Luster
(Fragmento)

Raven Leilani
Trad. Rocío Abarzúa

La primera vez que tenemos sexo ambos estamos completamente vestidos, en nuestros escritorios, en horario laboral, bañados en la luz azul de los computadores. Él está al norte de la ciudad procesando un nuevo paquete de microfichas y yo estoy en el centro haciéndome cargo de las correcciones para un nuevo manuscrito sobre el labrador detective. Me cuenta qué comió de almuerzo y me pregunta si puedo lograr sacarme los calzones en mi cubículo sin que nadie se de cuenta.  Sus mensajes vienen con una puntuación impecable. Le gustan palabras como sabor y untar. El campo de texto vacío está lleno de posibilidades. Por supuesto que me preocupa que TI se meta remotamente a mi computador, o que mi historial de internet justifique todavía otra reunión disciplinaria con RRHH. Pero el riesgo. La excitación de un tercer par de ojos no vistos. La idea de que alguien en la oficina, con ese optimismo dulce posterior a la hora de almuerzo, pueda encontrarse con la conversación y ver cuán tiernamente Eric y yo hemos construido este mundo privado.

En su primer mensaje me indica algunos errores tipográficos en mi perfil online y me cuenta que tiene un matrimonio abierto. Sus fotos de perfil son cándidas y relajadas–una foto granulada de él durmiendo en la arena, una foto de él afeitándose, tomada desde atrás. Es su última foto la que me conmueve. Los azulejos sucios y el suave retroceso del vapor. Su cara en el espejo, severa, con silencioso escrutinio. Guardo la foto en mi teléfono para poder mirarla en el tren. Las mujeres miran sobre mi hombro y sonríen y yo las dejo creer que él es mío.

Por lo demás, no he tenido mucho éxito con los hombres. Esta no es una declaración de autocompasión. Es solamente una declaración de los hechos. Aquí hay un hecho: tengo pechos grandes que han deformado mi columna. Más hechos: mi salario es muy bajo. Tengo problemas haciendo amigos y los hombres pierden el interés en mí cuando hablo. Siempre va bien al principio, pero después hablo muy explícitamente sobre mi torsión ovárica o el costo de mi arriendo. Eric es distinto. Tras dos semanas de correspondencia me cuenta sobre el cáncer que devastó a la mitad de su familia materna. Me cuenta sobre una tía que amaba que hacía pociones con pelo de zorro y cáñamo. Cómo fue enterrada con una muñeca de cáscara de maíz que había hecho de sí misma. Aún así, describe su hogar de infancia con cariño, las digresiones de la tierra de cultivo entre Milwaukee y Appleton, las aves de pecho amarillo y los cisnes de tundra que aparecían en su patio, buscando semillas. Cuando yo hablo de mi infancia, solo hablo de las partes felices. El VHS de Spice World que recibí por mi quinto cumpleaños, la barbie que derretí en el microondas cuando no había nadie en la casa. Por supuesto, el contexto de mi infancia–las boy bands, los Luncheables, el proceso de destitución de Bill Clinton–solo enfatiza nuestra brecha generacional. Eric es sensible sobre su edad y la mía y hace un esfuerzo considerable para manejar la diferencia de 23 años. Me sigue en Instagram y deja largos comentarios en mis posts. Jerga de internet jubilada intercalada con comentarios serios sobre cómo la luz cae sobre mi cara. Comparado con los avances inescrutables de los hombres más jóvenes, es un alivio.

Hablamos por un mes antes de que nuestras agendas se alineen. Tratamos de vernos antes pero siempre pasa algo. Esta es solo una de las formas en que su vida es diferente de la mía. Hay gente que cuenta con él y a veces lo necesitan con urgencia. Entre sus cancelaciones abruptas me doy cuenta de que yo también lo necesito. En una forma que hace que mis sueños sean expresiones delirantes de sed–largos tramos de desierto amarillo, catedrales rodeadas de musgo goteando. Para cuando establecemos nuestra primera cita real, habría hecho cualquier cosa. Él quería ir a Six Flags.

Decidimos ir un martes. Cuando llega en su Volvo blanco, solo he llegado hasta la parte de mi rutina prescrita en la que intento encontrar la risa más apropiada. Me pongo tres vestidos antes de encontrar el correcto. Me amarro las trenzas y me delineo los ojos. Hay platos en el lavaplatos y un penetrante olor a salmón en el departamento y no quiero que piense que tiene nada que ver conmigo. Me pongo unos calzones complicados que más que calzones son un manojo de tiras y me paro frente al espejo. Pienso para mí misma: Eres una mujer deseable. No eres una docena de jerbos en una cubierta de piel.

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