El museo de la lectura eterna:
Cuentos completos de Ricardo Piglia

Diego Leiva Quilabrán

Imbuirse en una lectura totalmente extensiva, como la de un volumen de cuentos completos, es una tarea compleja. Plantearse el objetivo de sintetizar y mostrar a un lector –iniciado o no– los principales valores en una lectura de este tipo es tambalearse entre ser demasiado general y, por lo tanto, no decir nada o ser demasiado específico y perderse en la minucia. Con el riesgo de ser demasiado obediente en la lectura, creo que, en este caso, tomaré como trampolín las palabras del propio Piglia.

Los Cuentos completos de Ricardo Piglia (Anagrama, 2021) son fruto de un trabajo de autorevisión que el propio autor realizó entre los años 2014 y 2017, consciente de las dificultades que vendrían a causa de la esclerosis lateral amiotrófica que lo aquejaba, –según comenta Guillermo Schavelzon en una nota que cierra el libro–. Es una obra con cierta mística, si se cree en tal cosa: el escritor argentino pudo terminar de editar sus textos gracias a un software de escritura con la mirada y con la asistencia de su esposa Beba Eguía y de la psicoanalista Luisa Fernández. En este escenario, funcionaría en ese régimen de producción que Edward Said hablaba como lo tardío: «estar al final, con la memoria intacta y muy consciente (incluso de un modo preternatural) del presente».

Estos Cuentos completos integran seis libros, reordenados y con integraciones realizadas de acuerdo a los tiempos de escritura y «ocurrencia» de los cuentos. Así, solo por dar un ejemplo, Los casos del comisario Croce aparecen fechados el 2007, aunque hayan sido publicados el 2018, pues, como indica Piglia: «en ese momento imaginé a un investigador que tuviera métodos propios y un poco delirantes para resolver sus enigmas». Al terminar su “Nota del autor”, terminando la lectura, el escritor avisa, como si tuviera que leer y explicar una última vez su propia obra –completa, esta vez–: 

«Uno se relee y encuentra tonos y ritmos en los que no había pensado, pero son esos fraseos y esas modulaciones de la prosa lo que, en última instancia, persiste y persevera a lo largo del tiempo. Esas manías y esas maneras son lo único que uno busca narrar. Y esos ritmos son, en definitiva, lo que llamamos un estilo personal».

¿Cuál sería ese estilo personal, esa manía y ese ritmo? Sin duda, al menos, tienen que ver con la lectura.

La invasión (de 1967, pero reeditado con adiciones el 2006) es un apartado plagado de cierres personales, trozos de experiencia que intentan procesarse en la misma medida en que los personajes no terminan de entender qué pasó. Personajes abiertos buscando finales cerrados. Dichos cierres, además, rara vez se buscan en espacios que les son propios. Quizá «invasores» sea el mejor modo de referirlos, pero también como invadidos. Los protagonistas que, a veces son narradores, se cruzan en experiencias de otros a la vez que deben enfrentar el riesgo de ser atravesado por las de otros. Llegan a lugares distantes (cuando no espacialmente, siempre parece que se cruza un umbral importante), a tomar decisiones que pueden cambiar su vida o remediar un cambio que no pudo ser.

Nombre falso (1975) es una publicación clave. El “Homenaje a Roberto Arlt” que contiene, de acuerdo a Piglia, marca un cambio fundamental. No es difícil darle la razón si se considera que en él –aunque no solo en él– explota lo que en La invasión era una intuición: el ejercicio de la lectura –literaria, además de la que se hace de propia vida– es el camino para explorar el sentido de la acción y los vericuetos de lo que no se dice. De este modo, además de la lectura, se lleva hacia el centro de la escritura tanto la escritura misma y, a su vez, el hecho literario. Obras que se reescriben y se sobrescriben en cuentos contiguos, como es el caso de “La loca y el relato del crimen”, cuyos ecos resuenan hasta terminar la sección.

Sobre la escritura y las posibilidades del acto narrativo se vuelve en Prisión perpetua (1988): ya puede percibirse que se transformaron en unas de las manías y ritmos que indica Piglia que constituyen un estilo –que constituirían su propio estilo–. La relación entre literatura y experiencia se amplifican: el relato se ordena, se amplía, se repite, invierte sus relaciones con el mundo real –tensionando las experiencias posibles del mundo material–. En el apartado “Diario de un loco” de “Encuentro en Saint Nazaire”, figura una entrada de diccionario: Final. En ella, se señala: «un relato lineal que sin embargo funciona como un juego de espejos, o una adivinanza. Una palabra debe remitir a la otra, en un orden que preserve, en el fondo secreto del lenguaje, la aspiración a un cierre». Si se ha leído el volumen en orden y de manera continua, en este punto queda claro que esa es una reflexión que opera de fondo. El cierre es un deseo y el lenguaje es lo que puede movilizarlo.

Cuentos morales (1993) es una variada reflexión que, sin dejar de explorar las diversas potencias del lenguaje, se concentra en la comprensión de códigos: conductas y modos de leer.  Así es comprensible que cuentos en apariencia distintos existan bajo un mismo paraguas: conviven “El gaucho invisible”, un relato sobre la sociabilidad masculina y la posibilidad de existir en comunidad, “La nena”, que trata de una niña que padece «extravagancias de la referencia» y que «se veía en una decisión espontánea de crear un lenguaje funcional a su experiencia del mundo», y “La isla de Finnegan”, cuento acerca de una isla en que el Finnegan’s Wake de Joyce ha adquirido un carácter sagrado.

Cuando entendemos que el sentido o la dirección de las acciones humanas no es solo una cuestión abstracta, sino que puede adquirir carga jurídica, Los casos del comisario Croce (2007) cobran sentido como parte de la cadena de variaciones, reflejos y opciones que aquí estoy intentando describir. Piglia introduce esta publicación un “Liminar” sacado de la Historia crítica de la teoría de la plusvalía de Marx en que habla sobre la productividad del delincuente y su delito. Esa es la puerta de entrada a los doce relatos de Croce, en que el comisario razona y desvela –a partir de asociaciones antes paradigmáticas que sintagmáticas, diría el estructuralismo lingüístico– sobre crímenes políticos, violaciones, asesinatos, incluso un fingido delirio religioso con la Virgen de Luján en la pampa.

Por último, las Historias personales (2015-2017) son la muestra más evidente del estilo tardío. En ellas, Emilio Renzi –alter ego literario de Piglia– aparece en el centro: lee novelas, pero también archivos y relaciones personales. Se puede acceder a estos últimos textos a la manera de un work in progress vital de Piglia. Al parecer, la conciencia de la muerte es la que obliga a volver sobre esos retazos intervenidos, nuevamente, por esa manía de la lectura literaria. Destaco “En el umbral”, cuento en que las reflexiones sobre eso que he llamado su manía y la convivencia con un abuelo con problemas de memoria, combatiente de la Primera Guerra Mundial, entroncan con su formación de lector y, además, de organizador de las experiencias.

Para terminar, siguiendo el orden de las secciones que integran estos Cuentos completos, me tomo la libertad de ser patudo y escoger mis favoritos. Uno por cada libro compilado, recortes personales. Digo, leyendo un libro de estas características, es imposible que un lector –en este caso, yo– recuerde más que lo que efectivamente le hizo más sentido o le dejó una impresión de plena satisfacción al terminar: de Invasión, “El joyero”; la nouvelle “Nombre falso” del libro homónimo; de las dos partes (indisolubles) que componen Prisión perpetua, creo que me quedo con “Encuentro en Saint-Nazaire”; de Cuentos morales, no sé aún si quedarme con “La isla de Finnegan” o “El gaucho invisible”; por Los casos del comisario Croce, no dudaría en poner “El Astrólogo” como punta de lanza. Finalmente, de entre sus Historias personales, “En el umbral” parece condensar las dos caras de la obra de Piglia: el lector y el escritor, narrar un gran museo de la lectura eterna.

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