Escribir, escuchar, cantar

Lorena Amaro

Muchas son las historias que se agolpan en la frontera entre un año y otro; si las cuentas a ritmo de cumbias, reggaetón y baladas románticas, tienen ese aire a acabo de mundo, a mal disimulada infelicidad entre gritos y cantos, a eterno retorno. Las emociones contenidas o desatadas adquieren gustito a pisco, o al infaltable ponche que hasta hace al menos un tiempo era el elixir de los años nuevos clasemedieros. Todo eso está en este libro, Mientras dormías, cantabas, de Nayareth Pino Luna. Un viaje sensorial por la cotidianidad de tantas familias. Un libro que, como bellamente describía Piglia la ficción, nos permite asomarnos y fisgonear el interior de una casa, en que algunas escenas son nítidas y otras, imposibles de captar. 

En esta novela, construida en cuatro partes o capítulos, cada uno de ellos rematado por un breve texto dirigido a una de sus protagonistas, se registra las historias de dos familias, las de Gabriel y Marta, hijos de vecinos en un block de departamentos, que han llegado a una edad en que se hace necesario, para poder seguir avanzando, confrontar los secretos, silencios y deudas de la tribu. En el caso de Gabriel, el vacío que lo preocupa es el que dejó su madre, Mónica, cuando los abandonó a él y a su hermana en la adolescencia. Marta, por su parte, está obsesionada con el recuerdo de su tía-hermana, Leonor, hija de una violación, quien murió a causa de una cardiopatía y una escoliosis severa, congénitas, unos años antes. Gabriel fue el mejor amigo de Leonor, cariño que se proyecta en el encuentro con Marta, siete años menor, y con quien esta noche de año viejo y nuevo, surge, además, una potente atracción. 

Con gran soltura narrativa, Pino Luna nos relata muchas vidas. Hay una historia de amor, pero también otras muchas sobre cómo se ganan y se pierden amores. La gran protagonista de la novela, no obstante, es la única que está ausente, muerta, silenciada. Ninguna palabra parece expresar adecuadamente una vida como la de Leonor, encerrada desde muy niña en un departamento familiar lleno de gente, sin intimidad, con el único escape de una ventana que da a un baldío donde se levanta, de vez en cuando, un enigmático remolino de polvo. Es en la figura de Leonor que detecto una de las capas al menos para mí más atractivas de esta novela, sus reflexiones sobre la palabra, la escritura, la escucha. Tal vez sea realmente de aquí de donde emane la música de la novela. 

Leonor es presentada como una ávida lectora. Dejó una vida para ser leída, pero ninguna palabra escrita. Marta no quiere convencerse de esto, «no entiende cómo es posible que no escribiera» (82). Pero es así: a pesar de su deseo de aprender, Leonor nunca pudo escribir. Marta se siente culpable y no se conforma con la desaparición de su hermana, quiere reencontrarla en sus palabras, en algún diario que pudiera revelar esa cotidianidad de encierro, en contacto permanente con la proximidad de la muerte. En eso consiste la vida de los enfermos crónicos: en pensar cuánto quedará, amarrados como nadie a ese futuro. Pero a Leonor también la obsesiona el pasado de un modo inusual: no tanto el origen violento de su vida, sino algo que está más allá, lo que hay antes del ser. La lectura de muchos libros la ha llevado a preguntarse no tanto lo que ocurrirá después de la muerte, sino lo que ocurrió antes de existir: «Ella pensaba que antes solo estaba la muerte, que no es lo mismo que nada, porque nada no es una respuesta decente. Creía que en algún momento de su concepción algo pasó y la muerte no se fue. Pensaba que los muertos no pueden escribir ni enamorarse». Leonor se comprende a sí misma como un ser marcado por la muerte que no se fue y por esto es que tampoco logra escribir: «Para escribir hay que estar vivos; para amar también» (85). Supongo que muy pocos y pocas han vivido esta potencia de la escritura como Leonor, pensándola como un objeto inalcanzable y por lo mismo, como un tesoro tan absoluto y pleno que puede ser incluso amenazante: «Escribir era distinto. Escribir es magia negra, es un ritual que conduce a un lugar al que no sabías que podías llegar, pensó alguna vez (…) Leonor tenía miedo de ir a ese lugar al que conduce la palabra que es escrita» (91). Demasiado seria para jugar con ella, la escritura es en esta novela una expresión de plenitud, de vida, de amor. Y los libros, la lectura, valores más alcanzables, más cotidianos, con los cuales puede acompañarse un cuerpo tenso entre la vida y la muerte: «Esos libros le habían enseñado que era una tontera eso de que la literatura  te permite vivir mil vidas y viajar, y ser feliz. Que leer era más parecido a una procesión en que mueres y resucitas, de vez en cuando al mismo tiempo. Y si leer era eso, ella quería hacerlo todos los días de su vida» (82).

En la novela hay una breve pero significativa mención de Alsino, libro que nunca llega a manos de Leonor, pero que le estuvo destinado. Su vida y la del niño pájaro son, efectivamente, paralelas. Ambos son sujetos destinados a ser un «afuera» de la vida normada. Anomalías que la biopolítica hace a un lado, despojándolas de voz, ocultándolas del espacio público, haciendo de sus existencias desordenadas (o sometidas a otros órdenes) la excepción de la regla. «Estás torcida de adentro hacia fuera», es la acusación de dos de sus hermanas/tías a Leonor, cuando descubren su atracción por una mujer. Y es que la presencia incomprendida de esta chiquilla junto a la ventana es un enigma al que los demás no dejan de dar nombres, escribir, figurar. Pero lo que queda de ella son apenas unas imágenes, recortes de su ropa, fragmentos azarosos reunidos en una caja. Son estos pedazos los que Marta trata infructuosamente de encajar a lo largo de una noche y que Pino Luna monta y desmonta sin querer armar del todo el rompecabezas, adentrándose con gran dominio y sensibilidad en diversas casas santiaguinas, en sus jolgorios tristes, en sus secretos y soledades también, para registrar las experiencias desencantadas o atronadoras de personajes que parecieran estar esperando ser escritos. 

La banda sonora del relato es fundamental. La novela escribe la vida de Leonor a ritmo de radio AM, puntuada por canciones que forman parte no de un léxico, sino de una playlist familiar, que queda registrada en las últimas páginas de este libro. La música es un motor que mueve a los cuerpos, que los impulsa y los contiene. Y las letras de las canciones, son, a su modo, otra forma de sagradas escrituras. Los personajes las comentan, repasan y redescubren. La abuela y matriarca de la familia, Clara, canta a voz en cuello, deslizando un error que da el título a la novela: «Mientras dormías, cantabas», de la «Cumbia para adormecerte», versión de Sonora Palacios, «la más preferida». En el último capítulo del libro, aquel en que veremos morir a Leonor, la cumbia es un arrullo y también una plegaria; el error de la abuela, que dice «cantabas» en vez de «cantaba», le da voz a la dormida, hace que la música fluya desde ese último rincón del sueño que es la muerte. 

Cito uno de mis fragmentos preferidos del libro: «Elegir una canción es como elegir un nombre con el que llamar a alguien que nace o muere. Elegir una canción es como poner títulos, es desafiar las leyes universales, esas que dicen que cuando se hizo la luz todo estaba en silencio, o eso que se desprende de aquello, que primero fue la luz, que del sonido no se sabe, que la historia de la tierra y del agua trascurrió en un silencio total hasta que llegó el hombre o el ser humano, o la mujer y el hombre.  Elegir una canción  también es jugar con la gravedad, porque una buena canción interfiere el espacio-tiempo por el que todo circula: el hombre y el ser humano, la mujer y el hombre» (63). Las letras de las canciones se acoplan al ritmo de esta noche en que todes cantan y bailan hasta la extenuación, cargando, junto con sus cuerpos fatigados, culpas,  fallos, fisuras y temores: «Para cantar a veces hay que cerrar los ojos. Dejar que otra oscuridad espante el miedo, como una cumbia triste». Cantar y contar son ejercicios que aquí se hacen en familia, donde los cuerpos también cantan y cuentan: «Él piensa que las cicatrices son como tatuajes con una historia para contar». «Si los tatuajes son cuentos, las cicatrices son novelas, responde ella» (69). Los invito a leer esta enorme cicatriz oscura, no solo del deseo –el de una mujer que muere con veinticuatro años, su cuerpo apenas un leve pero brutal roce con el mundo exterior— sino también de una escritura que nos invita al goce. 

Un comentario sobre “

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s