“Así habló Robert Sapolsky”:
apuntes sobre Sapolsky de Cristian Geisse

Dante Riquelme Moreno

No creo exagerar ni descubrir nada cuando digo que Cristian Geisse entrama uno de los proyectos literarios más interesantes dentro de ese gran sistema llamado narrativa chilena del presente. Con una gran capacidad para narrar, su afán por la búsqueda de experiencias trascendentales, y la articulación de una voz periférica que desentraña o se enfrenta a los misterios de su mundo, Geisse se posiciona como un autor que no solo cuenta historias, sino que también muestra sensibilidades y preocupaciones que no dudo en calificar como humanas. A partir de sus libros de cuentos y novelas (no puedo hablar sobre su poesía porque no es mi campo), críticos y críticas han desarrollado diferentes trabajos que indagan en las temáticas de algo que ya podríamos catalogar como poética geisseana: la animalidad, la locura, el uso de psicotrópicos, la soledad, lo diablesco… ahí buscan, buscamos, respuestas a todo aquello que pertenece al espectro de materiales recurrente del autor oriundo de Vicuña. Así, bajo este paragua contextual, este 2021 se publicó Sapolsky, la última novela de Cristian Geisse, y ciertamente el texto hace carne de gran parte de las temáticas mencionadas anteriormente.

Narrada en primera persona, Sapolsky es la novela donde Pedro Araniva Pavian articula, por medio de recuerdos, poemas y esbozos de cartas, su obsesión por Robert Sapolsky, científico y profesor de la Universidad de Stanford que se ha dedicado a investigar el comportamiento humano y su relación con el mundo animal. Pedro Araniva está convencido de que Robert Sapolsky es su dopplegänger, (no diría que su doble, pues la propia novela se encarga de dejar explícito que el significado del término dopplegänger y la relación del protagonista con Sapolsky es mucho más compleja que eso); lo piensa incluso desde ante de conocerlo, pues afirma que desde pequeño, cuando le pedían dibujar lo que quería ser cuando grande, ya se dibujaba como Robert Sapolsky. Sin seguir una línea cronológica, la novela nos cuenta cómo Pedro Araniva Pavián comienza dejarse la barba y a vestirse con bata blanca y unos lentes similares a los del científico estadounidense; cómo pierde su trabajo; cómo comienza a investigar y entender, por sus propios medios, el comportamiento humano; cómo poco a poco se distancia de Raquel, su pareja, quien tiene un hijo pequeño; cómo arma sus planes para conocer personalmente a Robert Sapolsky; y cómo se forma la idea de que, inevitablemente, uno de los dos debiera morir. Sumadas un par de historias intercaladas igualmente complejas e interesantes, esa es la trama general de la novela. Sin embargo, los puntos fuertes de la novela no están solo en la historia que cuenta, sino en lo que se articula a través de ella.

Animalidad

Tal como en Ricardo Nixon School (Emecé, 2016) y Catechi (Montacerdos, 2018), Sapolsky es una novela profundamente tocada por lo animal. En lugar del perro, que era la especie que colindaba con lo humano en sus novelas anteriores, esta vez el protagonismo lo tomará la figura del simio. A lo largo de la novela, el simio será utilizado en múltiples oportunidades para desarrollar un vínculo entre el mundo animal y el mundo humano. Por supuesto, el puntapié inicial de estas reflexiones lo da la figura de Robert Sapolsky, pues es a través del estudio del comportamiento animal que se enarbolan diversos paralelos entre lo animal y distintas experiencias o acciones humanas cotidianas como las peleas familiares, discusiones e, incluso, la forma en cómo se articula el campo literario. Tentativamente podría pensarse que aquí está el intento de la búsqueda de una explicación, las ansias de encontrar un origen, ante la tan punzante pregunta sobre por qué el humano sería como es. Y vale la pena darle una vuelta para pensar si logra encontrar su respuesta.

Asimilación

Por otro lado, si el narrador profundiza y sustenta su punto de vista por medio del discurso de la etología, la neuroendocrinología y las investigaciones de Robert Sapolsky, vale la pena preguntarse si efectivamente podemos alcanzar algún tipo de conocimiento sobre estas ramas por medio de la novela. La pregunta, más o menos, sería esta: ¿qué tan presente están Robert Sapolsky y la ciencia en estas páginas? Y me aventuro a decir que la respuesta sería “bastante poco”. Esto ocurre porque la narración de la novela se articula en gran parte mediante el ejercicio de la asimilación. Pedro Araniva Pavián hace suyo todo lo que lee, todo lo que escucha, todo lo que aprende; y todo lo recibiremos bajo el alero de su mediación. Así leeremos, por ejemplo, una serie de poemas incrustados que exponen lo que suponemos, pues siempre terminan con la frase “Thus spoke Robert Sapolsky” (“así habló Robert Sapolsky”), serían ideas originales del científico estadounidense con quien nuestro protagonista está obsesionado. Así leeremos también la impresionante anécdota de una indígena masái de Kenia que sufre un episodio asociado a la esquizofrenia. Y si así las recibimos, ciertamente vale la pena evaluar la calidad del filtro por el cual todo este conocimiento pasa antes de llegar a las/os lectoras/es: el filtro del narrador.

Narrador

Ciertamente la figura del narrador es uno de los elementos más impresionantes y complejos de la poética geisseana y en esta novela no es la excepción. En este caso en particular, la ficción juega permanentemente con la indeterminación respecto del estado de Pedro Araniva Pavián: ¿estamos ante una persona loca, esquizofrénica? ¿o está simplemente deprimida? ¿o, por qué no pensarlo también, estamos ante la persona más lúcida que ha pisado la tierra, un chamán que nos abre la posibilidad de alcanzar la trascendencia? Con más o menos marcas textuales, y si bien el final de la novela podría considerarse bastante decidor respecto de esta cuestión (me parece que la cercanía de la novela y el imperante temor a los spoilers impiden conversar sobre el final de la manera en que me gustaría), todas las opciones son bastantes posibles en algún momento de la lectura. Pero pienso también que quizás la novela es tramposa y es posible que no sea relevante determinar el estado de nuestro narrador. Quizás la novela elucubra problemas que son transversales a todos esos estados anteriormente enunciados: la falta de orientación, el descarrilamiento, el afán de búsqueda de un nuevo centro que deviene en obsesión. Por supuesto, dar una respuesta cerrada a esta disyuntiva resulta infructífero y, tal como ocurre la mayoría de las veces, será cada lector/a quien decidirá en qué elementos pone las tildes de la relevancia.Con todos estos condimentos, Cristian Geisse construye una novela que se sostiene por sí sola. Tan emotiva como cambiante, Sapolsky nos presenta momentos de comicidad, desconcierto y angustia en igual cantidad, y continúa alimentando una obra monstruosa que solo enriquece y complejiza el amplio espectro de la narrativa chilena.

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