Un trozo más de Sylvia Plath

Galia Luque Milla

Leer a Sylvia Plath siempre puede ser provechoso. Dentro del material que dejó detrás, las plácidas palabras minuciosamente acomodadas crean pasadizos interconectados que plantean una prosa desde las profundidades de la inspiración intrépida de la catástrofe. Es en “Daddy”, del poemario Ariel, en donde una voz concreta el escenario del desastre como plena fuente de inspiración y estudio: «No Dios, sino una esvástica/ tan negra, que por ella no hay cielo que se cuele./ Toda mujer adora a un fascista,/ con la bota en la cara, el bruto, el bruto corazón de un bruto como tú».

Sylvia Plath fue instruida, inteligente. Comenzó a escribir desde niña, por lo que no es una escritora de la casualidad, del talento. Plath decidió ser escritora y vivir de ello: en esa decisión y pragmatismo hay una constante preocupación de las imágenes, el poema, su estructura. A pesar de las agonías y vuelcos de una mujer estadounidense de postguerra, creó y estudió y trabajó un lenguaje propio, una poesía llena de capas y metáforas e imaginarios distintos que comparten venas.

El intimismo crudo que teje la literatura de la escritura recae en la variedad de temáticas desde donde se posiciona: puede planear, elevar tanto como estabilizar o simplemente dejar caer. El encanto de leer a Plath es el vértigo que supone una desembocadura en un agudo alarido ensordecedor, pero el grito no existe o no se escucha, solo hay mareos que van desvaneciéndose a lo largo, transformando todo lo escribe en un mundo que no tiene finalidad más que la observación –lo que hay son las consecuencias de sentir que todo se retuerce–: «Me aterroriza la cosa oscura/ que duerme en mi interior;/ percibo durante todo el día sus giros blandos y plumosos, su marginalidad».

Entre ser mujer/escritora y todo lo que conlleva el rol de hija, esposa, vida social, la maternidad, y una fulminante depresión, El mundo de las camas y otras historias (Ediciones Libros del Cardo, 2021) supone otra faceta de la vida de la escritora que acomoda la ternura como una temática absoluta. Con una perspicacia natural y un lenguaje melódico, “El mundo de las camas” es un cuento nocturno que le gustaría oír a alguien que puede ver los árboles brillar con otra luz, una de un color que no se puede clasificar con los parámetros establecidos, «normales». El rol de creadora de Plath se enfrenta a lo infantil, a entretener más que a interpelar. Es la ternura lo que mueve estos cuentos, como si al escribirlos en sus manos existiera el poder de nutrir de paisajes saltones y brillantes –esa misma necesidad, el palpable cariño que la invade, hace de estas lecturas de un momento nostálgico–.

“El traje del no importa”explora la familia y sus roles diarios y un traje amarillo que necesita un dueño entre un padre y siete hermanos; en“La cocina de la Señora Cherry”, el último relato, duendecitos juegan en una cocina y los distintos aparatos electrónicos intentan cambiar de roles entre ellos, atascándose en problemas al querer hacer cosas distintas que para los que fueron diseñados.

Las ilustraciones de Raúl Salazar comprometen la forma de leer por lo cual la imaginación se ve enfrentada a un latido, a un chorro de sangre que la baña para impulsarla a algo nuevo –ver materializados estos sueños, estas fantasías, transforman al libro en una pieza de arte en sí, una pieza que emociona en donde Plath dirige y Salazar obedece sin esconderse entre las sombras.

Plath es incesante e intentó abarcar el mundo completo, lo que sea que significó el mundo para ella. Escribió poesía, una novela autobiográfica: La campana de cristal, y varios relatos. Hasta antes de su suicidio, fue una escritora compulsiva que buscaba una perfección y pureza inalcanzable. La muerte de Sylvia ha dejado una mancha en su historial, en donde la tristeza y el dolor pareciera ser el único tema del cual ella podría hablado, El libro de las camas demuestra que su literatura no era solo emociones guturales oscuras, sino que el amor y la afecto también era un propulsor en su vida como escritora.

Todo lo que escribió Sylvia Plath es el resultado de la asimilación de cosas, de dimensionar su psiquis, la sociedad y sus pliegues. Sus libros son exploraciones tanto internas como externas: Plath no es una escritora confesional, sino que es una intelectual que entendió que escribir podía significar fragilidad y consuelo.

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