Contra la inercia,
Imposible salir de la tierra de Alejandra Costamagna

Diego Leiva Quilabrán

La imposibilidad es una circunstancia que queda clara en la medida en que nos encontramos de frente con un rotundo límite de acción. Si el título del volumen de cuentos que empiezo a comentar aquí sirve ya de pista o de pie forzado, sería eso lo que queda como hecho fundamental. En Imposible salir de la tierra (Laurel, 2021), Alejandra Costamagna incluye once relatos que son once encontrones de vidas mínimas con la inmensidad –o como queramos llamar a todo aquello que termina por excederlas–. Estos relatos van desde un oscuro y extrañado realismo –como “La epidemia de Traiguén”– hasta un simbolismo no menos perturbador –en que un texto como “Cuadrar las cosas” deslumbra–.

El epígrafe que inaugura el libro corresponde a versos de Blanca Varela que hablan de un “morir cada día un poco más” y de “aprender a pensar en lo pequeño / y en lo inmenso”. Esa distancia insalvable es la que intentan recorrer tras un objeto de deseo, saliendo de estados de embotamiento, hacia un más allá de extensión diversa: en “La epidemia de Traiguén”, la protagonista acaba en Japón persiguiendo a su obsesión, en “Naturaleza muerta” el destino parece estar en Retiro, sin embargo, en “Imposible salir de la tierra” está en el vacío al otro lado de una ventana de hospital. Otra forma del más allá puede tratarse del contacto con otro o, más bien, del deseo de encontrar en otro una mirada que devuelva imágenes centradas de subjetividades descolocadas. En estos cuentos, los deseos cumplidos existen potencialmente en un “allá”, en un horizonte estratosférico que se aleja y cuyo contacto definitivo sentencia a los sujetos a retracciones violentas, de una anagnórisis a una caída.

Las tragedias privadas de los protagonistas son vividas en relación abierta con el mundo: o bien hay alguien mirando, o el protagonista alcanza a ponerse en una incómoda posición ajena, o incluso la voz narrativa alcanza una siniestra ironía. Aunque la tragedia, en este caso, toma la forma de un ejercicio de ciudadanía: el encuentro de los sujetos con sus propios límites –sus resistencias agónicas y sus ejercicios de rendición– y el subsecuente repliegue íntimo. El deseo moviliza la experiencia, pero es el fracaso lo que la vuelva circular. La ruina –moral o corporal, por ejemplo– crecerá en la medida en que los mínimos –y a veces obsesivos– proyectos se desploman. Por lo mismo, atestiguar la fragilidad de esos proyectos y afrontar el desastre es constatar una individualidad patética, una honesta forma de individualidad.

La Tierra sigue girando hasta pareciera que algo –el encuentro con alguien, la muerte, la enfermedad, un deseo– la frena. Los personajes entonces salen de un embotamiento y deben afirmarse como puedan, pues el suelo ya no es suficiente. La protagonista del cuento homónimo, por ejemplo, es quizá el ejemplo más radical de esto, pues su deseo es justamente el de su aniquilación, su alternativa es la anulación de toda alternativa: “cuánto quisiera retirarse; si sólo comprendiera que ya no está del todo ahí, que oye más allá de las palabras” (p. 46). El gran problema para ella es que, siendo la protagonista del recurso extremado, seguirá siendo imposible “salir de la Tierra”. Es común encontrarse en algún momento de los textos con oraciones que sancionan la revelación terrible: «Victoria desanda la ruta con paso lento. Su cabeza está en cero. Ni en español ni en japonés ni en jeringozo: cero. […] Y lo que piensa es una obertura de lo que viene a continuación» (“La epidemia de Traiguén”, p.22); «Se les vino a la cabeza el futuro billonario. Billonario, la palabra billonario, les resultó de golpe ajena. Como si correspondiera a otra lengua, a otra raza idiomática» (“Cachipún”, p. 60); «Lo que veía ahora no era una persona. Era una mudanza, una evaporación, otra cosa. Supuso entonces que eso era morir: apagarse de apoco, como un solcito de otoño» (“Are you ready?”, p. 86); «El horror de haber despertado para siempre. No puede hacer otra cosa: deja que la cabeza formule ideas ridículas […] Entonces suena mejor así: rebobinar la cinta y devolver a Alia a la boletería del cine» (“Naturalezas muertas”, p. 117)Imposible salir de la Tierra es un volumen que habla sobre la necesidad de plantearse una salida y, a la vez, que esa salida implica trauma, desapego o rendición. Las trayectorias vitales avanzan a contramarcha, son vidas “a pesar de”, antes, durante y después. En estos cuentos la palabra serpentea, se arrastra ágilmente hasta el momento de la mordida y ese envenenamiento paulatino y secreto que declara todas y cada una de las derrotas. Quizá antes de pensar en salir de aquí, habría que considerar si hay algo al otro lado o si el polvo estelar vale la pena el roce traumático y candente al que nos someterá la estratósfera.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s