Ovejas saltando sobre la nada,
Tordo de Diego Alfaro Palma

Manuel Boher

Hoy pude ver la presentación de Tordo por Facebook, con Valeria Tentoni, Guido Arroyo, parte del equipo de Cuneta y Diego Alfaro, el autor. Además, celebran la reedición, porque fue discreto el primer tiraje, silencioso, con críticas introvertidas, o sin críticas en realidad, porque así lo cifra el autor en el epílogo y lo repite en la presentación, dentro del recuadro que le corresponde, en una esquina del video que reviso. Me consta que gente sí conectó con el libro en ese primer momento, y quizás solo pudieron extenderlo entre los conocidos, dentro de las murallas en la ciudad de los amigos, quizás, o apenas prestarlo alguna vez a alguien en un taller de Santiago, porque así lo leí yo en 2017, cuando la misma persona que me mostró a Ashbery me prestaría después Tordo, de Diego Alfaro. Y ahora vuelvo a leerlo, y quiero escribir un poco sobre el libro.

            Hay una anécdota inicial que me parece importante. El autor, en el proceso del libro, dice haber salido a mirar tordos, a seguirlos, a escucharlos. A fundirse con un núcleo silvestre, cultural, que no estaba predicho, sino en el alcance de la palabra de su nombre. Y pienso en un personaje de la serie Hunter x Hunter: Kurapika, un ejemplo quizás muy lejano, que tuvo que dormir con cadenas para poder conjurarlas. Entonces, esa palabra es interesante: el conjuro. Porque Diego Alfaro conjura un tordo y se confía a él en la ruta que se abre. Un tótem. Leo a A. Lang, y cacho que el totemismo se entendió mucho tiempo como la costumbre del tatuaje, o sea, romper o surcar el cuerpo para meter una imagen en él. El Autor en las plazas, más que estudiar, creo, estaba acuñando y tatuando la imagen del tordo en la imagen de sí. El conjuro total. Un matrimonio entre las ideas. Un arma heráldica, un rasgo de pájaro en la cara. Y en tordo –Cureaus cureaus– el latín Cur es el origen de la palabra cuidador, cómo apunta Diego en la presentación del libro.

            Y para dar un ejemplo todavía más lejano que la referencia a Kurapika: pienso en Virgilio también, que puede ser un tótem al que Dante se encomienda, un guardián del camino, un guía. Pero este ejemplo es una trampa de cercanía que permite avanzar, porque ese viaje que empieza en la selva y acaba en los arcanos de la trinidad, es un recorrido lleno de fantasmas. Fantasmas como espectros, pero también como huellas, cajas de sombra y cosas incompatibles a la fábrica del lenguaje. Así, de esta vuelta ancha me quedo con eso: con viajar entre fantasmas, de las alas y con las alas de un cuidador que rompe las nubes.

            Claro, el fantasma es un bulto de memoria. Pienso en un fragmento que guardé de Melville. Cuando decapitan una ballena en Moby Dick, y la sueltan al mar desde el barco. Y si quizás otro barco ve cómo los tiburones terminan de faenarla, conjurarán un pavor fundido de respeto por esa zona de mar que los otros barcos evitarán. Que saltarán sobre ella, dice Melville, como las estúpidas ovejas saltan sobre la nada porque la que iba primero saltó en ese mismo lugar cuando alguien se lo ordenó con un bastón. Ese hueco de nada que saltan las ovejas es el fantasma animal que nos inquieta.

            Para mí, en el mundo de fantasmas está la riqueza que mueve Tordo. Porque en un cementerio o en una necrópolis, en un país de espectros, se conjuran historias que deforman o achican como espejos de circo otras historias, la propia por ejemplo. Pero no, esas historias están apagadas. Digo, los ovejeros escoceses, los mercantes alemanes desaparecidos al fondo del estrecho, el croata que evadió la trinchera y el ona, están ahora sepultados bajo el musgo que los agrupa en Punta Arenas (Tordo, Cementerio de Punta Arenas). Es la oscuridad desplomada, un cascajo de un muro roto. Y parte del camino que se emprende tras el blasón del tordo es a prender esas antorchas de una luz que caduca, pero sacar una rama de ahí para mullir el nido.

             Me gusta y me aturde la experiencia general de Tordo. Un libro con dos mitades y una foto al medio. De nieve y de coirón. Hacia la izquierda está la fantasía y hacia la derecha está la memoria. La manía en un lado de la foto y la confesión en el otro. Y no creo que los textos vuelvan específicamente a la imagen, pero la foto sí funciona como un comodín meridional, entre dos maneras tan distintas de hablar de lo mismo. Donde puedo encontrar botas de guerra, oficinas, ambulancias entre la nieve, las bostas y los troncos, y bajo ella enterrada también la memoria que se cuelga en los interlocutores como una medalla pesada. Porque son muy sanos los órganos de Tordo, porque sus objetos circulan en un malabarismo de emergencias y pulsos ocasionales de belleza y desconfianza. Pero no creo que haya un solo truco de magia en el libro, no suenan aplausos en sus dimensiones desconocidas. Porque son muchas ramas las que se sacan de esta luz que expira, para un nido grande y hueco como un estadio. Hay una última consideración que hace Fison al origen del totemismo, donde muestra que el tótem es siempre la designación de un grupo y nunca la de un individuo. Esa rebuscada definición de pedagogía es, ya no una excusa, sino una licencia para decir un puñado de cosas sobre un plano.

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