Elogio del odio, de Marina Arrate

Eugenia Brito

Marina Arrate es una poeta chilena que surge en la década de los 80 en Chile con su libro de poesía Este lujo de Ser, y  posteriormente con Máscara negra, 1990, Tatuaje, 1992, Trapecio, 2002, Uranio, 1999, El libro del Comendador, 2008, y ahora, Elogio del odio, 2021.

En una primera aproximación a Elogio del odio, su último libro, diría que éste se ciñe a la estética suntuosa y barroca que Marina Arrate adopta desde su primer texto. Una red metafórica concatena  formas sintácticas e imágenes que conforman un cuerpo o varios cuerpos que despliegan la imaginería del odio, su proyecto y destino. Desde el azabache de la mariposa y sus estrías doradas, hasta el fulgurante azul del odio; desde el tatuaje en el tobillo izquierdo, o tal vez, en un desplazamiento múltiple, sobre la  muñeca derecha, en la espalda, en la oreja izquierda y desplegada  en el vientre, la recurrente mariposa negra. Esta imagen de la fragilidad de la belleza y del vuelo, de la fugacidad de la vida y las transformaciones, le permite generar un habla sobre el cuerpo de la sujeto que escribe y fabula y que, como un mantra, repite, cargando de sentido sus palabras, que el odio la inunda, que el odio  la hace escribir, que hablará del odio. Esa mariposa, que es un signo  identificatorio de su cuerpo, se conecta con otra, simbólica, que es un signo articulado con la sangre de los caídos, quizá de la caída en un alfiler real o imaginario que la capture y la mate.

Así como la primera parte da forma al cuerpo de la sujeto que escribe, el texto “ El yatagán” da forma al puñal con el que se  piensa llevar a cabo una venganza y en “El Arte  del yatagán”, a fragmentos de la historia de su uso. La escena es atemporal, parece antigua pero a la vez moderna, en una ciudad que puede ser occidental u oriental.

Pero ésta es una marcha, una caminata, en la que la hablante, con otros u otras, se mueve desde el Norte al Sur, desde California a  Magallanes. Esta es una travesía de la mente y la lengua, un viaje guiado por el significante de un afecto, una vibración que moviliza  y hace estallar los límites y contornos.

La  articulación de estos poemas está recorrida por una serie de  sinécdoques, desde las cuales se hace una señal al sentido, el que nunca es pleno o completo, sino que procede en fugas desde lo  imaginario a lo fantástico, desde lo onírico al deseo. Y desde éste a la palabra en donde recompone un escenario con varios y múltiples dobles. Pero el significante que busca articular el ser lo hace desde diferentes estratos, desde objetos parciales, desde los cuales convoca la palabra y disemina de modo plural sus posibilidades y latencias, gestionando una estética del vacío y la penumbra en la que destaca firme la imagen del puñal, por una parte y del zafiro, por otro. 

En ese lugar situado entre su propio borde y su desgaste, en ese lugar, que no es sino una huella de una batalla que se dio y se perdió, se quiere lograr una épica mayor, de la cual el poema es nostalgia y presagio.

El proceso poético se apoya en signos que sirven como iconos, fetiches, ornamentos que estilizan el texto, como elementos significantes que, sin mirar los de los centros, recorren más bien  los contornos, las periferias del sentido. Desde la mariposa, ensoñada o tatuada, presente en la mano, en la oreja en el vientre, nos vamos al zafiro y a la consideración sobre el lujo. Desde allí (en “La revelación de la Hija de la Nieve”) a la niebla de los bosques y a la vigilancia de la Hija de la Nieve y toda la  ensoñación desde la cual se formula La Ciudad del Odio ( en el poema “Yo canto el odio”).

Demás está decir que muchos de los significados que se relacionan en estos poemas  proceden de relatos orales, fantaseados por Marina Arrate, a la par que reorientados hacia su poética, para configurar un universo que se aleja de los referentes de la realidad  actual, para construir un mundo otro, que tiene las coordenadas  elegidas por la autora.

Este viaje es una transversal que surge desde los matrices de la lengua, desde lo que Julia Kristeva llamara la “chora” como lugar de surgimiento de la semantización y significación, viaje de venganza y de fuga, en lo que constituye un paisaje de Norte a Sur, Este a Oeste, un paisaje que se convierte en un teatro pulsional, que inscribe en la sujeto y su puñal la carne trémula de una pasión vindicatoria. Lo que podría llamarse un deseo de justicia ante el poder hegemómico y los signos del poder.

Marina Arrate es la poeta del femenino y de su galería de máscaras, las que desarma a sangre la escena del maquillaje en Máscara negra, la del tatuaje erótico y sangrante en Tatuaje, la de la osadía  en el extremo de la periferia en Trapecio, la del concierto lírico y barroco en El Libro del Comendador, en Elogio del odio es la  artista, la amante y la guerrillera, que desde la alegoría de una escena antigua, definida no sólo desde la unicidad, sino desde lo plural y múltiple de su lengua y territorio, se arma en una protesta  por la soledad, la miseria, el abandono.

El poema no tiene un centro fijo, sino que zigzaguea, en los márgenes y pliegues de las palabras, dándoles cuerpo y haciéndolas semejantes a las piedras, que como el zafiro, ostentan su valor de  exhibición y son signo de poderío y riqueza, por sus múltiples y a ratos complejas asociaciones. Piedra ostentosa y elegante que  reúne para la poeta la contradicción de lo costoso y la belleza del lujo. El poema va desde un lugar a otro, oscila en un montaje de  asociaciones y espejos para cursar el deseo de reparación de la sujeto que escribe.

Mención aparte merece el poema de eco batailliano “Píntame los pies”, que surge desde la tensión de la muerte y el drama del no-ser, frente a lo cual, se exacerba el eros que desde el cuerpo y su fragilidad busca emerger a través de la pintura, con sus huellas, con  su temblor vital, para decir que existe a pesar de la nada y el desastre.

Cabe señalar aquí que la pintura en el rostro y en el cuerpo, se ha usado, en ocasiones festivas y como señal de duelo, en las tradiciones religiosas de onas y kawésqars.

Uno de sus valores, según el etnolingüista Óscar Aguilera, es el de protección. Su valor significante es múltiple, pero en uno de sus tramos está el duelo. La sujeto del texto sabe que tanto ella como el amante se desvanecen y que esta fiesta y sus señales   materializan el caos del existir. 

El Espíritu de la Noche ya materializa la venganza, concitando el deseo de la muchedumbre de destruir a los poderosos y arrasar con las ciudades imperiales, el deseo de la masa abusada de destruir el Imperio. Y hacer una gran masacre.

En consecuencia, el libro puede leerse como el deseo de la recuperación del cuerpo de una mujer, borrando su sacrificio,  parte de la historia cultural de Occidente, y retomar desde la necesidad de justicia y venganza, una escritura que, liberada, la contenga como tejido alegórico, para reconstruir así su historia.

*Este texto fue escrito para la presentación del libro el 12 de agosto del 2021. Encuentran el vídeo de la presentación aquí.


Adelanto

PINTAME LOS PIES

Píntame los pies
píntame las uñas de los pies
ahora que los tengo
extendidos
preciosos, nítidos
sin mácula

transparentes
esmaltados, todo
lo más precioso que
hayas visto
píntame los pies

y reza.

Ahora que todo cae
como una película
horrorosa
de ciencia ficción

por favor

píntame los pies,
las uñas de los pies
nácar
rojo
celeste
ultramarino
extraterrestre incluso

hoy,
como si nunca
hubieras visto
jamás
un pie
el dedo de un pie
la uña del dedo
de un pie

tan perfecto
tan hermoso
tan inocente
(como un niño
o una niña)

fragante
flagrante

mientras todo caía
como la película que somos
(podría nombrar varias)

mientras todo se deshacía
como una barca
de agua

pinta
píntame los pies
pinta

y la cutícula arrastra
y deja

que todo mi pie sea perfecto

mientras caen
las bellas ciudades
que alguna vez amé
incluso,
más allá de mí misma

píntame los pies
el derecho y el
izquierdo

y el ojo
y el alma
y el seno
izquierdo y
el derecho

como lo que somos,
cariátides
esfinges

mientras todo se destruye

sin compasión
sin tregua
sin destino
sin comienzo,
sin fin, por
favor

pinta
pinta
esta mínima
esquina de mi
dedo
izquierdo

el que yo más amaba
lo único
que realmente me importaba
(lo único que existía,
seamos claros)

pinta
píntame entero el rostro
embadurna si quieres
revuélvelo
y de esa masa

(ah, pero no existes,
lo había olvidado,
dios mío)
tú,
píntame
la uña, el pie,
el ceño, el sexo,
pinta, pinta
no pares de pintar
no te
detengas

(tú sabes, estamos
a punto de
morir, no te
detengas)

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