Traidor

Cristián Pino Morales

—Hijo, tenemos que hablar.

La vitrola vieja sobre el mesón impecablemente barnizado. Las ventanas abiertas y una luz de verano empujando junto a la brisa las cortinas hacia adentro. Las manos gruesas y nerviosas de Papá ahorcándose mutuamente. El sillón de cuero gimiendo bajo el peso de su cuerpo como antaño lo hizo con su padre. La silla endeble sosteniendo un equilibrio momentáneo. Un error de cálculo ínfimo y todo se vendría al suelo, nos vendríamos abajo justo frente a los ojos de Papá. Por supuesto que no queremos eso, no ahora, no ahora que Papá nos está empezando a tomar en serio y que viene con esa solemnidad imitada desde otras clases sociales a decirnos algo que parece tan importante. Papá es un hombre enorme, una bestia majestuosa sentada en ese sillón ennegrecido que lo aguanta apenas. Sobre sus hombros anchos se puede ver las tachuelas doradas que mantienen el cuero del sillón pegado al marco. El sillón debe pesar tanto como Papá.

Debemos sentarnos derecha. Papá nos ha dicho eso infinidades de veces cuando éramos una niña. A veces nos sorprendía sentada con una pierna cruzada y el cuerpo reclinado en una posición algo exagerada. Nos gustaba sentarnos así e imaginarnos que éramos la Audrey Hepburn tomando desayuno en Tiffany’s y fumando de su boquilla toda coqueta. Y Papá nos veía y gritaba: ¡Hijo, siéntate derecho! ¡Pareces un marica! Y entonces nos sentábamos derecha y poníamos cara de regimiento con la expresión bien tiesa y Papá nos dejaba tranquila. 

Papá es un tipo muy grande y poderoso, cuando camina por la calle parece un toro a punto de embestir a quien se cruce en su camino. Nosotras somos frágil, apenas una cosita lánguida y delgada que se tiene que quitar el labial rapidito antes que vuelva. Si se enterara de que nosotras somos así… quizás sería capaz de matarnos y hasta ahí no más llegó el muchacho tan querido. Estamos seguras de que hubiese preferido que fuéramos como él, pero no tenemos un cuerpo con grandes músculos, ni la actitud de barbarie con la que él se relaciona con el mundo. A nosotras nos gusta soñar e imaginar y nos deleitamos con la suavidad de las telas y con el brillo de sus colores. Cuando Papá no está, subimos al desván a registrar las ropas de la mamita. Las dejó allá encerradas y solas cuando ella murió y a veces nosotras nos ponemos el vestido verde o el azul y nos vemos tan hermosa. Cuando nos metemos en esa tela satinada y brillante nos parecemos a ella de joven. Falta el cabello largo, claro, pero con él no se puede. Una vez quisimos dejarnos crecer el pelo, pero lo de siempre, que el cabello largo era cosa de maricones y que si no íbamos a la peluquería nos cortaría el pelo él mismo. Por eso siempre va corto y nunca más abajo de las orejas, aunque estamos segura de que nos veríamos regia con el pelo largo o con un moño. A veces pensamos en comprar una peluca, pero siempre está el riesgo que él pueda encontrarla.

Papá tiene dos grandes pasiones: es miembro del Partido Nacional Demócrata y es fanático del Deportivo Porteño, un equipo de fútbol de acá de la ciudad. Casi nunca va a las reuniones del partido porque hay que ir de terno y tiene uno solo que cada día le entra menos o quizás ya no le entra nada. Dice que a las reuniones asiste gente muy distinguida y de modales impecables; que las damas son damas y los caballeros, caballeros. Nada de esas cuestiones a medio camino que se han puesto tan de moda por estos días. El Partido Nacional Demócrata es el más conservador y se opone a todo. La gente del Partido llega en autos caros a las reuniones y a Papá le da vergüenza llegar en bicicleta así es que va poco. Pero siempre que lo hace llega repitiendo las cuestiones que escucha y dice que a la gente del Partido también le cargan las mariposas.

El Deportivo Porteño es su otra pasión. Es un equipo de fútbol viejísimo que alguna vez fue el campeón del torneo local, pero ahora es poco más que un club de barrio y no logra salir de la segunda división. Cuando éramos niña Papá nos obligaba a ir con él al estadio y nos hacía comer sánguche de potito, una asquerosidad fétida que venden en los estadios. Quizás la gente la compra porque es un sacrificio comerla y con eso es como si estuvieran haciendo una manda para que el equipo gane. Después de todo, el solo nombre ya es asqueroso, es como si se llamara emparedado de culo y para peor lo hacen con la misma parte chiclosa de donde salen los callos a la madrileña y se come con cebolla y ají.  

Papá dejó de obligarnos a ir al estadio cuando murió la mamita, pero siempre está diciendo: 

—Hijo, me gustaría que un día me acompañaras a ver a nuestro equipo. Tenemos que apoyarlo para que vuelva a primera. 

Y nosotras pensamos que el equipo nunca fue nuestro, ni siquiera de él. Es de unos viejos rancios que se la pasan borrachos todo el día y que malgastan las platas del club en trago y mujeres. A Papá no le gusta mucho eso, pero lo justifica diciendo que son «bohemios». Si nosotras fuéramos bohemia nos trataría de maricón asqueroso sin pensarlo. Pero él es así y es el único que tenemos. A veces pensamos en qué pasaría si nos arrancásemos de la casa, pero la idea no va muy lejos. Seguro terminaríamos en alguna comisaría hasta que nos fuera a buscar y nos trajera de vuelta a golpes. Nos dejaría un ojo morado o quizás otra cosa peor. 

Tiene un revólver en la mesa de noche junto a su cama y siempre está cargado. Tal vez podríamos sacarlo un día o mejor una noche y permitirle ir a ver ese cielo del que tanto habla. O podríamos morir y terminar con todo este asunto si, total, nosotras no iremos al cielo porque somos rara y en el cielo de Papá no entran los raros. A veces nos preguntamos si Mamá está ahí y queremos creer que podríamos verla pero otras veces —las más —se nos inunda el corazón de tristeza porque sabemos que no es así.

Hace no mucho tiempo vino Papá con esa misma solemnidad con la que nos habló hoy y dijo que teníamos que hacer algo juntos, algo demasiado importante en la relación de un padre y un hijo. Nosotras lo miramos como queriendo explicarle, pero sin lograr decir mucho porque es difícil hablar cuando se le pone algo en la cabeza. Habla sólo él y sólo de las cosas que a él le interesan. Nosotras queríamos decirle que mejor nos dijera hija, que sonaba hasta más bonito, pero eso nos hubiera garantizado como mínimo un puñetazo en la cara. Papá nos pegó cuando nos pilló con la cartera de la Mamá y nos dijo lo de siempre. Nosotras nos largamos a llorar y le respondimos que era porque extrañábamos a la Mamá, pero el golpe ya estaba y Papá tiene las manos pesadas. Por eso al final no le dijimos nada esa vez que vino con una navaja a decirnos que ya nos estaban saliendo bigotes y que era hora de afeitarnos. Llegó con dos toallas de mano y una botella de agua de colonia para echarnos en la cara. Él se afeita todos los días y tiene la piel áspera y dura como papel de lija. A veces se deja crecer el bigote, pero no aguanta mucho y se lo termina afeitando. Esa vez nos puso la navaja bajo las narices y con un poco de jabón nos rasuró el bigote. Nosotras estábamos atacada porque pensamos que se nos pondría la cara dura como la de él, pero al final nos quedamos más o menos igual que antes, solo que sin la pelusa café que ya se notaba.

Por eso cuando le da por comunicarnos algo con esa expresión que le imita a los concejales del Partido, nosotras entramos en pánico e intentamos pensar en otra cosa, darle en el gusto tanto como sea posible y verlo alejarse satisfecho de estar criando un varón perfectamente educado y de moral intachable. Nosotras le decimos que sí no más, que tiene razón, que somos un chico muy estudioso y que con algo de suerte tendremos una novia en un par de años. No podríamos decirle de nuestros sueños, de ser la novia nosotras, de que llegue un príncipe a sacarnos de acá. O mejor todavía, que el príncipe venga a pedir nuestra mano y Papá se vea obligado a elegir entre guardar las apariencias u obedecer a una autoridad. En vez de eso tenemos a Papá sentado frente a nosotras con su actitud de inquisidor porque nos quiere preguntar algo. Seguramente que nos dirá que ya es hora de ingresar al Partido o de acompañarlo al fútbol a ver al Deportivo Porteño. Está inusualmente nervioso, como si una furia enorme estuviera a punto de reventarle en la cara. Trata de contenerla con un esfuerzo gigante, se agarra el cuello e intenta girar la cabeza como buscando que ésta se ajuste antes de hablar. En la sien se adivinan venas bombeando rabiosas bajo la piel y Papá rebuzna como la bestia que es. Entonces echa un suspiro, que más parece el comienzo de una tormenta, y el viento arremolinado trae el sonido de su voz hasta nosotras:

—Hijo, en mi experiencia los únicos hombres a los que no les gusta ir al fútbol son los maricones. Un hombre hecho y derecho va al fútbol o al box, pero a usted no le gusta ir a ninguno. Quiero que me diga ahora qué es lo que está pasando y que arreglemos cualquier problema que tenga antes de terminar esta conversación.

Papá ya lo dijo. Sabe todo y quiere que se lo digamos, y así tener una razón para echarnos de la casa, para golpearnos, para mandarnos a un internado o tal vez algo peor. Nosotras estábamos haciendo un equilibrio ridículo sobre la silla en la que estábamos sentada y ahora intentamos sentarnos derecha, erguida y convincente. ¿Qué le diremos a Papá? Está sospechando de nuestra renuencia a ir al fútbol y al box, pero todavía es muy pronto para decírselo. Él no quiere entendernos, quiere arreglarnos como si estuviésemos descompuesta por alguna causa que él ignora, pero que de seguro la gente del Partido podría explicar muy bien. Miramos a la pared y saltamos de objeto en objeto buscando en ellos una respuesta que lo deje tranquilo y que no nos obligue a volver al estadio con él, ni a comer esa asquerosidad del sánguche de potito. La mirada cae primero en la foto del General en su perfecto uniforme de gala. Sus ojos apuntan en direcciones diferentes y cuesta creer que tenga todo el poder que dicen que tiene. Los ojos de Papá están clavados sobre nosotras y ya se está impacientando por nuestra demora en responder. La mirada se desliza hacia el crucifijo de madera y el cuerpo lleno de músculos en tensión de Jesucristo. Tiene una expresión de dolor en su cara, pero es un dolor del cuerpo, no del espíritu e imaginamos que pondríamos una cara como esa en nuestra noche de bodas. Cristo tiene los músculos más marcados que Papá porque en su cuerpo no hay grasa. A nosotras nos gusta ese tipo de cuerpo, pero no entendemos bien por qué. 

Finalmente la mirada rebota hacia el banderín triangular del Deportivo Porteño, el equipo del pueblo según dicen. Juegan de verde y amarillo, y se ven horribles. A nosotras siempre nos gustó más la camiseta de los rivales, intensamente azul, brillantemente sudorosa y apretada contra el cuerpo del enemigo. Papá les gritaba desde la tribuna como si fuesen engendros salidos del mismísimo infierno, mientras nosotras solo queríamos ver perder al Deportivo. Es claro que no podríamos contarle estas cosas a Papá y nos sentimos terrible por estar escondiendo tantas cuestiones, pero es inevitable. El banderín está polvoriento y algo gastado, pero aún puede verse la firma del Loco Moreau en su superficie. El Loco es el máximo ídolo del club y Papá dice que ese banderín vale una fortuna, aunque eso es bien dudoso. Entonces se nos viene a la mente una idea terrible que al parecer es la única forma de zafar. 

—Lo que pasa… 

Papá está tenso como un elástico a punto de cortarse. Su cuello tieso apunta al suelo mientras su cabeza levantada nos mira como preparándose para embestir.

—…ocurre que yo soy del otro equipo.

Papá se pone rojo y estalla en cólera. Se para de golpe y comienza a dar pasos enérgicos sobre el suelo de tablas sueltas que cruje con su decepción. Pese a esto logramos notar un cierto dejo de consuelo en su mirada, como si la rabia se viera de algún modo aplacada por esa confirmación. Es cierto, somos del equipo rival, pero en la mente de Papá es casi suficiente con que nos guste el fútbol. Eso alcanza para explicar la reticencia a ir al estadio. Claro, si el niño es de la contra, qué iba a querer ir a ver los partidos del Porteño. Pero gracias a Dios no es maricón. Cualquier cosa menos eso.

—¿Y desde cuándo? —Pregunta tratando de digerir el terrible golpe sobre nuestra traición. 

—Desde siempre, Papá.

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