual desenfrenado, el cual incluso despierta frente a la similitud de su hija Venancia con la de su difunta esposa. Todos estos aspectos articulan en Bernabé un rostro animal que lo expulsa de la posición sociohistórica del hombre como sujeto civilizado, posicionándolo más bien en el lugar de los bárbaros, dimensión que a lo largo de la historia se ha visto repleta de mujeres, tales como las amazonas o las brujas. Brunet, con todos estos detalles en la escritura, invierte este esquema de poder para darle un lugar privilegiado a la mujer, no solo respecto a la civilización, sino también dentro del relato, en tanto los sitios psicológicos más explorados son los de Eufrasia, quien es, por lejos, el personaje mejor desarrollado y más complejo del cuento.

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